CONFESIONES DE ANGELITA [10] ENTENDÍ POR QUÉ MARÍA APARECÍA EN MI CAMINO

«¡Si comprendiéramos bien lo que significa ser un hijo de Dios, no podríamos hacer el mal (…) ser hijos de Dios, oh la bella dignidad! La misericordia de Dios es como un arroyo desbordado. Arrastra los corazones cuando pasa. No es el pecador que vuelve a Dios para pedirle perdón, es Dios que corre detrás del pecador y lo hace volver a Él. Demos entonces esta alegría a este Padre bueno: volvemos a Él … y seremos felices.
El buen Dios siempre está dispuesto a recibirnos. ¡Su paciencia nos espera!…»
(Santo Cura de Ars)

Al poco tiempo de mi nacimiento, apareció por casa una monjita. Mis padres ni la llamaron ni la conocían. Tampoco la volvieron a ver después de cumplir con su misión. Con la humildad de san Juan el Bautista, preparó el camino del Señor para mi bautismo y luego se retiró.
Aquella primer madre espiritual dejó, como divino detalle, una estampita (que aún conservo) con la imagen del Niño Jesús, y una dedicatoria:

«¡Felicidades «Angelita» en el día más dichoso de tu vida !
Tu Bautismo- 24/1/70, a las 5.30 de la tarde de un sábado.
Recuerdo de la Hna. Antonia – STJ

Gracias a ella puedo saber el momento exacto en que, de la mano del sacerdote, el Señor dejó su sello en mí como Soberano de mi vida. El Rey de reyes me hacía su hija y en su infinita bondad me regalaba su salvación.
El mensaje de la Hermana Antonia me dejaba pensando. Llamativamente me detenía siempre en la misma frase intentando sin mucho éxito descubrir su significado … «el día más dichoso de tu vida… ¿Cómo podría ser el día más dichoso de mi vida si era una bebé ?… ¿acaso el día más dichoso no sería el de mi casamiento, o el del nacimiento de un hijo o cuando alcanzara una meta esperada?»…
Pero esta dicha no vendría de mi esfuerzo, ni de mis logros ni de mis méritos, esta dicha sería fruto del don recibido.
Tuvo que pasar mucha agua bajo el puente para que pudiera comprender el misterio escondido de aquellas palabras.

A penas cumplí veinticuatro años me separé. La convivencia familiar era insostenible.
El padre de él se emborrachaba y se ponía violento. El hermano era adicto, y para pagar la droga nos robaba. La madre mostraba signos de demencia senil. Le hablaba al espejo y tenía visiones. Cuando estaba bien, era tierna y alegre, charlábamos por horas y desahogaba conmigo sus penas. Pero cuando su cabeza se perdía me veía como enemiga. Le echaba en cara a la familia que hubiesen olvidado sus años de dedicación, y como si su esfuerzo no hubiera valido nada, venía «una cualquiera» (osea yo) cocinaba y mágicamente todo les parecía fantástico. Lejos estaba de querer competir. Yo quería ayudar, agradar. Dar una mano era mi manera de agradecer la generosidad de haberme recibido en su casa. Estos celos tuvieron consecuencias. La cocina era definitivamente el territorio de aquella señora que no tardó mucho en prohibir mi entrada. También prohibió que me sentara a la mesa. Según ella, «me escuchó» hacer comentarios racistas. A partir de entonces dependía del alma generosa que a escondidas me trajera de comer. Pasé hambre. Estaba recluida en el dormitorio. Había empezado con sangrado y el ginecólogo indicó reposo absoluto. Como no podía trasladarme, mi ex me cobraba el sueldo y bien digo «me cobraba» porque mi dinero pasó a ser un pago de alquiler, pago por derecho de estar allí. Cada vez estaba más flaca y débil. En el último mes de embarazo logré cobrar un dinero que tenía pensado destinar a lo necesario para el bebé cuya venida era inminente. Como me negué a dárselo el padre del niño que yo portaba en mis entrañas, me agarró a patadas. A partir de ese momento la cosa se puso peor.

Nació mi hijo. Al llegar a cuarto mes, el pediatra viendo su bajo peso me dijo que siguiera dándole el pecho pero que comenzara a darle de comer… ¡¿Qué le iba a dar de comer si no tenía ni para mí?!. Fue entonces que reaccioné y tomé la decisión de irme.
Pedí ayuda a mis padres y ellos al ver la situación se compadecieron y me dejaron regresar a su casa. Mi padrino de bautismo — no mi padre — me fue a buscar. Él dio la cara por mi hijo y por mí aún sabiendo que se enfrentaba a gente violenta… ¡un héroe!

