CONFESIONES DE ANGELITA (1)
DEL MALTRATO AL AMOR – Nacimiento, Infancia, niñez

Asma infantil. A menudo somatización de estados de estrés por las más variadas causas, angustia por: frustración afectiva, falta de amor o de muestras de amor, reproches e inculpaciones crónicas, conflictos en el entorno familiar, maltrato, etc. Puede suscitarse asma aún en el lactante por una lactancia que brinda la leche sin dar la miel del afecto, de la mirada de amor y aprobación. En el caso de Angelita la madre le reprocha el parto difícil, ser causa de problemas y disgustos familiares, practica la acusación e inculpaciones sistemáticas, cuyo efecto es de menosprecio aplastante sin contrapeso de elogios por los bienes y virtudes, y el trato como fuente de gratificación parental por su existencia y sus rasgos positivos. Es difícil que eso que expresa verbalmente no lo haya manifestado a la niña con lenguaje no verbal. Los padres siempre inclinados al reproche producen el confinamiento de la niña en la incomunicación y una predisposición a sentirse siempre culpable aún sin motivo.

NACIMIENTO INFANCIA, NIÑEZ

Según mis padres, fui un gol en contra porque  «me hicieron» sin querer. No me esperaban, y de haberlo hecho hubieran preferido un varón. Según cuenta mi madre, venía envuelta en el cordón umbilical y al nacer la destrocé. Mi nacimiento  (o sea yo) fue reponsable de todos sus futuros  problemas de salud. Para colmo de males, de bebita tuve neumonía y se me despertó asma, y a raíz de eso mis padres decidieron dejar a mi hermana Cecilia al cuidado de mis abuelos paternos. Es decir mi madre darle a su suegra el cuidado de la primogénita.

Después de un tiempo, mi madre quiso recuperar a mi hermana, pero mi abuela no se la quería devolver… ( y es de suponer que la abuela tendría sus motivos pensando en el bien de la nieta) a mi padre le daba igual que su hija mayor estuviera con su mamá o con su abuela paterna. Después de una larga pulseada suegra-nuera, Cecilia regresó a casa.

Yo iba dándome cuenta de los problemas maritales de mis padres y a sufrir sus desamores y sus destratos mutuos. Mi padre había entrado en política y regresaba muy tarde. Empezó a emborracharse y a andar con mujeres. Se había puesto muy violento, y descargaba su frustración sobre nosotras bajo la mirada pasiva de mi madre. Al poco tiempo, como vino la dictadura, se le terminó la trasnochada, pero los vicios, lamentablemente, quedaron instalados.

MALTRATO FÍSICO PATERNO Un día, mientras ayudábamos a poner la mesa, mi hermana (a la que mi padre le decía «clavo») llevó una bebida a la mesa. Sin querer se le resbaló y terminó sacando una lasquita al vidrio de la mesa de comedor. A mi padre le entró tal furia que al ver venir a mi madre con un plato de huevos fritos, la agarró a Cecilia de los pelos y con toda la violencia le refregó la cara en el plato mientras la insultaba. En esa ocasión, yo tendría unos cinco años y mi hermana siete,

Cuando mi hermana tuvo su primera menstruación, mi padre le ordenó a mi madre cortarnos el pelo bien cortito como a varoncitos, no sólo el flequillo, todo. En ese caso nos cortó el pelo mi madre pero el que le cortó el flequillo al ras a mi hermana Cecilia fue mi padre para humillarla.  Yo tendría alrededor de 10 y mi hermana 11 o 12. 

SOBREPROTECIÓN MATERNA INHIBIDORA Mi madre ni en ese caso ni jamás nos defendió de los excesos violentos de nuestro padre. Sin embargo era con nosotros «sobreprotectora». La sobreprotección, al parecer, es una de las tantas caras del maltrato. «Dejá que lo hago yo»…el exceso de «atenciones» genera dependencia y anula la propia iniciativa,  y poco a poco se va fijando en el inconsciente del sobreprotegido tal inhibición que termina convencido de ser un inútil, de no saber ni poder, ni ser capaz de hacer nada.

ABUSO IMPÚDICO PATERNO – El maltrato no quedaba ahí. Se combinaba con una forma velada de abuso por impudor. Mis padres después de la siesta nos invitaban a ir a su cama a ver dibujitos en la tele. Ellos abrían sus piernas y nos ponían en medio de ellas, y a cada una nos tocaba ir con alguno de los dos para mirar la tele. Recuerdo que en una oportunidad yo estaba muy molesta porque me había tocado estar con mi padre. Enojada, dije a mi madre que no quería estar allí porque mi padre tenía algo duro que me lastimaba y hasta tengo idea de haber tocado aquello pensando que era algo metálico. Mi madre resolvió el problema enseguida mandando a mi hermana con mi padre y a mí con ella. Yo no sabía qué cosa era eso tan duro, pero mi madre sí que lo sabía.

