CONFESIONES DE ANGELITA [8]
VIOLACIÓN

«Señor, tú conoces mi camino: en el camino por donde voy, me han puesto una trampa. Vuelvo la mirada a la derecha y nadie viene en mi ayuda.
¡No hay nadie que me defienda!          ¡No hay nadie que se preocupe de mí!
A ti clamo, Señor, y te digo: «Tú eres mi refugio; tú eres todo lo que tengo en esta vida.  Presta atención a mis gritos, porque me encuentro sin fuerzas.
Líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo.
Sácame de mi prisión para que pueda yo alabarte…
»
 (Salmo 142)

Como decía mi abuela:»¡El que no tiene cabeza tiene pies!».
Cuando una no escucha la palabra de Dios, ni los buenos consejos, ni tampoco aprende de la experiencia propia o ajena, se tiene que gastar mucha suela para darse cuenta de que el único camino verdadero para encontrar la felicidad es Dios.

Todo pasó muy rápido. Después que dejé con el que consideraba «mi amo», quedé destrozada. Encima para mi disgusto me enteré que andaba rondando mi casa mostrándose junto con otra chica.

La desilusión que sentía por él y por mí me provocó tal vacío que busqué llenar mi tiempo. En la mañana iba a facultad, de tarde trabajaba y por la noche iba a la escuela nacional de danza. Como de allí salía alrededor de las veintitrés horas e iba a casa caminando, todos los días tenía que andar esquivando los «buitres» que me salían al paso.

Una noche, en la que venía con la guardia baja, empezó a seguirme un muchacho. No era grosero como los demás, parecía buena persona y decía que sólo quería acompañarme unas cuadras. Los pensa-monios, no se perdieron la ocasión y salieron al ataque humillándome, «¿Qué puede pasar que ya no haya pasado?…¿Qué cuidás…tu virginidad?… ¡se cuida lo que es valioso!».

Mi ángel me hablaba desde el consejo del abuelo avisándome «¡GUARDA!»…pero la tristeza me hacía no querer escuchar. Quizás estaba reprimiendo la memoria e intentando «la suerte» otra vez, poniendo mi fe en la lotería de la vida. Ya me había sumergido una vez y ya estaba empapada del todo ¡Qué me importaba seguir zambulléndome?

Aquél era un muchacho alto, rubio y de ojos azules. Lo suficientemente buen mozo como para dar celos a cualquiera y calmar mi bajón. Me pidió el número de teléfono y accedí. Era ateo y divorciado. Estribando en la mala experiencia de la que yo recién había salido, en realidad «sentimentalmente estaba tratando de salir», un pensa-monio me sugería que daba igual un novio católico que uno ateo, un amigo de parroquia que un perfecto desconocido, ¿Qué diferencia iba a haber?
Salí con él unas cuantas veces. Los pensa-monios me sugerían usarlo (!)para dar celos al anterior. Y además me inoculaban deseos de venganza contra «el» varón, contra todo varón. Porque «¡Todos son iguales vengate de aquél con éste!»

Es cierto: tras la primera estafa de un varón, hay mujeres que salen a tomarse venganza de él, en otros varones, y pueden en casos extremos actuar como anti-varones “en serie”, no logrando saciar nunca la sed de su rencor con el primero.

En esto, la hermana de «mi ex» me invitó a su cumpleaños. Tal era mi confusión que no dudé en ir aún sabiendo que iba a encontrármelo, es más deseaba encontrarlo, encontrarnos. Pero yo no contaba con que aquel que todavía era el dueño de mi corazón, pudiera aparecerse con su nueva novia. Ya no me interesaba darle celos.
Aquel exponerme al encuentro con mi ex en el cumpleaños de su hermana, o sea ese ir a buscarlo irreflexivamente, lo interpreto ahora, retrospectivamente, como una de las tantas autoagresiones que me provocaba el enjambre de pensa-monios que me tenían inmersa en un estado de confusión irreflexiva. Entre tantos de toda especie, algunos de esos pensa-monios alimentaban en mí la expectativa infantilmente ilusa e inmadura de encontrar en él, por última vez, una mirada de amor que no me hiciera sentir tan defraudada.

