CONFESIONES DE ANGELITA [11]
Y EL AMOR GOLPEÓ A MI PUERTA

«Te aconsejo que me compres colirio para que te pongas
en los ojos y recobres la vista […] Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apocalipsis 3, 19…20)

Petrificada como la mujer de Lot, yo miraba hacia atrás, hacia mis desgracias pasadas. A la hora de tomar decisiones en asuntos sentimentales y de amor, el miedo determinaba mis acciones. El pasado de engaños, desengaños, abusos y violaciones, había instalado sobre mí, como una espada de Damocles que amenazaba caerme encima en cualquier momento de mi presente o de mi futuro.
Qué cierto es el dicho: «el que se quema con leche ve una vaca y llora». Pero la línea entre la prudencia y la cobardía era muy fina… Mi memoria necesitaba sanar para permitirme volver a vivir y atreverme a dar un paso. Quiso el Señor ayudarme a sobreponerme a mis miedos paralizantes, imponiéndome delante hechos tan evidentes que fueron capaces de imponerse a mis miedos y resistencias, hechos que terminaron imponiéndoseme a pesar de eludirlos una y otra vez, con una tozuda incredulidad. No creía ya que un verdadero amor pudiese venir a golpear a mi puerta.

Un día pasó por casa Alicia (hija de la mejor amiga de mi madre) para invitarme a salir para ir a bailar el 24 de agosto, «noche de la nostalgia». Irían sus compañeros de trabajo y uno de sus hermanos con la novia. Le dije que muchas gracias pero que tenía que atender a mi hijo y trabajar, que para bailes ya tenía bastante con el supermercado y las cuentas que pagar. Ella no dio su brazo a torcer e insistió hasta ganarme por cansancio… terminé yendo.

Ni bien llegué al baile, me quise ir. Me sentía como dicen «un sapo de otro pozo». De allí sólo se podía salir en auto, así que dependía de la buena voluntad de Alicia para regresar a casa.
Enojada conmigo misma, por haber accedido a ir, busqué un sillón y me senté a esperar. Escapando de aquel ambiente de vicio y del reproche de mis pensamientos, me quedé dormida. Cuando desperté, el hermano de Alicia me estaba mirando… «¿alguna vez viste el retrato a la vejez?- le dijo a su novia- te lo presento, es este», y arrancándome del sillón me llevó con los demás.
Al rato se acercó un muchacho (que no era del grupo con el que había ido) y se puso a bailar conmigo. Parecía respetuoso. Aproveché su compañía para hacer tiempo. La hora se me fue volando. Aquel muchacho era soltero, trabajador, y muy cálido (además de buen mozo). Nunca dejó de sonreír. Me sentí muy a gusto hablando con él.
Según dijo, le resulté muy simpática y pidió mi teléfono. Como no estaba en mis planes entablar relación, me negué. Pero él insistió. Bromeando, le dije que no acostumbraba dar mi número de teléfono a menores de edad. Ni corto ni perezoso sacó su cédula de identidad y me la mostró. Tenía 27 años (a mí me faltaban unos días para cumplir los 29). Por no estirar el tire y afloje, terminé dándole mi teléfono… pero, a propósito se lo di cambiado. Alteré el orden de los números y a un 2 lo cambié por un cero.

Pasaron unos días. El teléfono sonó y atendió mi hermana . ¡Era él ! Su llamado me tomó por sorpresa. Quedé shockeada y mi única reacción fue reírme… no sé si de alegría o de nervios. Considerando que no estaba en condiciones de atender me negué a hablar. A mi hermana le dio pena, y decidió excusarme con una «mentirita piadosa» diciendo que estaba trabajando. Él contestó que llamaría en otra oportunidad. Además, le pidió por favor me dijera que lo disculpara por no haber llamado antes, había memorizado mal mi número y recién ahora después de muchos intentos había logrado encontrar la combinación correcta.

En cuanto colgó, mi madre y mi hermana perplejas por mi actitud me llovieron reproches. No comprendían cómo podía ser tan mala con alguien tan amable y considerado. 
Es que yo… ¡tenía miedo! Abrir la puerta a una nueva relación, significaba abrir la caja de Pandora. No podía permitirlo. Cualquier nueva mala decisión afectaría a mi hijo. Debía velar por él y renunciar a mi querer.

Volvió a llamar, pero esta vez lo atendí yo. Conversamos por un buen rato. Su intención era volverme a ver, y la mía cansarlo para que descartara la idea.

Así que comencé por repetirle todo lo que ya le había aclarado en el baile… que yo era divorciada, que tenía un hijo, que mi tiempo era todo para él y para mi trabajo, que no tenía tiempo para perder en salidas, que no iba a permitir que me tomaran de «experiencia», que mi vida era complicada y que lo único que podía ofrecerle era una amistad telefónica… y así seguí y seguí con la perorata buscando en todo momento desalentarlo acerca de la posibilidad de un encuentro. Pero fue en vano. Lejos de espantarlo, lo atraía más.
¿Qué había visto en mí?… ¿fue un flechazo, amor a primera vista? ¿idealización tal vez?…¿Cómo explicar lo inexplicable ?
Con paciencia admirable me esperó.

