CONFESIONES DE ANGELITA [9] SALVADA POR LA MATERNIDAD

Después de la violación yo andaba como bola sin manija. Sentía que mi cuerpo era una celda en cuyo interior se cumplía penitencia. Del llanto pasaba a la mudez y a estar inexpresiva. Mi único consuelo era DIOS. Me salvaría la maternidad.- 
«Ser madre significa nutrir y proteger la verdadera humanidad y llevarla a su pleno desarrollo”…
“Toda mujer que vive a la luz de la eternidad puede cumplir su vocación, independientemente de que sea en el matrimonio, en una orden religiosa o en una profesión mundana”… (Santa Teresa Benedicta de la Cruz)

La maternidad conecta al ancestro con la prole, al pasado con el futuro, a lo antiguo con lo nuevo, a la historia con el porvenir. La maternidad conserva el vínculo y recuerda al hombre su humanidad. Tengo presente la carita de felicidad de mi abuela paterna mientras tenía en brazos a alguno de sus nietos. La plenitud que iluminaba su rostro era la mejor bienvenida para aquel recién nacido. Sin una sola palabra era capaz de mostrar a todos su vocación… bajo su mirada aquel tesoro era una bendición. Sus gestos eran pura  oración, su cantar era espiritual, religioso, su tarareo un hablar en lenguas. Esta vivencia quedó grabada en mi corazón y la guardo como herencia.
Pocas veces he visto ese gozo en una madre.
Las preocupaciones, las vanidades, la supuesta realización personal, la cobardía, el egoísmo, llevan a la mujer a mirarse a si misma  y no al «otro»,  perdiendo así su verdadera identidad, misión y llamado a la magnanimidad.
Afirmaba Chesterton: «Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural»

Con el correr de los años fui cayendo en la cuenta que el ejemplo de mi abuela era excepcional… ¡Una especie en extinción! La mayoría de las mujeres de mi entorno vivían la maternidad como una carga pesada, una pérdida, un problema o una desgracia. El «miedo al bien»  había inyectando su veneno en todos los ámbitos.

Recuerdo el caso de una compañera de clase con quien coincidí en secundaria un par de años . No éramos amigas, sin embargo dos por tres se me aparecía en casa o llamaba pidiendo consejo: «estoy embarazada -me decía- ¿qué hago?». «Tenelo»- le contestaba.

Le pedía que hablara con su madre, pero se negaba. Su padre había fallecido poco tiempo después de nacer, y su madre con dos niñas a cargo hacía malabares para pagar cuentas. El novio, que era un sinvergüenza, conociendo perfectamente las carencias afectivas y económicas la manipulaba y amenazaba con dejarla si no abortaba. Ella mendigando su amor se dejaba presionar. Por años fue su método anticonceptivo (desde los 15 a los 22). Después de cada aborto, ocultaba su dolor… nadie debía enterarse. En el intento por salir adelante, el ciclo se repetía una y otra vez: añoraba al bebé perdido, quedaba embarazada y asustada volvía a abortar.

