CONFESIONES DE ANGELITA (2)
DEL MALTRATO AL AMOR

A los doce años me persiguió por la calle un degenerado… por ser mujer!

ACOSADA EN LA CALLE A LOS DOCE
Lo que a una le pasa «por ser mujer»

A medida que iba creciendo , mi cuerpo cambiaba.
Con doce años, yo todavía era una niña a pesar de mi reciente menarquia. De regreso a casa después de haber hecho un mandado a la panadería, tuve el disgusto y el susto de encontrarme con uno de esos sátiros degenerados que empezó a meterse conmigo ¡Con una chiquilina de apenas doce años en esos años no era como las de ahora! Entré en pánico y empecé a gimotear y llorar, y cuanto más lloraba más disparates me decía él y más encima se me venía. Lamentablemente yo no era muy buena corriendo, y tenía miedo a que me alcanzara, manoseara o lastimara. Como el me atajaba y no me dejaba el camino libre hacia mi casa, traté de buscar algún comercio donde guarecerme. A salvo ya en un almacén, esperé allí hasta asegurarme de que aquel pervertido no anduviera más en el vuelta.

Pasado ese susto, ya rumbo a casa, a que alguien habiendo visto aquella situación fuera con el cuento a mis padres. Ellos, seguramente, me harían sentir culpable por llevarles problemas, y me reprocharían diciendo:»¡¿Qué por qué no hiciste esto, que por qué no hiciste lo otro?!»… «¡Eso te pasa por ser lenta y andar en babia!», o peor… «¡algo habrás hecho para que se metiera contigo!».

Cuando regresé a casa no dije absolutamente nada a nadie por miedo a que encima me dieran una paliza creyendo que yo había provocado aquello. Después de aquel incidente, ponía todo tipo de excusas para no hacer mandados. La verdad, no entendía lo que había sucedido…era una niña. Mi cuerpo había empezado a sufrir cambios y hacía poco había tenido mi menarca sin embargo todavía pensaba como niña. Vestía modestamente, y no tenía atractivo alguno… entonces ¿Por qué me sentía tan culpable?…¡¿Por ser mujer?!

Mi abuelo paterno, tal vez intuyendo lo sucedido o tal vez adelantándose a un futuro acoso, me aconsejó: «si algún desconocido te habla por la calle ¡jamás!  ¡jamás! le dirijas la palabra, porque hasta si le decís «por favor no me moleste», o «usted me compromete», se vale de eso para seguirte hablando y ya no te lo sacas más de encima»…a lo que agregó-«¡¡GUARDA!!». ¡ Quién iba a decir que este consejo me iba a servir también en un futuro para saber cómo actuar frente a un pensa-monio!

CONSECUENCIAS DEL ACOSO

A medida que iban pasando los años la cosa no cambiaba, más bien se puso peor. En cuanto veía un hombre caminando por la misma vereda que yo, cruzaba inmediatamente para evitarlo como quien evita cruzarse con un perro rabioso. Por supuesto, no faltaba el «gracioso» que chiflara, aplaudiera, o te diera una palmada en la cola o te manoseara. A estos libidinosos les encanta molestar mujeres, y les basta una escoba con falda para sentirse motivados.

Pero la gravedad de este hecho radica fundamentalmente en que la mujer termina naturalizando la mirada que la hace sentirse desnudada, la falta de respeto, y la cosificación sexual, reforzando desde su resignación la pérdida de su dignidad.  Si no queremos que nos traten como cosa deberíamos dejar de actuar como si lo fuéramos. Recuerdo el comentario de una señora que en el día de su boda, su flamante suegra le advirtió: «¡Mirá que los hombres nos agarran de WC (water-closet)!»

La sociedad toda parece conspirar contra la dignidad que Dios no regaló … ideologías de género, medios de comunicación, industria de la moda, lencería erótica, cosmética,  laboratorios, cirugías estéticas, etc, etc, tiempo, dinero, preocupación, todo un esfuerzo inútil por alcanzar un amor que no se sabe esperar; rendidas por falta de fuerza interior renunciamos al amor para  conformarnos con el placebo del placer. Pretendiendo ser más libres nos volvemos  esclavas. En esta confusión empezamos a portarnos según las pautas que nos dicta «el mundo», y como al son de las notas hipnóticas del «flautista de Hamelin» avanzamos alegremente danzando a coro hacia el precipicio.

¡Cuántas muchachas deseosas de ser amadas  como yo lo era, terminan defraudadas como yo lo fui! En vez de encontrar ese amor que buscamos, los varones no nos lo sabían dar. Pero nosotras cuánto tardábamos en entenderlo. Como decía mi abuela paterna:»¡el que no tiene cabeza tiene pies!».
Cuando una no escucha la palabra de Dios, ni los buenos consejos ni tampoco aprende de la experiencia propia o ajena, se tiene que gastar mucha suela para darse cuenta que el único camino verdadero para encontrar la felicidad es esperarla y recibirla como don de Dios. 

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