CONFESIONES DE ANGELITA [4]
«INTERVENIDA POR LOS PENSA-MONIOS»

«Al zonzo codearlo es atormentarlo», decía mi abuela. Yo ya no necesitaba de los malos consejos de mi hermana mayor para caer en las tentaciones. Ya consentía y resbalaba por mi cuenta y sola. Bastaba un golpecito con el codo que me diera el demonio para que yo saltara, como impulsada por un resorte, y como condicionada por una cadena de actos reflejos. Parecía que los pensam-onios me manejaran desde mi cabeza. Yo luchaba a veces, todavía, un poco, alguna vez. Pero era como tener una radio prendida en mi cabeza todo el santo día, haciéndome comentarios y dándome unas veces sugerencias, otras consejos y otras veces órdenes. Y las pocas veces que buscaba yo orar, más levantaban el volumen esos pensam-onios y me lo impedían, hasta que me daba por vencida . Bien sabe el demonio que en el silencio de la mente, el alma se encuentra con Dios, y por eso la aturde parloteándole desde la azotea. Esas continuas intervenciones invasivas de la mente terminan perturbando, cansando y aburriendo al alma que, no dándose cuenta de lo que hacen con ella esas voces interiores, primero se distrae y al final se aleja del Señor, como el corderito se aparta de su Pastor y lo desgarran sin piedad los lobos mentales.

Aunque al principio sea sólo la mente la que ha sido «intervenida o invadida» con el desembarco de ideas y al fin con cabeceras de playa en el territorio del alma, afirmadas como convicciones, desde la mente avanzan hacia el resto de la personalidad. Invaden también la sensibilidad, desde la sensibilidad conquistan las glándulas, desde las glándulas se apoderan de la producción de las hormonas y mediante las hormonas somete el cuerpo. Al final, la propia voluntad pierde el volante, los pedales, los señaleros y el freno de pie y de mano. En forma de lo que los psicólogos llaman neurosis, el ser humano pierde el contacto con la realidad. Y un software instalado en su ser, lo gobierna para operaciones que no son suyas, sino impuestas por el programa.

Nunca me había dado cuenta tan claramente de esta violación y enajenación de mi propia alma como lo vi sucederle a mi hermana.
Ella era una persona buena, alegre y segura. Un día conoció a un chico en la parroquia y se enamoró. Como no quería vivir su amor a escondidas lo presentó en casa. Mi padre hizo un escándalo y lo echó. Mi hermana entró en una tristeza profunda e intentó suicidarse.

De ese episodio sólo recuerdo el día en que fui a visitarla a la clínica psiquiátrica. ¡Qué dolor tan grande ver tan débil a la que antes me mandaba. Verla llorando y arrastrando la lengua sin que se le pudiera entender lo que decía. Escuché a mi madre mencionar el electroshock. Me volví loca al ver las condiciones en la que se encontraba, y me desesperaba ver a mi madre tan pasiva, aceptando que mi padre le cerrara a su hija las puerta de la casa.

Odié a mi padre con toda mi alma. La madrina de mi padre llamó por teléfono y al escucharme llorar preguntó qué sucedía. Por la noche vino su esposo, que también era padrino de mi padre. Nos reunió a todos. A mí me preguntó – «¿Qué querés que tu padre haga para que lo vuelvas a querer?» A lo que  contesté- «Que la deje a Cecilia volver a casa, que deje la bebida y que su «amiga» no pise más la casa». Volveré más adelante sobre esta mujer, amante de mi padre que pasaba los fines de semana en una habitación reservada para ella en nuestra casa a la vista y paciencia de mi madre

El padrino me prometió: «Dalo por hecho…yo me comprometo a que esas tres cosas se cumplan». Y efectivamente así fue. Mi hermana volvió, mi padre dejó de emborracharse (por un tiempo) y el dormitorio donde se quedaba su «amiga» los fines de semana, se levantó. Mi madre seguía en babia resolviendo sus problemas haciéndose la distraída y enfermándose para desviar la atención de lo que no sabía resolver.