Era una última negación, de que no hubiera posibilidad ninguna de reconciliación ni de un mínimo gesto amoroso de su parte. Iba camino a recibir el último portazo en el rostro. Porque el único gesto de amor de su parte, sólo hubiera podido ser, al mismo tiempo, un pedido de perdón. Fui, pues, como una tonta a casa de la hermana de mi ex y después de estar un rato allí apareció «mi ex con su actual novia». Adiós plan de nuestro encuentro a solas y otra bofetada para que yo abriera por fin los ojos a la verdad.

Yo había convenido con el nuevo candidato que me pasara a buscar alrededor de las 21 horas, cosa que ahora esperaba con ansias porque yo quería desaparecer de allí desde la llegada de mi ex con su nueva novia. En cuanto el muchacho tocó timbre no permití que pasara porque ya no me interesaba darle celos a mi ex.

Noté, cuando lo vi al salir, que este muchacho, no estaba como siempre. Su mirada era rara, oscura, como que denotaba un desequilibrio interno. No supe interpretarlo como una señal de alarma. Y como ya no me interesaba más seguir saliendo con él, directamente, apenas salir, largué el llanto y me confidencié con él. Le expliqué que no me parecía honesto seguir saliendo con él si seguía enganchada emocionalmente con otro. Yo no sabía con quién estaba siendo tan considerada y educada.

Me dijo que no me preocupara, y como si no le hubiera dicho nada, me pidió que lo acompañara a su trabajo a levantar un bolso. Me hizo pasar al despacho del subdirector de esa institución y me dijo que lo esperara sentada en el sillón, que ya volvía. Al regresar trancó la puerta con llave y me violó. La sorpresa me dejó muda, no podía gritar, me empezó a faltar el aire, luchando con tanta fuerza que todo mi cuerpo quedó dolorido por una semana. Pero a pesar de todas mis resistencias él logró dominarme y forzar la penetración y sentí que me había lastimado y habría eyaculado en mí. Sacudido por mis llantos y mi lucha, tras su orgasmo, él pareció volver en sí. Me siguió, pidiéndome perdón, por mi camino a mi hacia casa. Ese pedido de perdón era lo que yo hubiera debido y deseado recibir de mi ex. Al día siguiente, mi padre encontró una esquela bajo la puerta pidiendo perdón y se manifestó sorprendido de que habiendo cortado yo una relación de noviazgo estuviese ya embarcada en otra.

Cuando me atreví a confiarle a mi madre lo que me había sucedido, esperando y pidiéndole su ayuda y su consejo, me espetó como único comentario: «Sos una puta»… y huyó de mí.
Así que me fui al hospital yo, a solas con mi miedo. Más que miedo de quedar embarazada me movía el temor por el daño genital que me pudiera haber producido y el daño psicológico, en el que mi mente se debatía al borde de un desequilibrio. No sabía qué hacer, necesitaba la protección que no había encontrado en mi casa. Pero en el hospital tampoco sabían bien cómo manejar el tema. Allí pasó a primer plano de la atención de los médicos y enfermeras fue lo de si estaba embarazada. Al parecer era lo único que les importaba.

Yo estaba bloqueada por el pánico y me era imposible tomar decisiones, dependía del criterio y de la claridad de los médicos. El mensaje que allí recibí fue: «traer un niño al mundo producto de una violación es aberrante, si está embarazada, hagamos el favor de sacarle este problema de encima pobrecita…ya tiene bastante con su sufrimiento». Y agradezco no haber quedado embarazada porque en ese estado de vulnerabilidad los doctores me hubieran obligado a abortar. Nunca me plantearon otra opción y yo al no tener a quien consultar de mi familia, con la negrura que había en mi cabeza, no hubiera hecho otra cosa que lo que me decían.

Como es de reglamento, desde el hospital llamaron a la policía para hacer la denuncia. Pero yo me negué a suscribirla, más que por proteger a mi violador, por temor a la golpiza que me daría mi padre si se enteraba de lo sucedido. Desde niña yo escuchaba a mi padre decir que por culpa nuestra él iba a terminar en la cárcel. En mi fantasía de que sería mi padre el que me protegería, me negué a la denuncia, pero en el fondo lo hice para proteger a quien imaginaba como mi único protector.

También porque estaba siendo muy humillada por el interrogatorio policial. El policía que procedía a interrogarme denotaba la sospecha de que yo me hubiese complacido y disfrutado de la violación. Con esa humillación inicial no quise seguir adelante con la denuncia porque ya me imaginaba revisada y cuestionada por un montón de médicos y juzgada por jueces que ni me defenderían ni me protegerían ni me creerían.