Poco se habla de las consecuencias psicológicas de este flagelo.
El aborto convierte al sujeto en objeto, y su legalización instaló la legitimación de la despersonalización…el use y tire. 
La última vez que me llamó perdí la paciencia y no la quise escuchar. Le pedí que ya no me buscara más, ¿Qué cosa nueva podía agregarle?, mi respuesta seguía siendo la misma: tenerlo.  Era muy frustrante no saber cómo ayudar para evitar otra muerte. Me sentía culpable e impotente. Es que este acto de violencia no es un hecho aislado en el que sólo se ven afectadas un par de personas,  todo un entorno padece las consecuencias. La sociedad, que por un lado promociona y por otro se desentiende, contribuye al recrudecimiento de una violencia que tal vez un día ya no pueda detener.
Meses después de aquel llamado, me la crucé con ella y al verla me saltó el corazón…finalmente no había abortado. ¡Ah, qué alegría! Su panza tenía alrededor de ocho meses. Lo último que supe de ella fue que entró a trabajar en la policía, y que llegó a tener dos hermosos hijos que fueron su motor para salir adelante y dar todo el amor que hasta entonces se había reservado.
Aquella pancita le había regalado a mi alma la paz que tanto necesitaba. Por aquel entonces, tenía 22 años. Después de la violación andaba como bola sin manija. Sentía que mi cuerpo era una celda en cuyo interior se cumplía penitencia. Del llanto pasaba a la mudez y a estar inexpresiva.
Mi único consuelo era DIOS. Cuando lo miraba con mi alma volvía a recordar quien era yo. Deseaba sanar y vivir un amor puro. Con Él desahogaba mi alma escribiéndole cartas. Jamás dejó de contestarme y sorprenderme. A los ponchazos buscaba sentirme mejor para no contaminar a los demás con mi dolor, pero volvía a cometer los mismos errores. En mi cabeza había un gran desorden. Empecé a trabajar en una empresa donde conocí a un muchacho con el que comencé a salir. Para no perder la costumbre elegí mal, por no poner a Dios sobre todas las cosas. Aquel muchacho ni amaba a Dios ni cumplía sus mandamientos. Otra vez más me conformaba con poco, el único requisito era quererme…lo que para mí ya era bastante,  total yo sentía que no valía nada.
Por supuesto saltó el tema de mantener relaciones pero me atajé confesando lo sucedido. Él no sólo me comprendió sino que me contó que su madre, con tan sólo 13 años, había sido violada por el dueño de la estancia donde ella trabajaba, y producto de ello quedó embarazada de una bebita que en cuanto la tuvo se la sacaron para dársela a una familia. Ella recordaba estar con panza y jugar con muñecas…era una niña.
Al ver que empatizaba con mi sufrimiento, le otorgué mi confianza y bajando la guardia terminé acostándome con él. Por primera vez dejé de sentir miedo. ¡Qué agradecida me sentía con aquel muchacho! Una parte de mí empezaba a sanar.
Al mes de aquel encuentro tuve que ir al ginecólogo porque estaba  con dolor en el vientre. Me revisó y me dijo que lo más probable era que estaba embarazada y mandó estudio de sangre para confirmar el diagnóstico. Me preguntó si estaba casada y al contestarle que no me dijo: «¿querés tenerlo?… porque si no querés lo podemos resolver». ¡Qué ofensa sentí ! «¡Por supuesto que lo quiero tener!»- le dije. ¿De qué me estaba hablando? No podía creer que el médico me planteara tal posibilidad. En ese momento el aborto no estaba legalizado. Creía que esas cuestiones  se hacían en clínicas clandestinas…pero,  esos Herodes están por todos lados, siempre listos y al acecho de la mujer que se encuentre en situación de vulnerabilidad.
Fui a buscar el resultado y efectivamente estaba embarazada. No podía parar de llorar…y no era de alegría sino de miedo. ¡Tanto que había soñado con tener un hijo! ¿ y ahora, qué podía ofrecerle, cómo podría sacarlo adelante? ¡ah, qué miserable me sentía!…aquel regalo era demasiado grande para mí. Dios me encomendaba un niño… No me sentía capaz, pero ya estaba en ese baile y había que bailar. Mi vida sin duda alguna no sería la misma.
Llegué a casa, y mi padre al verme llorar me tiró un vaso de agua en la cara y me empezó a cachetear.  En ese momento tomé la decisión de huir. Si así se había comportado viéndome llorar, ¿qué haría al saber que estaba embarazada?… a palos me haría perder la criatura.
Y me fui a la casa de aquel muchacho. Gracias a Dios no me cerraron la puerta. Pasaron un par de meses y nos casamos, sólo por civil. Mis amigos me insistían que me casara por Iglesia pero yo me negaba. Aquel sacramento era de a dos, y a él le daba igual hacerlo o no, así que decidí esperar a que estuviera convencido y sintiera la necesidad. Tenía el firme propósito de convertirlo…¡ ilusa yo!, como tantas otras mujeres que creen que con la convivencia y el amor lo van a cambiar.
