CONFESIONES DE ANGELITA [7]
Estafada: Sexo por el sexo y cero amor

«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que toca o unos platillos que resuenan.» (Corintios, 13 .1)
Cuando el sexo se separa del amor y lo depone de su trono sólo un milagro del Cielo puede volver a unir lo que los demonios han separado.
La búsqueda del placer sexual despersonaliza el sexo porque convierte lo accesorio en meta.
Víctor Frankl ha comprobado en su práctica clínica que: 
«El placer no puede intentarse por sí mismo y último y en sí mismo, sino que sólo llega a producirse, propiamente hablando, en el sentido de un efecto, de forma espontánea, es decir, justo cuando no es directamente buscado. Al contrario, cuanto más se busca el placer en sí, más se pierde. Del mismo modo que dijimos antes que el miedo realiza lo que ya de por sí teme, también ahora puede decirse que el deseo demasiado intenso hace ya de por sí imposible lo que tanto desea… En la medida en que se le presta atención exclusiva al acto sexual en sí mismo se incapacita uno para entregarse plenamente a él» [Víctor Frankl, Ante el Vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia. Herder, Barcelona, págs 62 y 74].

ANGELITA PROSIGUE SUS CONFESIONES:
«Auto-excluida del Arca de la Iglesia, a mis 21 a 22 años naufragaba en las aguas del diluvio. Nadie me echó, yo me fui solita, avergonzada por mi desobediencia y mi ingratitud hacia Dios. ¿Cómo podría seguir mi vida sin su bendición? Es que yo ¡ya no vivía! Más bien sobrevivía, dando manotazos de ahogado y buscando, en lo mundano, alguna tabla de salvación. ¿Cuánto podría resistir lejos de Dios?… Sin Él NADA tenía sentido. Estaba perdida, cada vez más hundida, sin fuerzas y a la deriva.

En esos momentos recordaba a una muy cercana y querida amiga a quien,  poco tiempo antes, yo tanto aconsejaba, y con la que tan dura había sido. Pensar que me daba rabia ver cómo ella no reaccionaba, permitiendo que su novio la manipulara y usara sexualmente. Él aparecía por su casa solamente buscando sacarse las ganas, y la llamaba cuando se le antojaba. Mi amiga era incapaz de negarse a sus caprichos. Peor aún, era ella la que lo buscaba si él no aparecía para usarla de nuevo. Pero cuanto más ella lo consentía, más se le alejaba él y más salía ella a mendigarle. Ella estaba destruida por “haber intentado comprar el amor con todas las riquezas de su casa y haberse ganado con ello solamente el menosprecio” como profetiza el Cantar de los Cantares 8, 7. ¡Ah si alguien nos hubiese enseñado eso a tiempo, qué diferente pudo haber sido la suerte de ambas!

Pensar que yo la había tratado tan duramente para que reaccionara y ahora era yo la que corría su misma desgraciada suerte. Caída yo en la misma trampa que ella, me encontraba, asustada como ella, con la mente embotada y no paraba de desbarrar.

Apenas había entregado mi virginidad, entregué con ella mi libertad. El miedo a ser abandonada me convirtió en  esclava sexual de él. Su desamor, percibido desde el momento de mi entrega pero sufrido cada vez más después de mi entrega, me persuadió de que, si en adelante yo no hiciera lo que me impusiese “mi dueño”, éste me abandonaría “y se conseguiría otra”. Me veía ya rodando de mano en mano, con uno, con otro, con otro y con otro. Además yo, conociendo el paño de mi padre, ya daba por cierto que él tomaría los meros indicios como prueba de mi caída; me insultaría y maltrataría sin compasión. Ya con sólo prever que mis culpas vendrían a agravar más los problemas familiares me asfixiaba con esa otra culpa.

Así que, a partir de “la primera vez” le accedí “a todo”. Sin necesidad de que me lo exigiera; me le sometí por completo y le otorgué todo el poder sobre mí. ¡Y vaya que hizo uso y abuso de mi entrega! Dado que lo único que estaba en sus planes era ¡no-embarazarme! se permitió ir haciendo conmigo todo lo que le iba sugiriendo su hambre frenética de placer. Primero era que le privaba de su placer “el látex del preservativo”. Luego le molestaba que “tener que eyacular afuera”. Así que siguió con los experimentos contra natura. Fui sometida y accedí al sexo oral y anal sin que él reparase en denigrarme y humillarme como a una prostituta.

