CONFESIONES DE ANGELITA [6]
«Y EL TORRENTE ME ARRASTRÓ»

A LOS VEINTIÚN AÑOS ME ENNOVIÉ
BUSCANDO EL AMOR

«Jesús fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, de rivalizar con Dios y ocupar su puesto, de decidir lo que es bueno y lo que es malo, de ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos – Ven a salvarnos».» Benedicto XVI

En cuanto cumplí mis 14 años me invitaron a participar de un grupo mariano, cuya misión era llevar a Cristo de la mano de María. Rezábamos el rosario de rodillas e íbamos a casas de salud y a hogares de ancianos.
A las «viejitas» del hogar de ancianos les debo toda mi gratitud. Ellas me ayudaron a vencer la timidez. Se enternecían con mis cachetes colorados y mi sonrisa. Tomaban la iniciativa para hablarme y me trataban como a una de sus nietitas. Me preguntaban por mis estudios, me daban consejos y me contaban sus historias de vida.  El amor que ellas me regalaban me motivaba a querer alegrarlas, así que aprendí a tocar la guitarra.

Cantar me resultaba más fácil que hablar. Recuerdo que una de ellas que al verme llegar salía corriendo a buscar las castañuelas para ponerse a bailar mientras otra me daba la bienvenida diciendo «¡juventud divino tesoro!».
La Iglesia era para mí el lugar dónde más feliz y segura me sentía, era mi casa.

Con los años todo se fue deteriorando. La sociedad parecía haber enfermado y la espiritualidad no escapó a esa corrupción.
Salimos de la dictadura y entramos en el destape.  La política se infiltró en la iglesia y se escuchaba en ella el eco de la teología de la liberación.
Ya no rezábamos el rosario de rodillas por miedo a ahuyentar a los jóvenes.
Dejamos abandonados a los ancianos y enfermos para atender las relaciones ecuménicas con los anglicanos.

Ellos tenían un comedor donde ayudaban a gente de la calle. Trabajar con ellos significaba renunciar a hablar desde nuestra fe. No éramos locatarios así que debíamos «respetar». Ayudábamos a preparar la comida, la servíamos y escuchábamos a la gente…una ONG más. La piedad fue sustituida por la asistencia social. Quienes dirigían el grupo argumentaban, «Jesús dijo que había que dar de comer al hambriento»,  olvidando que  «no sólo del pan vive el hombre».
Eso me fue desanimado. No podíamos llevar a María. Empecé a poner excusas para no ir.

La decadencia en la Iglesia se veía por doquier. El lenguaje,  la vestimenta, los cantos de misa, el respeto al sacerdote, la reverencia a nuestro Señor, todo había cambiado, ninguna cosa se salvaba de la apatía y la dejadez.
Las actividades parroquiales se convirtieron en una excusa para conseguir novio o para juntarse a hacer sociales. Esto distraía de lo importante, los sacramentos, la oración, los estudios y la vida familiar.

Y como no hay peor sordo que el que no quiere oir, los jóvenes empezaron a prescindir de la conducción del sacerdote en los grupos, con el pretexto de que; «Su presencia nos inhibe para hablar con libertad» ¿Puede alguien tan anticuado comprender la realidad de los jóvenes?» ¡Es preconciliar, anda de sotana todavía». Por supuesto que no se tenía idea lo que eso significaba, pero igual se repetía. Un tsunami de arrogancia y estupidez nos arrastró a todos.

A esta altura éramos constructores de un Reino sin Dios. Nuestra vanagloria aumentaba junto con nuestra debilidad.
 Comenzamos a despreciar la santidad que anhelábamos por no tener la altura que da la obediencia y la humildad para poderla alcanzar. Se ofendía a la santa Iglesia católica con falacias, persuadiendo a otros a la misma iniquidad. Por momentos, la parroquia parecía una fábrica de Judas.

El ambiente se había enrarecido, la mediocridad nos había invadido, y las consecuencias de esta emancipación de Dios se empezaban a notar.
La indiferencia, la pereza, la desidia, el desasosiego, el sinsentido, la tristeza, la depresión, la sensación de vacío y soledad, los pensamientos de autoeliminación, la repugnancia por lo bueno y santo, eran algunas de las tantas  intervenciones del demonio de la acedia en nuestras almas. Si tuviera que decir a cual de las tres virtudes teologales atacó con más violencia diría sin dudar a la esperanza, y desde ella jaqueaba a la fe y a la caridad.