¡¿Qué te hicieron?!- preguntaba mi padre- ¡parecés un bicho! Yo estaba muy consumida. En casa de mis padres, apenas me recuperé la cosa cambió; comenzaron a tratarme como sirvienta o más bien una esclava. Un tío viendo el maltrato increpó a mis padres y por un tiempo respetaron, pero el profundo desprecio hacia mí era mucho y había arraigado. Yo, calladita soportaba todas las humillaciones porque no tenía dónde ir con mi hijo.
Hasta que una vecina les avisó a mis padres que el esposo de una amiga precisaba cubrir una suplencia en su negocio. Como era un hombre influyente y tenía contactos prometió conseguirme un trabajo de cuatro horas para poder atender bien a mi hijo, si cumplía la suplencia.

Desde que entré a trabajar se mostró paternal, me doblaba en edad. Era considerado con sus empleados. Los acercaba a la parada de ómnibus para que no demoraran en llegar a sus casas. Un día me dijo que me arrimaba cerca de casa así podía estar antes con mi hijo. Como el horario de trabajo era extenso accedí. Dejó a varios de mis compañeros y a mí me dejó para el final.

Cuando quise ver se desvió del camino y me llevó a un terreno baldío donde no había luz. El fantasma de la violación volvía a someterme otra vez: «¿Cómo salir de allí, dónde estaba, a dónde huir?». Me di por vencida sin resistirle. Hubiera sido inútil  iba ser vencida.  Mi elección fue acceder a mantener relaciones sin resistencia… no quería que me lastimara, necesitaba salir de allí sana.

En cuanto llegué a casa, vi a mi madre y me puse a llorar. Le conté lo sucedido y mi decisión de dejar aquel trabajo. Ella me contestó que aguantara un poco más hasta que consiguiera el trabajo prometido, «ese dinero se necesita en la casa», dijo. No podía creer la actitud y la respuesta de mi madre. Me sentí puesta a precio, alquilada, traficada por mi propia madre.

¡Estaba sola! Ahora tenía que pensar en mi hijo, lo único bueno y puro en mi vida; no podía darme el lujo de bajar los brazos. En el negocio del violador tuve que seguir trabajando tres meses más porque la suplencia se extendió un poco más de lo esperado y a merced del acosador. En ese tiempo prácticamente ni comía, estaba asqueada y humillada. Hasta que un compañero de trabajo, veterano, viendo el acoso que yo sufría, enfrentó a mi violador; en mi presencia salió a defenderme y lo llamó a avergonzarse de seguir abusándome, invitándolo a tener en cuenta estaba abusándose de  «una pobre chiquilina y que está sola y aguantándoselo todo por su hijo».

En este trabajo en el que había sido violada por el patrón, yo cumplía una suplencia. Se me había prometido que después de terminada la suplencia se me conseguiría otro trabajo a través de relaciones políticas del patrón. Cuando el político amigo de mi patrón me propuso pagar «un tributo» a cambio de trabajo (esas fueron sus palabras),indignada, renuncié también a seguir trabajando donde estaba trabajado hasta ese momento. Fue la gota que derramó el vaso… que después de violarme me tratara como si fuera una prostituta ya era demasiado.

Por eso no solamente me desentendí de la oferta del político, sino que ya mismo renuncié al trabajo donde estaba. A partir de mi renuncia mi ex patrón me seguía acosando por teléfono. Me propuso darme uno de sus apartamentos para vivir y además darme dinero para poder mantener a mi hijo si me acostaba con él …a lo que agregaba para convencerme «¿no querrás vivir con tus padres toda la vida?»

Sé que como madre se debe hacer lo que sea por un hijo pero aquello ya había llegado a su límite. Siempre escuché que el amor de madre es incondicional pero con lo que me pasó me di cuenta que el amor de madre debe ser condicional para ser sano.

Frente a la necesidad no me doblegué. Fue ahí que amenacé a mi ex patrón con delatarlo a su mujer y hacer la denuncia a la policía si no me dejaba de molestar. No me llamó  más. 

Al poco tiempo pude dejar la casa de mis padres; alquilar un apartamento y trabajar como peluquera y cosmética allí mismo atendiendo sólo mujeres. Ya no tenía que sufrir más abusos y desprecios. Deseaba poder brindarle a mi hijo un hogar y una madre digna; porque él tenía el derecho a «la dignidad de tener una madre digna».

Es verdad — tuve esa experiencia y lo comprobé –, que «vivíamos de la Divina Providencia». Desde el momento en que puse mi confianza en sólo Dios, mi hijo y yo pudimos vivir solos y sin otros «protectores» que el mismo Señor, y Él  jamás nos dejó faltar nada. Simultáneamente, aunque yo confiaba en la ayuda de Dios, me venía insistentemente un pensamiento contra Él, que me hacía sentir abandonada por Él en mi pasado. El pensa-monio me soplaba al oído ¿Por qué el Señor había permitido que cayera tan bajo?