Y en esos momentos en que nos invitaban a su cama a ver dibujitos en la tele, mi padre, haciéndose el distraído, aprovechaba para pasar su pierna sobre nuestras piernas, ¡como si no fuéramos sus hijas! Ese roce de su pierna contra la mía me repugnaba.  Si bien yo no sabía cómo mantenían relaciones los esposos veía que ese comportamiento era sólo entre esposos y esa intención que yo veía en él me hacía intuir que era un comportamiento que no  debía tener con sus hijas.  Lo sentía como una falta de respeto y a su vez me daba miedo pensar en qué era lo siguiente que podía hacer, así que terminaba levantándome. Nunca fui cariñosa ni demostrativa, me acostumbré  evitar el contacto físico precisamente a causa de ese manoseo que hería mi pudor. No quedaban claros los límites, ni los roles ni los amores.  

Recuerdo que desde muy chiquita pensaba en la buena suerte que había tenido al nacer mujer porque si me hubiera tocado ser hombre — uno como mi padre que era el modelo para imaginarlos a todos – hubiera sufrido muchísimo teniendo que mostrar agresividad y ser violento para demostrar virilidad. Al parecer el concepto que me iba quedando de ver a los hombres del entorno era tétrico… Para ser varón había que ser mujeriego y/o violento como mi padre, para no ser tildado de «marica».

También escuché de niña  por ahí que mientras la mujer estaba embarazada se le daba «carta blanca» al marido para tener sexo con otra u otras mujeres. Esto se le permitía al marido hasta que naciera el niño, porque después el esposo debía devolver aquella «carta»(¿infidelidad consentida?). Estas conversaciones escuchaba desde muy chiquita.

En vacaciones las niñas nos íbamos alguna semana a casa de mis abuelos maternos (al menos esos días me libraba de mi padre). Ellos vivían en el campo. Lo que más disfrutaba de ir allí era mirar el cielo porque la noche parecía que tenía más estrellas y los amaneceres más colores. No había que pensar mucho en Dios  porque allí todo lo abarcaba, era como estar envuelta en Él. Eso me hacía respirar hondo y suspirar. Me maravillaba viendo la dignidad de mis abuelos trabajando la tierra. Ellos me transmitían el valor del esfuerzo.

Mis padres, en cambio, siempre se quejaban por todo lo que tenían que trabajar para mantenernos. Yo tenía alrededor de cinco años cuando la abuela materna nos invitó a sentarnos sobre el pasto, parecía que íbamos a ver un espectáculo. Mi abuelo materno apareció con un corderito precioso. Lo ató, sacó un cuchillo y lo degolló.  Yo no podía creer lo que estaba viendo, parecía una película de terror pero nadie se horrorizaba. No entendía el motivo de tanta crueldad. Veía la mirada de aquel corderito que agonizaba sin quejarse,  sin emitir sonido, ni defenderse. Mi abuelo lo mató. Aquella  escena me provocó tal angustia que tuvieron que llevarme de urgencia a la capital. Me había subido la fiebre e hice una crisis de asma. Para mi abuelo, aquello era el fruto de su trabajo y con todo su amor había querido ofrecernos lo mejor que tenía para agasajarnos. Seguramente tenía la intención de iniciarnos en los ritos criollos del cordero a la parrilla.
MIMETIZADA CON EL CORDERITO DEGOLLADO. Pero el motivo del espanto que viví en aquel momento fue ver en aquel cordero, el reflejo de mí misma. No pasó mucho tiempo de aquel episodio que me llevaron al psicólogo. Seguramente fue a pedido de la maestra de la escuela por mi timidez y mi enuresis. Después de algunos test, comunicaron el psicodiagnóstico y mi madre dejó de llevarme. Ella quedó ofendida con la psicóloga porque le dijo que yo me sentía «obligada» o «dominada» por mi madre. Al parecer de la psicóloga, mi enuresis podía ser un síntoma de abuso o maltrato.
Gracias a Dios tenía a mi abuelo paterno que era un pilar para mí. Él me llevaba a misa y a catequesis. Con él tuve la mejor clase de espiritualidad. Los domingos él se ponía el mejor traje y el mejor sombrero. Al entrar a la Iglesia se sacaba el sombrero y, arrodillado, se persignaba. Como siempre nos ubicábamos en el último banco. Percibía en él la piedad y el santo temor de Dios. Él decía que entrar a la Iglesia de sombrero era una ofensa a Dios porque allí el único SEÑOR era DIOS.  Este gesto suyo me dejaba pensando…«¿Quién será este SEÑOR… cuánta y qué grande será su majestad, para que mi abuelo al que consideraba un gran señor se sientiera tan pequeño ante Él ?» Lo recuerdo siempre de rodillas y con el sombrero a un lado.
Buscaría yo también a ese SEÑOR y me lo encontré clavado en la Cruz y en un pedazo de pan. Dios me gustaba,  era un misterio…¿Cómo el Todopoderoso se hacía tan pequeño? ¿Era por Amor? ¡Cuánto nos ama! 
Él hablaba un idioma que yo podía entender y contrastaba con lo que padecía en mi hogar …. el silencio, lo invisible,  lo pequeño,  el sufrimiento, el amor … Este Cordero no me espantaba ni me angustiaba, al contrario me daba esperanza, refugio y consuelo. En Él no veía la muerte, veía vida y resurrección. Un pedacito de Él estaba guardado en mí.

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