Pero el objetivo de aquel matrimonio era proteger la vida que crecía en mí y alejar a los buitres que pretendían terminar con ella.
Nadie se alegró ni de mi matrimonio ni de mi embarazo. Mi hermana mayor me dijo que le había sacado el protagonismo porque ella también estaba embarazada (cuando ella dio la noticia yo ya estaba embarazada).
El día del casamiento hicimos una pequeña reunión y mi padre por variar se emborrachó e hizo un escándalo. Con cero tacto me reprochó: «pensar que de mis tres hijas sos la más inteligente…y ¿con «esto» te casás?»- señalando a mi esposo. La fiesta se terminó cuando empezó a vociferar todo tipo de insultos racistas. Para mi padre, que un negro entrara a la casa era una ofensa, ni qué hablar de entrar a la familia. Desde pequeña lo escuchaba diciendo: «un negro bueno bueno bueno es mediocre».
La mamá y el hermano de aquel muchacho eran negros. Toda una vida sufriendo discriminación por su color de piel.  Aquella señora me contaba que le pasó, por ejemplo, de entrar a un negocio y que no le vendieran lo que precisaba por ser negra.  Nunca pude entender el racismo, ¿superioridad, inferioridad, color de piel…qué disparate era ese? Por encima del hombre sólo está Dios y por debajo nadie…iguales en dignidad.
Aquella familia salió abatida de aquel festejo. Avergonzada les pedí perdón por aquella humillación.
Mi vida matrimonial no fue nada fácil y más teniendo en cuenta que apenas lo conocía. Prefiero quedarme con lo mejor, lo demás mejor olvidar.
Por más que tuviera todo en contra nadie ni nada me quitaba la felicidad de tener a mi bebé. Me sentía agradecida todo el tiempo. Este estado de unidad y plenitud envolvía mi alma. Aquello era amor. Había dejado de mirarme a mi misma. El vacío había desaparecido. Mi cuerpo ya no era una celda sino un hogar en cuyo interior habitaba un peregrino que traía música propia…aquellos latidos se convirtieron en mi melodía preferida. Ya se hacía sentir, y dejaba ver alguna patita, parecía un futbolista de lo que se movía.  Deseaba ver su rostro.
Por primera vez me sentía hermosa, más bien diría  «divina», porque aquello sin duda alguna venía de Dios. El Creador miraba a la criatura y me sentía bendecida. El Señor había contestado mi carta, estaba sanando y viviendo un amor puro a través de un bebé… ¡quién iba decir!
El Señor tuvo misericordia de mí.Por momentos me asaltaba el miedo, era primeriza, y dudaba de mí misma.
Mi cuerpo me sorprendía…parecía que ya sabía lo que debía hacer para que aquella personita se formara, creciera y naciera. Aunque no tenía idea lo que era una contracción ni un pujo, cada parte de mi cuerpo respondió a la perfección.
Y llegó el momento de dar a luz.  Conforme aumentaba el dolor de las contracciones, más se aproximaba la hora de ver la carita de mi bebé. Una fuerza inexplicable salió de mis entrañas, y en dos o tres pujos nació…era un varón. De mí también salió agua y sangre,  como del costado de Jesús en la Cruz. Al entregar su vida daba vida…agua y sangre,  bautismo y reconciliación.Inmediatamente me lo dieron en brazos…¡ah, qué ternura desbordó mi corazón! Él  me miraba como descubriendo a su mamá. Al llegar a la habitación me dijeron que le tenía que dar de mamar. En ese momento recordé a mis hermanas que decían que mis pechos eran dos huevos fritos aplastados y  dudaban que pudiera alimentar a mi hijo. Pero ¡oh sorpresa!, mi bebé se prendió. ¡Qué emoción tan grande sentí! Yo era alimento para mi hijo…¡qué misterio!.Al llegar mis familiares parecía que lo único que les importaba era el color de piel de mi hijo y al ver que era rubiecito empezaron a decir que ese bebé no era de mi esposo, que era de otro. Una prima hasta me llegó a decir: ¡qué suerte que es blanquito porque si era negro no te lo tocaba!
¡Todas pálidas! Igual no había nada que opacara mi alegría. Tenía esperanza.Tuve el regalo de poder presentarle a mi hijo a mi abuela paterna. Su cabecita ya se había ido sin embargo al ponerle en brazos al bisnieto su mirada perdida se llenó de sorpresa, admiración y bendición. En silencio compartimos ese momento de oración. Nuestros rostros eran iluminados por el amor. Dios estaba presente.«Ella [la mujer] se salvará por su maternidad» (1Timoteo 2, 15)

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