Mientras tanto los pensa-monios coreaban en mi mente en voz alta los mismos menosprecios que “mi dueño” me daba a entender con gestos de reproche, correcciones y exigencias: «¡¿”Qué te creías que sos? ¿No ves que para él ya no valés nada?!» «Para cualquier otro chico ya sos de segunda mano». “¿No ves que no alcanzás a dejarlo contento? Él cuando encuentre otra más sexy que vos se va con la otra, y si no la encuentra se la busca. Las hay de sobra».

Dado que “mi dueño” conocía muy bien mi realidad familiar, se aprovechaba de ello para asustarme con el miedo a quedar embarazada. También el embarazo iba junto con el miedo al abandono; miedo agravado por el fantasma de quedarme madre soltera para siempre. De ese modo, indirectamente, mi perverso dueño descargaba sobre mis espaldas, la culpa de sus propias aberraciones “anticonceptivas”. Sin que me lo dijera, yo leía interiormente en sus brusquedades y muestras de fastidio: “¡Mire de qué me privan y a qué cosas me obligan los miedos de esta miedosa! ¡Ladrona de placer!”.

Otro pensa-monio opuesto suscitaba en mí la ilusión de poder llegar a ser amada por él alguna vez. Me hacía imaginar que yo, al final, condescendiendo en todo, lograría inspirarle el amor que anhelaba mi alma. Me lo imaginaba cambiado y a dándome un día un beso de gratitud a fuerza de habérmele brindado dócilmente a sus hambres de placer. Imaginaba que su lujuria pudiese ser pasajera y que yo podría enseñarle a amar como yo a él. El pensa-monio me sugería el espejismo imaginario de que yo conquistaba un día el amor de este varón incapaz de amar. Este pensa-monio no me dejaba aceptar la evidencia de lo que él era en realidad: un estafador consumado al que, incapaz de amarme, sólo deseaba sexo. Disipados los engaños imaginarios, devuelta a la verdad por la gracia divina, iría aprendiendo que, en mi vida de jovencita fatua pero incauta, ese explotador sexual había sido como la incursión en mi historia de un desalmado animal de presa.

Él se cuidaba. Cuidaba su fama en el coto de caza social y de parroquia, y además se aseguraba de no perderme si yo dejase escapar un gemido o un pedido de auxilio. Me atajaba, como astuto servidor del Malo, tapándome la boca: «¡Que ni se se te ocurra contarle a nadie lo que estamos haciendo… ¿qué van a pensar? ¿qué van a decir de vos?…¡¿ y de mí ?!»

Yo vivía encubriendo todo esto a solas y a escondidas; mintiendo a diestra y siniestra, teniendo sexo a su capricho en cualquier lugar y a cualquier hora, con el continuo temor a ser descubierta. Sin advertirlo, los miedos – ser abandonada, ser descubierta –  me habían hecho olvidar mi vocación al amor. Había perdido de vista que el amor era la mayor aspiración de mi ser-mujer y que en el contexto de mis metas vitales, el sexo debía ser sólo “un accesorio ocasional”, un accesorio al servicio de los fines del amor, un accesorio compatible con el amor.

Él, en cambio, se había introducido en mi vida, como un virus, como un plug-in indeseable e indeseado; como un accesorio incompatible con la programación divina de mi ser de mujer, hija de Dios y destinada a misiones de amor divino-humanas. Él había ingresado como un “virus gusano”, desbaratándolo y desprogramándolo todo en mi vida psíquica, sentimental y hormonal. Sumiéndome en una confusión total. Yo me encontraba totalmente desestabilizada, me había hackeado y dejado sin brújula y sin norte. Pero no se puede cambiar de Yo como se cambia de PC ose le pasa un antivirus.

INCIÁNDOME EN LA MASTURBACIÓN

Estando así de perdida y confundida, ese virus demoníaco de lujuria encarnado en “mi Dueño”, me corroía el alma, me devoraba por dentro. Me des-programaba, a escondidas, los sentidos, la mente, la imaginación, la memoria, la voluntad, y desde allí mis hormonas y mi cuerpo. Se había “implantado” en mí la convicción de que “retenerlo junto a mí” dependía de cuán “creativamente sexy” me dispusiera a mí misma para satisfacerlo. Así que comencé a masturbarme con el fin de poder salir al encuentro de su exigencia: «de rendir más». Él me sentía languidecer en acompañarlo en sus escaladas a las cimas alpinistas del placer sexual. Yo estaba flaqueando y percibía en él signos de que yo lo defraudaba. No necesitaba decírmelo. Yo lo percibía, en mí misma y en él. Y percibir lo que me estaba sucediendo, ese rechazo indeseado pero desobediente, me asustaba… ¡Con el espectro del abandono! Y el miedo al abandono era como una sombra que caía sobre mi ánimo. 