Los primeros en caer fuimos los que teníamos realidades familiares complejas. Al menos cinco muchachos abandonaron la parroquia declarándose homosexuales. Dos de ellos eran mis mejores amigos. Uno fue abandonado por su papá cuando era bebé y consecuencia de ello su madre se tornó  asfixiante; el otro tuvo que ver cómo su mamá era golpeada por su padre alcoholizado sin poderla ayudar…otros casos fueron por abuso o violación.

«¿Eso es ser hombre?», se cuestionaban mis amigos, despreciando su propia imagen por asociarla a la de sus padres. Una verdadera crisis de identidad, una continua búsqueda del amor paterno negado los empujaba a la homosexualidad. Difícil saber quienes somos si nos alejamos de Dios…sin Él no hay identidad, ni unidad. El ambiente parroquial se había minado de resentimiento, división, celos y envidia, y mientras construíamos la torre de Babel dejamos de entendernos.

En mi temor por perderme terminé ennoviándome a los veintiún años con un muchacho del grupo mariano. Yo suponía que como era católico práctico (¡!) y participaba activamente en la vida parroquial, era sincero conmigo. Creí que respetaría mi virginidad, pero era un lobo disfrazado de cordero.

Empezó a cargosearme y presionarme. Que si yo no le tenía confianza. Que si yo lo tenía por tan mala persona. que si yo creía que me engañaba. Que si yo no lo quería. Me abrumaba con acusaciones, reproches e inculpaciones, y al mismo tiempo se victimizaba. En vez de darme él las pruebas de su amor por mí respetándome hasta el matrimonio, me exigía que me entregara a él «en prueba de mi confianza». Sin nombrarla, me manipulaba para arrancarme la consabida «prueba de amor» que hubiera debido darme él con su castidad.

Y desde el frente interno de mi alma, sufría el acoso de los pensa-monios. En complicidad con el Don Juan «santo y católico», comenzaron a denigrarme empujándome a la caída: «no vales nada, la virginidad es para las que tienen encantos, si te negás no sólo vas a perder un novio sino a un amigo, no lo desprecies…¿quién te creés que sos para humillarlo?… ¿vas a desconfiar de él?… ¿qué tiene de malo si todas lo hacen?…eso es cosa de viejos reprimidos y represores, enemigos de la felicidad de los jóvenes. En parte debilitaba mi lucha interna  aquél magisterio de mi hermana mayor en ocasión de mis primeros bailes a los quince. Oía ahora en mi mente los mismos argumentos que había oído de los labios de mi hermana mayor.

Asediada y atacada desde adentro y desde afuera y por todos los flancos  «la Torre en guardia» se entregóYo buscaba el amor, y mi sueño era un amor puro, en el que el sexo fuese sólo un accesorio del amor en la entrega sincera. En mi necesidad de AMOR cedí al que me prometía el suyo y me reprochaba por no dárselo. Así fue como careciendo de claridad mental para ver y de firmeza en los sentimientos y la voluntad para negarme, sucumbí al engaño y me entregué a quien pronto demostró que no había merecido mi entrega. Así fue como gusté la amargura del engaño y el fustazo de su menosprecio.

Burlada, tonta ante mis propios ojos, avergonzada… me fui alejando, no tanto de la Iglesia cuanto del «medio parroquial» concreto, dentro del cual la oveja no había sido protegida y los lobos cazaban a vistas de los pastores . Me alejé de aquello que había sido mi hogar de fe, para esconderme entre los matorrales del mundo, sintiéndome indigna ante Dios por no haberme atenido a su mandamiento. Lo había defraudado… ya no me sentía digna de estar en su presencia ni entre las que sí guardaban aún su virginidad y de aquél canalla que, habiéndome estafado, permanecía inmune en la Parroquia. No pedí ayuda… «Misericordia, Señor, hemos pecado»(Salmo 50)

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