Un pensa-monio me susurraba más que la sospecha del policía, me acusaba directamente de ser culpable y cómplice de la violación, y de haber sido yo la que, con mi conducta, había inducido al violador, esperándolo en el lugar de la violación. Me sentía desvalida, sucia y cómplice, dudaba de mi misma. Yo me sabía víctima pero tanto desde mi entorno y cuanto y aún más desde dentro de mí misma estaba sometida a un proceso penal.

Las consecuencias y las culpas de violaciones y abortos no pesan sobre quienes los promueven sino sobre la víctima de la violación Los pensa-monios me acorralaban y me lanceaban profetizándome tan vívidamente que iba a cometer futuros crímenes que yo ya los daba por cometidos: «¿Cómo podría yo, miserable, vivir sabiendo que permití que mataran a una personita inocente, tan o más vulnerable yo? ¿Terminaría siendo yo más cruel que el violador que al menos me dejó la vida? ¿Cómo podría soportar el cargo de conciencia al sentirme una asesina? ¿acaso el traer ese niño al mundo no sería justamente el remedio a tanto dolor? Al ver a esa criatura indefensa en mis brazos: ¿no buscaría protegerla olvidándome de mi misma para darle todo mi amor?»

¡Qué dolor tan grande me provoca hoy en día escuchar a gente «católica» decir con toda ligereza que están en contra del aborto «salvo en caso de violación·… ¡Qué ignorantes del torbellino interior de una mujer aún frente al fruto de una violación! ¡Qué cobardes e hipócritas! ¡Miran con ojos del mundo!

Debido a todo lo sucedido, aplastada por una pesada losa de culpas y desánimo, de auto-denigraciones y desprecios, terminé abandonando estudio y trabajo. Ya no me daba la cabeza más que para rumiar mis desgracias y temer otras peores como inevitables y ciertas: tenía miedo de encontrarme con aquel violador que imaginaba como animal al acecho para agredirme nuevamente.

Ya no me sentía mujer, ni persona, traía problemas a mi familia y no le encontraba sentido a mi vida. Lloraba con y sin lágrimas, no hablaba, era una osamenta que caminaba. Sumergida en mi culpa. Sin nada, sin apoyo, ni esperanza, despreciada por mis padres, ya perdido el respeto por mí misma, los pensa-monios me hostigaban taladrando mi mente con insultos y acorralándome en un callejón sin otra salida que el suicidio. Y empezaron a entrenarme para hacerlo.

Corté todas las fotos en las que yo aparecía ¡para que no me recordaran! Hasta que en un momento busqué y me tomé todas las pastillas que pude encontrar para terminar con aquel tormento. Cuando volví en mí y reaccioné, me di cuenta del horror que había cometido. Entendí que en realidad, lo que yo quería, no era morir, sólo quería que mi vida fuera diferente… pero ya era tarde, las pastillas pronto harían efecto.

Con mucho miedo y arrepentida por aquella autoagresión, me puse en manos de Dios… quería vivir. Y, como si tan sólo hubiera tomado un vaso de agua, las pastillas milagrosamente no me hicieron nada, el Señor me preservó. Habiendo tocado fondo, desde lo más profundo, comencé a clamar al Señor. Comencé a escribirle cartas de amor a Dios, clamando viniera pronto a rescatarme.

3 comentarios en «CONFESIONES DE ANGELITA [8]
VIOLACIÓN»

  1. Padre, ser violada parece ser algo más común de lo que yo pensaba. Seguro muchas chicas también han sido violadas inclusive por sus novios o parejas y no comentan nada, por el tormento y la vergüenza que ello implica.

    1. Estimada Yus: Me alegra mucho tu ingreso en el Blog del Buen Amor, si empiezas buscar temas irás aprendiendo mucho. Tiene un buscador por palabras en la página de Inicio del blog en la columna de la derecha donde puedes buscar temas. No sé si aparecerán muchas entradas con el tema «violación». Pero te aseguro que a muchísimas niñas les ha pasado en todos los grados y formas imaginables, desde un manoseo, o en un juego con primos de jugar «a papá y mamá». Y más jovencitas también. En mi blog del buen amor puedes ver una serie larga de videos sobre «la lujuria es demoníaca» y cómo el demonio se vale de adictos sexuales, como ministros suyos para violar cuerpos y almas.

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