El teléfono pasó a ser — ¡por unos cuantos meses! — el único medio de comunicación, el lugar de encuentro… el velo que filtró nuestras pasiones y descubrió nuestras almas. Aprendimos a escucharnos y ser amigos.

En esas charlas salieron un sin fin de temas. Me confesó que era católico pero que no iba a misa. Su formación religiosa había llegado hasta su primera comunión. El ejemplo de los padres ayudó a que nunca renegara de su fe. 
La madre le contaba que, estando recién casada, hizo una ofrenda muy particular. Cortó su larga cabellera, como quien corta del jardín la flor más bella, y a los pies de la Virgen dejó su regalo como sacrificio de amor. Esta renuncia a la vanidad daría sus frutos en fidelidad.

Cuando él tenía 19 años había fallecido su padre de cáncer de esófago. Dos años después de enviudar a su madre le diagnostican cáncer mama. El cirujano, al salir de la sala de operaciones le dio el informe y un consejo: «disfrutá de tu madre porque le quedan seis meses de vida». Afligido por la noticia, de rodillas, pidió a Dios que no se la llevara. El Señor escuchó su petición y su madre se recuperó… vivió por muchos años.

Desde entonces él sólo se había ocupado de estudiar. La nueva situación familiar le exigía remangarse él. Debía ayudar a su madre con las tareas de la casa, entre otras cosas porque las quimioterapias la dejaban muy débil. Ella, desde la cama, le había ido enseñando a cocinar, lavar ropa, planchar, limpiar y pagar cuentas. Como faltaba el dinero empezó a trabajar, viéndose por eso obligado a demorarse en su carrera. Entre tanto, al hermano menor lo habían declarado enfermo psiquiátrico y tuvo que ser internado.

A la abuela paterna (católica desencantada), le dio pena verlos tan desamparados y les mandó mormones a la casa, argumentando que ningún católico le había tocado nunca la puerta para dar una mano, en cambio los mormones… Su madre, se negó a recibir ayuda si la condición era renunciar a su fe. Jamás se doblegó ante la adversidad y mantuvo en pie sus convicciones afirmando, a quien quisiera escucharla, que la única fe verdadera era la católica.

Para ella, lo que tocaba tocaba y había que apechugar sin cuestionar mucho lo que se presentara. Jamás se quejó ni habló con tristeza de realizaciones personales incumplidas. En la primer página de su recetario escribió …»Me gusta cocinar. En el transcurso de mi vida junté las recetas que hasta hoy preparé para mí y para mi familia. ¡Soy tan feliz cuando cocino y tengo para cocinar!…» «Dios está entre los pucheros», Santa Teresa de Ávila.

El gran amor de su vida había sido su esposo y siendo todavía joven para «rehacer su vida» se rehusó a hacerlo. La entrega a sus hijos fue total. Con este modelo de mujer, esposa y madre, la vara estaba muy alta. Él había desistido de la idea de casarse. Apenas empezaba a salir con alguna muchacha se daba cuenta de cuáles eran las aspiraciones de esas chicas. Por lo general eran las pilchas, la pinta y la trasnochada, y en eso gastaban su tiempo y su dinero. La falta de valores, criterio y contenido lo aburrían y lo volvían indiferente, y tarde o temprano terminaba dejando. 
Él me comentaba que en una mujer buscaba abnegación, bondad y sentido de familia, y era justo lo que en mí encontraba. A mí me incomodaba este tipo de declaraciones. Desconfiaba que fuera puro verso… ese caramelito tenía que ser, como había sido siempre en mi vida, a cambio de algo… lo de siempre.

Pasaban los meses y él no perdía la esperanza de encontrarse conmigo personalmente. Después de tanta invitación acepté. Nuestra primer salida fue un fracaso. Me invitó al cine y en medio de la película me dormí… lo peor es que ronqué ¡un papelón! Pensé que saldría huyendo de mí, pero no… a él le divertía que fuera tan natural, no le gustaban las poses. Evidentemente, este hombre o estaba ciego o andaba enamorado.

Comencé a temer ceder a ilusionarme. Por un lado quería verlo y por otro alejarlo. Lo dejé plantado un montón de veces, y lo hice sufrir.
Finalmente, cumplí mi objetivo, lo cansé. Me dejó de llamar. Pasaron un par de meses, y comencé a extrañarlo.
No había conocido a nadie igual. Aquellos meses de silencio me ayudaron a valorarlo. Reflexioné sobre de mis faltas de caridad y reconocí la injusticia que había cometido con él haciéndole «pagar al justo la pena de los pecadores». Estaba arrepentida. Hoy me doy cuenta que era el comienzo de mi amor hacia él, que no quería hacerlo sufrir.