Tiempo después iba a entender que lo que, en esos momentos, me aterraba, era ese despertar dentro de mí, de una resistencia pasiva, de mi naturaleza de mujer, al abuso sexual. Era amor que empezaba a resistirse al abuso y a la violencia. Pero en ese trance, yo no era capaz de leer con claridad en mí, esos desganos como incipientes del desgano y los bloqueos de mi Yo profundo. No advertía que, aunque mi vocación al amor iba encendiendo sus alarmas para apartarme del estafador, mi mente y los pensa-monios parásitos querían mantenerme sumisa a las exigencia de “mi dueño” y “sus demonios”. Me amenazaban con el miedo de que me abandonara por otra. Por eso, habiendo renunciado a mi vocación al amor, el miedo al abandono me aconsejaba “rendir más”, darle más el gusto, brindarle lo que exigía de mí y aún más.

Las alarmas de mi Ángel aumentaban mi vacío, y mi necesidad de otro tipo de convivencia con el varón, de otro tipo de lenguaje corporal. Pugnaba por hacerse oír en mí un débil gemido de mi naturaleza, una nostalgia por un encuentro de las voluntades, que le inspirara a él, es decir que despertara en él, una compasión amorosa, que le inspirara un sentido espiritual más profundo y lo liberara a él del demonio autista de placer sexual. Pero mi sumisión total a mi miedo al abandono me reducía a esa impotencia de «amante» pero como esclava servil.

La masturbación surgió en este contexto. Recién ahora, pasados muchos años, lo voy percibiendo y entendiendo.
Me la inspiraba el miedo al abandono que ocasionaría mi creciente hastío por este sexo por el sexo, tan ajeno a mi mejor y sana voluntad de mujer. Fue como un manoteo de ahogado; un empeño en seguir haciendo todo lo contrario de lo que mi naturaleza comenzaba a reclamar. Por eso entiendo, ahora, esa iniciación en la masturbación como inspirada por pensa-monios tendientes a apretar mis cadenas. Me impulsaba a masturbarme la intención de adquirir control voluntario sobre mi potencia erótica para complacer al varón por miedo al abandono. Atarlo a mí, ya que no por el amor, por mi atracción sexual y mi rendimiento. Pero al masturbarme yo iba en contra de los avisos de mi yo profundo. La masturbación contrariaba violentamente mi mente y mi espíritu y aplastaba las resistencias que le oponía mi conciencia.

No caía en la cuenta de que mi libido se debilitaba precisamente a causa de la violencia sexual a la que “mi dueño” me estaba sometiendo y a causa del miedo implícito en las exigencias insaciables de esa violencia: o sea el recambio, el remplazo desamorado de mí por otra mejor, si yo me convertía en una inútil. En su pasado había habido otros «trasbordos» y ese hecho suspendía permanentemente una espada sobre mi cabeza.

Mediante la masturbación yo pretendía adquirir un control despótico sobre mi propia libido para mantenerla a la altura de las exigencias “de él”. La masturbación era pues una exigencia de la esclavitud sexual; de mi sumisión a los deseos de un perverso, el cual vivía estafándome valiéndose de mi impulso natural al amor.

Mis orgasmos, ya no siempre acudían a punto y del modo requerido, porque el miedo a no conformarlo interfería con creciente frecuencia. Yo necesitaba ¡necesitaba! practicar técnicas masturbatorias mentales, para redireccionar mi atención y evadirme, por vías imaginarias, a orgasmos pasados . Más efectivas para ese fin que los estímulos físicos, me resultaban los imaginarios. Recurría a recuerdos de momentos románticos con otros chicos o con él mismo antes de mi caída. Esos recuerdos reconectaban mi imaginación con mis pasadas ilusiones amorosas. Era un mecanismo de evasión del presente, al servicio de la obligación presente. Y si esto no bastaba, recurría a imágenes eróticas o pornográficas de la tele que estimularan mis sentidos y dispararan mis reflejos medulares provocando un orgasmo «a pedido» independiente de «sus méritos, sus expectativas o sus exigencias». La masturbación prometía enseñarme a actuar un orgasmo y brindarlo como moza de delivery, a su gusto y exigencia.  Porque ya estaba surgiendo en mí una lucha entre mi necesidad de complacerlo en todo y por otro lado mi miedo al abandono y, por qué no, un algo así como mezcla de repugnancia, rechazo u odio incipiente hacia él. Una fatiga ante su desconsiderado maltrato.

