CONFESIONES DE ANGELITA [3]
«ADOLESCENCIA: Lejos de Dios y de mí misma»

“Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda —afirma San Agustín — ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él?» La imagen divina revela nuestra verdadera naturaleza, dignidad y vocación. Si se rompe esa unidad, el destino del hombre se precipita a su autodestrucción. Al alejarnos Dios nos alejamos de nosotros mismos, quedando expuestos a la trampa de «seréis como dioses» (Gén 3,5)

Si tuviera que elegir un momento de mi vida, en el que pudiera identificar con claridad la tentación de «ser como Dios», diría sin dudar: ¡la adolescencia!

En ese entonces, sentía que yo no era de aquí pero tampoco de allá, ni niña ni adulta. Como en el medio de una mudanza, con el despiste propio de la edad. Seguramente éste fue el llamador para que el Ladrón me asaltara con dudas y preocupaciones la imaginación… «¿Quién soy? ¿Para qué sirvo? ¿Qué quiero ser como mujer, cuando sea grande ?».
Lejos estaba de responderme a preguntas tan complejas. Así que a falta de certezas busqué opiniones.
«La gente dice que sos rara -señalaba mi hermana mayor por no decirme que la opinión era la suya- vas a tener que gustar de algún muchacho si no querés quedarte sin amigas. Al menos eso te va a dar tema de conversación «.

Según mi hermana mayor: «Con gustos como los míos no iba a encajar en ningún ambiente».

La realidad era que yo no tenía tema de conversación ya que mis intereses se oponían a los de las chicas de mi edad. Vestía modestamente, no me enganchaba en chusmeríos ni fanatismos y me ponía colorada con las malas palabras. Disfrutaba del cielo y del silencio. Dios me atraía. Me fascinaba la vida de los santos. Esa herencia de la fe la había recibido de mi abuelo. Él se ocupó de llevarme a catequesis y a misa los domingos. Mis padres, por otro lado, no frecuentaban la Iglesia. Discutían mucho y la amenaza de separación estaba siempre presente. Se vivía en mi casa esa continua tensión. Cuando mi padre se enfurecía conmigo, gritaba: «¡Andá, inútil! ¡No servís para nada! ¡Mujer sin cabeza! ¡Lo que natura non da Salamanca non presta!», Y otras lindeces por el estilo que prefiero no desenterrar. Total: ¡yo me consideraba un estorbo!

El demonio sembraba inseguridad en mí, confundiendo mi pensamiento e instalando en mí menosprecio por mí misma. Provocando en mí el deseo ser como las demás. Los Pensam-onios me denigraban interiormente; atacaban mi unicidad y mi grandeza, para lograr cumplir su plan que era alejarme de Dios.

Cuanto más consentía a la tentación de «ser como otro» — como Dios o como los demás — más se abría y sangraba en mi conciencia de mujer la herida mortal del pecado original. Buscando gustar y agradar, hacía y decía lo que hacían o decían los demás, la mayoría que me hablaba por la boca de mi hermana mayor… ¡de lo más democráticamente correcta! Copiaba en todo a mi hermana, maquillándome, vistiéndome a la moda y yendo a bailar.
«No podés pasar tus 15 sin haberle dado un beso a algún muchacho -me repetía mi hermana de camino al baile – no podés salir de este baile sin haberlo hecho».

Desde aquel instante se desataron en mi cabeza Pensam-onios prepotentes que me apuraban a concretar …«¡No pretenderás ser querida por algún muchacho conocido!… ¡eso dejalo para las lindas y divertidas!

(Según mi hermana yo no era ni lo uno ni lo otro) … conformate con el primero que se te cruce… vas a tener suerte si se fija en vos, escuchá a tu hermana que sabe más y te quiere, no querrás decepcionarla, todas lo hacen, no sigas siendo una aburrida». 

Guiada por mi sensibilidad, probé las recetas y… caí. ¡Aquél primer beso a un desconocido!… ¡qué asco! Me sentía una idiota. El tentador nos quita la vergüenza mientras nos tienta, pero después de caídos nos incendia de vergüenza, nos denigra y aplasta, nos derriba y nos hace comer polvo. Pero no nos devuelve la paz. Repite la oferta y redobla su apuesta de que reincidimos en los lazos de sus engaños. Me volví dependiente del espejo del espejo y del qué dirán. Comencé a parecerme más a la madrastra de Blancanieves que a mí misma. La comparación y el continuo «rendir examen» me agobiaban y encerraban cada vez más en la torre de mí misma.

¡La soberbia por pretender «ser más» y la envidia por no serlo terminaron sumiéndome en un tormento crónico!

Yo fui, entonces, la diosa fea, deforme y malograda. Perdida toda esperanza de ser digna alguna vez de ser amada por ningún varón.

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