Pasado el tiempo de penitencia, me sacó del freezer y me llamó. Esta vuelta yo ya sí quería verlo. Ahora por él y por mí.
Pero, todas esas ganas me jugaron en contra porque al poco tiempo de ennoviarnos nos acostamos.
Los fantasmas del pasado otra vez me atormentaban. En mi cabeza ¿la historia de siempre volvería a repetirse? No lograba darme cuenta aún que eran mis propias conductas (motivadas por los miedos) las me empujaban al precipicio.
Cuanto más crecía mi amor hacia él, más insegura y celosa me volvía y más sensual me vestía buscando llamar su atención. Él me hizo notar que en la forma de vestirme no mostraba quien en verdad era sino el concepto equivocado que yo tenía de mi misma.
Yo admiraba la sencillez con que me decía la verdad, porque sentía que lo hacía por mi bien. En mi familia la mentira era una costumbre justificable, un acto de piedad hacia el prójimo; la verdad en cambio, se consideraba una grosería propia del mal educado.

Su sinceridad me inspiró a seguir su ejemplo y desprenderme de ese error conceptual. Detrás de cada mentira yo escondía un gran miedo a ofender, a hacer daño y a dejar de ser querida. La mentira era un respuesta a mi necesidad de tener el control.
Todos estos cambios no fueron de un día para el otro, llevaron algunos años. Su amor y su paciencia ayudaron a sanar mi memoria, ordenar mi vida y recobrar mi dignidad.

A casi cuatro años de aquella noche de la nostalgia del 24 de agosto, me pidió matrimonio. Él deseaba formar una familia. En todo ese tiempo había observado cómo amaba a mi hijo, lo educado que era, la paciencia con que le hablaba, mi entrega y mi dedicación… y pensó: «esta es la mujer que quiero para madre de mis hijos, me caso».

Él era soltero y mi primer matrimonio había sido sólo por civil así que estábamos en condiciones de casarnos por la Iglesia. Uno de los requisitos para recibir el sacramento era recibir un curso prematrimonial.
Fuimos muy ilusionados pero se nos cayó el alma al piso.
La charla nos hizo acordar al álbum de figuritas de los años 70, en que aparecía la caricatura de un hombre y una mujer acompañado de un mensaje: «Amor es… ese alegre sentimiento cuando nuestros ojos se encuentran»; «Amor es… controlar tu mal humor en cualquier circunstancia»; «Amor es… no enfurecerse cuando él mancha el piso que tú acabas de limpiar»; «Amor es… no importarte cuando él ronca»; «Amor es… aceptarse uno al otro tal cual son», etc, etc.

Aquello no nos contentaba. La pareja que nos daba la charla nos recalcó que no abandonáramos a nuestros amigos ya que ellos serían un pilar fundamental en los momentos de crisis. Pusieron como ejemplo el caso de un matrimonio amigo que querían separarse. Pretendiendo ayudar se juntaron varios matrimonios amigos y fueron a la casa. Mientras los hombres se llevaron al esposo a comprar unas pizzas, las mujeres quedaron con la «afectada» tratando de sonsacarle el motivo de tal decisión. Ella confesó que su marido le pedía «ciertas caricias» y como católica no podía permitirlo. Las mujeres le dijeron que de la puerta para adentro del dormitorio, el matrimonio podía hacer lo que quisiera si había mutuo consentimiento. La verdad es que esperaba y necesitaba escuchar otra cosa. Por ejemplo, que los hombres aconsejaron al marido no presionar a su mujer, y que fuera él quien demostrara su amor dominando sus pasiones… pero no. Este relato lo sentimos como un permiso para el «vale todo»…lo mismo que nos ofrecía el mundo.

Nunca nos hablaron de acercarnos a la Iglesia, ir a misa, confesarnos, tener hijos y comprometernos a transmitir la fe católica. Cuando apareció el sacerdote, de lo único que habló fue de la ceremonia, y pidió por favor que no fuéramos a elegir «Corintios 13» porque ya estaba cansado de escuchar en todas las bodas la misma lectura.

A las parejas de novios que estaban con nosotros les preocupaba la vestimenta, la fiesta y los invitados.
Nuestros «amigos», esos que nos ayudarían en tiempos de crisis, también quisieron prepararnos para el matrimonio con la tradicional despedida de soltero. A mí me querían llevar a un local de streepers de hombres, y a él a una whiskería (prostíbulo).
Los dos nos negamos… ¿Dónde estaba el respeto al sacramento…con qué rostro entraríamos a la Iglesia?…sería una farsa.
Pero esta «previa», lamentablemente, es un clásico. Entre hombres lo más común es llevar al novio con prostitutas. Entre mujeres ya hay más variantes…organizan un té para la novia y contratan streepers, tarotistas, alguien que lea la borra del café (adivinación), o alguna sexóloga o prostituta famosa que enseñe a la novia cómo tratar al futuro marido en la cama para que no se le vaya con otra(¿?). A esto se suman los típicos y nefastos consejos de familia y amigas (todas católicas por cierto): «al hombre hay que dejarlo sin plata y sin ganas», » Una dama en la calle, una señora en su casa y una p… en la cama», etc, etc, y así todo por el estilo.

No nos sumamos a este circo. Buscábamos algo más profundo y duradero.
Teníamos sed de Dios. El camino de conversión había comenzado.

El Señor nos llamó y con su divina presencia le dio a nuestro matrimonio la mejor definición del amor.

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