En esta nueva etapa de mi vida, Dios me seguía atrayendo. Pero la Iglesia Católica suscitaba en mí el continuo reproche a mis muchos pecados. Así que mi religiosidad se desvió hacia cualquier otra oferta espiritual o religiosa. Empecé a poner mi fe en cualquier cosa…horóscopos, reencarnación, feng shui, cualquier oferta de la New Age… Llegué hasta a hacerme tirar las cartas y consultar el tarot… me volví supersticiosa. A pesar de todo lo cual, en el fondo de mi alma, yo sabía que todo eso era inconsistente, hueco y pérdida de tiempo. El camino de regreso a mi hogar de fe católica era, sin duda alguna, otro.

Rumiando mi doloroso pasado, yo me preguntaba, «¡¿Qué le pasó a mi vida?! ¿Acaso mi alma no había sido inocente, blanca y pura desde mi bautismo? ¿Qué había pasado con mi alma que ahora estaba tan sucia por mis resbalones al pecado y los golpes, empellones y abusos de los pecadores? ¿Dónde está ahora aquel rostro divino de mi Señor, que ya no lo veo?» … Y así subía a Él mi lamento silencioso como un gemido mudo de añoranza al Cielo. Y creo que era él quien me inspiraba esos sentimientos como oración de regreso «Me levantaré y volveré junto a mi Padre»

Y así llegó el año 2000, el segundo milenio católico
Una de mis clientas se había propuesto, con motivo del Jubileo, rezar todos los días el Santo Rosario. Como le costaba mucho rezarlo sola me invitó. Después de esa clienta vino otra con el mismo pedido, Y después otra, otra, otra y otra. Hasta que fuimos «un grupo del Rosario»

¡Qué emoción tan grande, cuánto lloré al volver a meditar rezando aquellos misterios después de tanto tiempo! Mientras rezaba me sentía agradecida, perdonada, era como que María me invitaba a darle un abrazo. Aquel Rosario fue la soga que rescató mi vida y la vida de mi hijo. El Señor me rescataba por la delicada mano de su Madre, la Inmaculada, la modelo de Mujer, Hija, Madre y Esposa. Ahora Ella, luciendo estrella que lucía nuevamente en mi cielo interior, me orientaba e indicaba de nuevo mi rumbo.

Un día cualquiera de éstos, mientras meditaba los misterios dolorosos la flagelación del Señor y de la coronación de espinas, se me dio a sentir que algo de esa pasión de Cristo había transcurrido en mí. Mi Señor daba una y otra vez su vida por mí y en mí había sido humillado, despreciado, rechazado, flagelado, ofendido, ridiculizado, traicionado, acusado.  Ella siempre estuvo junto a su Hijo al pie de la Cruz. Aquel sello que había recibido en mi Bautismo nunca se había borrado, siempre había estado en mí, a pesar de mis muchos pecados y los abusos padecidos. Y el Buen Pastor estaba reclamando su propia imagen de Hijo impresa en mí. 

LA GRACIA DEL PERDÓN A LOS DEMÁS Y A MÍ MISMA
Agobiada por el peso de todo lo vivido me puse a rezar el Rosario encomendando, en cada una de las cuentas, a las personas que me habían hecho daño a lo largo de mi vida, pidiendo a Dios me ayudara a perdonarlas.  Desde el momento que acepté «ser como otro» y renunciar a lo que yo por salir a mendigar amores humanos — y peor aún, a comprar y darme a mí misma en pago de ellos –, cometí la peor de las violencias contra mí misma. El dedo acusador que señalaba a los demás como responsables de mis males lo tuve que volverlo contra mí por haber consentido a sabiendas el pecado y las mentiras del demonio y el mundo. Yo también hice mucho mal a esos varones a los que me entregué. Quizás incautamente evité por falta de modestia y pudor en el vestido, excitar la lujuria de mis violadores.

Pero la herida del resentimiento nos distrae de nuestras propias culpas y nos incita a rencor y deseos de venganza. Y si no se tiene la oportunidad de dañar a quien nos provocó el daño, se busca a otro que lo represente, y la cadena no se corta. Yo tenía miedo a perdonar, por miedo a que eso pudiera significar que otros siguieran abusándome o que yo misma siguiera en mi pecado.
Tuve que sufrir mucho hasta comprender que perdonar es lo mismo que dejar de pertenecer al que nos hirió o dejar de pertenecer al pecado, al demonio mismo. No perdonar es igual a ser esclavo. Dios nos llama a ser libres. El perdón libera y nos hace nuevos. Este es el gran poder del cristiano…el perdón. Faltaba poco para que esta hija pródiga recibiera el abrazo misericordioso del Padre y recobrara su dignidad…

El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias.
(Salmo 28:7)

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