Acerca de esta experiencia vivida del poder orgásmico de la imaginación recuerdo el testimonio que leí alguna vez en este blog, de una chica que contaba así su experiencia con la masturbación estimulada desde la imaginación:

“…Estas imágenes eran tres o cuatro, siempre las mismas, eran imágenes de la TV, las cuales puedo recordarlas hoy en día pero no me provocan nada, no eran escenas de actos sexuales, más bien imágenes de seducción erótica. […] era algo totalmente alienante, como si viniera de otro lado, donde yo perdía totalmente el control de mí misma. Creo que, al principio, aún siendo muy fuerte la excitación, yo lograba manejarla, ya sea tratando de pensar en otra cosa, ya se poniéndome a leer, con lo cual, al rato, desaparecía la imagen y la excitación corporal. Pero luego ya no pude recobrar el control y las imágenes desataban el orgasmo casi inmediatamente. Acá yo pequé por falta de fuerza o debilidad de espíritu. Me lo permití una vez, luego otra, y otra, y la sensación de placer se fue grabando cada vez más fuerte en mi cuerpo”.

Bien decía una señora de la parroquia que «lo que no es bueno que lo vea un niño tampoco es bueno que lo vea un adulto». Esas imágenes capaces de desencadenar un orgasmo, se van fijando en el inconsciente y en el momento menos esperado activan –, desde la imaginación — la sensibilidad y las hormonas y los reflejos medulares, disparando el orgasmo por medio de un gatillo exclusivamente  imaginario, en forma automática, el reflejo medular. Recuerdo haber escuchado a un médico que enseñaba que la masturbación puede crear ese reflejo condicionado medular. Es lo que sucede al varón con el mecanismo de eyaculación precoz. Mediante la creación de ese reflejo el demonio puede irte transformando en un títere de pensa-monios lujuriosos y del mismísimo Asmodeo, el Pen-satán de la Lujuria.

Así me solía pasar en esos tiempos de hiperactividad genital, que me despertara a veces por la noche por un orgasmo espontáneo. A nivel psicológico podría definir ese tipo de masturbación como auto-hipnosisUna se vuelve fácilmente sugestionable, manipulable, y por ende propensa a vicios o adicciones. La voluntad se debilita. Y al no encontrar amor ni entrega, se termina enfermando de insatisfacción crónica. Este autismo enquistado provoca la desestabilización de la personalidad y la erosión de la propia identidad. Cuando se pierde la dimensión del otro, se pierde la dimensión de sí misma. Sin un «Tú» tampoco hay un «Yo». Esta es una de las tantas consecuencias de esta cultura consumista, hedonista, del descarte… que promueve lo efímero, el use y tire, el «touch and go» y el «si lo sentís, hacelo».

Así habíamos llegado a un tipo de relación que era una masturbación de a dos. Él se masturbaba CONMIGO para su propio placer. Yo me masturbaba PARA ÉL, para darle gusto, tenerlo contento y asegurarme de que no me abandonaría. Ni hablar de entrega amorosa mutua.

En el plano espiritual podría decirse que la masturbación es como una sesión de espiritismo. Obviamente que los espíritus que acuden a la invocación no son ángeles celestiales sino demonios de la lujuria. Uno se cree que en ese momento está solo, pero justamente esa es la ganancia de Satanás. Si uno se diera cuenta con cuántos demonios están fornicando no sólo dejaría de hacerlo sino que saldría corriendo a advertir a los demás de los agentes demoníacos de la masturbación, que le están violando en alma y cuerpo.  Pensa-monios que terminan despojándolo de la propia  libertad para amar, es decir para darse espontáneamente al otro, y recibir al otro en don de sí mismo, por amor recíproco.

Esta «dominación y explotación sexual» la seguí sufriendo, después de que corté con él, por casi más de catorce años, cuando por fin pude volver a confesarme. El Señor, en su infinita misericordia, me liberó de esa ligadura que me tenía encorvada, vuelta sobre mí misma durante cieciocho años, por un demonio del que la libró Jesús (Lucas 13, 10-17) . Fue una gracia especial que recibí y una confirmación de que habían sido demonios los que me agobiaran y un ttomrmento al que yo, por ignorancia, consentía. Desde aquella confesión nunca más me masturbé; lo cual no fue siquiera fue una decisión propia mía, ni tuve que hacer el esfuerzo, simplemente nunca más tuve necesidad. Aquel sacerdote (que Dios lo tenga en la gloria) me dijo: «¡expulsé a siete demonios!».

Pero volviendo a mi relación con “mi amo”, ésta no duró mucho más que un año.eMi padre (vigilante y celoso) al darse cuenta de que ese muchachón era un sinvergüenza, lo increpó dispuesto a irse a las manos :«¡¿Qué intenciones tenés con mi hija?!»– le dijo en tono amenazante.

Yo, aterrada, impedí a “mi amo” que le contestara a mi padre y le dije que se fuera, y que después hablaríamos. Lamentablemente no caí en la cuenta, en aquél momento, de que mi padre, ¡por primera vez! salía en mi defensa, y ¡me enojé con él! Mi padre, yo lo sabía, era también un varón lujurioso, Por eso, al verlo incapaz de vencer su propia adicción a la lujuria, no justiprecié su intención de defenderme y de librarme de estafador.

¡Avergonzada por la conducta de mi padre, y más preocupada por su bien que por el mío!… le dije que por su bien era mejor dejar la relación ¡Y hasta le pedí perdón por el mal momento que había tenido que pasar! El muy cretino me contestó explicándome por qué él ¡acostumbraba! a ennoviarse con chicas que, como yo, fueran vírgenes: porque eso «le garantizaba que estuvieran pendientes de él, pero que le llamaba poderosamente la atención que al cortar con ellas la relación “todas se volvían unas putas”. Este perverso serial siguió su camino desgraciando a otras chicas, pero no ya en la parroquia porque después de que cortamos, no apareció más.

El grupo mariano y otro de grupo de reflexión, terminaron por disolverse. Un amigo dijo, «si Angelita no viene al grupo ya no vale la pena seguirnos reuniendo». Todos se fueron apartando de la fe y cayendo en la autodestrucción. Mi casa tampoco estuvo ajena a mis malas influencias, mi hermana menor, mi querida Palomita, había empezado a observarme y aprender de mí el peor de mis ejemplos. Terminé siendo, para la pobrecita, maestra que trasmite su propio engaño como si fuese «sabiduría de vida», resultando, sin quererlo, tóxica y multiplicadora de desgracias.

De todo esto que he escrito y tú has leído, no hay una sola cosa de la que pueda enorgullecerme.  Más bien de todo me sigo doliendo y avergonzando. Si me he decidido a abrirte mi corazón y mostrar mi intimidad no es para escandalizar a nadie sino que es buscando el bien tuyo, y los demás que me lean. El Señor es el camino la verdad y la vida, y lejos de Él sólo hay caída, mentira y muerte.

Por haber escuchado a los que se creen y se dicen católicos, opinar disparatadamente sobre sexo, amor, masturbación, etcétera, sentí la necesidad de poner señales en tus caminos, y evitarte los accidentes que yo sufrí y de los que todavía tengo las cicatrices.

Acerca de las relaciones prematrimoniales he oído decir: «llegar virgen al matrimonio es de otra época…»hay que probar antes de casarse, no vaya a ser que no funcione y termine en divorcio, y encima con algún que otro hijo a cuestas». Tristemente, ¡así aconsejan a sus propios hijos! Una señora, jactándose de ser abierta y moderna, le advirtió a su hija: «Si vos llegás virgen al matrimonio yo te mato», Por supuesto que la llevó al ginecólogo para que le indicara anticonceptivos, justificando que: «peor sería verse obligada a abortar».

En cuanto a la masturbación ¿Qué decirte? … al parecer está de moda universal. Una allegada me dijo que le aconsejó a una amiga recién separada que se masturbarse,  porque según ella, «venía haciendo papelones». A lo que mi amiga le contestó que no se preocupara, que lo de masturbarse ya lo venía haciendo. ¡Justamente ese desasosiego y esa desesperación por acostarse con cualquiera proviene precisamente del mismo estímulo genital producido por la masturbación. Ignoran que la lujuria es en sí misma demoníaca. No saben lo que dicen, no saben lo que aconsejan, ni mucho menos saben en lo que se meten. De este agujero sin salida sólo se puede salir si el Señor viene a rescatarnos. Solos no podemos recobrar ni la libertad, ni la dignidad, ni el ser dueña de sí misma para entregarse libremente por amor y sólo al que la ama y se le entrega por amor. ¡Es imposible sacarse por sí mismos los grillos y cadenas de los pensa-monios de la lujuria, una vez que le han cerrado las esposas!» (Hasta aquí la confesión quinta de Angelita)

Repito lo dicho al comienzo y la confesión de Angelita me confirma: Cuando el sexo se separa del amor y lo depone de su trono sólo un milagro del Cielo puede volver a unir lo que los demonios han separado: el sexo por el sexo destronando al amor.

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