Mi pobre hermana nunca más volvió a ser la misma. Aquel muchacho del que Cecilia estaba tan enamorada, se borró. Me resultó muy duro ver así a la que había sido mi «maestra, consejera y protectora» y siendo yo la que ahora, siendo la menor, vivía pendiente de ella, con el Jesús en la boca por miedo a que se suicidara. A la que había sido mi capitana en la timonera de mi alma, la tenía que proteger ahora como a un grumete. Gracias a Dios, ella logró salir adelante, formar una familia y ser una excelente profesional. Si ella hubiera sabido cuál iba a ser su futuro seguro no hubiera aceptado los pensam-onios de suicidio.

Para terminar de quedar a la deriva en mi vida de adolescente fallecimiento de mi abuelo, aquél que había sido el maestro de mi fe y el pastor de mi alma desde niña. Sin esa última amarra quedé desprotegida y a la deriva navegando en los remolinos internos de mi propio hogar. Mi familia estaba a merced del demonio de la acedia y todo su cortejo de pensamientos malos, tentaciones y pecados. Era duro vivir respirando esa atmósfera de desamor. Mi corazón adolescente sediento de dar y recibir amor, se asfixiaba

Salí pues de mi casa a buscar remedio a mis desconsuelos, a buscar aires de amor para mi asfixia. Me  encontré soñando con ser rescatada por un «príncipe azul» que me librara de las iras desenfrenadas de mi padre, esclavo de sus adicciones de alcohol y de lujuria. Mi mente imaginaba un varón ideal digno de amor y no de rechazo. Al ver a los varones me preguntaba ¿Será éste – pensaba- será este otro?… ¡qué larga se me hacía espera!

Así fui aprendiendo, a los golpes, que los varones «verseros y premios nobel en literatura de ficción», siempre están al acecho para chamullar al oído y ablandar el corazón de una mujer para que se les entregue para darles «la prueba de amor». Yo, a todos les advertía decía que yo era virgen y que así quería llegar al matrimonio. Mi fe, mi virginidad y mis estudios me hacían sentir valiosa. Sentía que si yo perdía el tesoro de mi virginidad, quedaría totalmente a merced del demonio.

La falta de aceptación y la insatisfacción que se vivía en casa, fueron el campo fértil para mi caída. Los pensam-onios hacían de las suyas. Me denigraban diciéndome «eres fea», «pobrecita ¿Qué varón se va fijar en ti? ¿Qué varón te va a querer? Además, vos sos pobre y sólo te va a mirar un pobre gato». Tales pensamientos terminaron instalando en mi esas convicciones. Mi fealdad, mi manera de ser, eran un obstáculo irremediable para ser amada algún día por un varón conforme a mis deseos. Así fue como empezó mi complicidad con el espejo, la silueta, el cuerpo, el vestido, el rostro, el maquillaje, el esmalte de las uñas, el lápiz de labios. Vistiéndome de un disfraz de mujer que, como tantas, a fuerza de querer ser atractiva resulta provocativa. Desconfiaba de que mi yo, mi mismo yo, pudiera suscitar el amor de un varón. Y sacando a relucir mi cuerpo los desviaba del encuentro de yo contigo, hacia la vía muerta del deseo sexual desamorado.

Perdí la cuenta de la cantidad de «noviecitos» que atraje y mandé por el desvío a «mi vía muerta» interior. No quería que me rompieran el corazón así que antes que me dejaran ellos los dejaba yo. Por esos pensam-onios («Este también te va a dejar») llegué hasta tener dos al mismo tiempo…de reserva, por las dudas, si alguno me fallaba.

Y en esos «ensayos» un beso llevó al otro, y el otro llevó al manoseo, y al manoseo le siguió el «franeleo» terminando en el orgasmo. Esta fue la antesala de mis relaciones pre-matrimoniales, la masturbación y el cortejo de los demás vicios que pudren el amor. Así que, perdidos los caminos que conducen al amor verdadero, mi vida se volvía cada vez más triste, vacía y culposa. Mi alma lloraba insatisfecha su soledad, su desamparo y un hambre de amor que no se dejaba engañar y lloraba sin consuelo en mi alma.

Tampoco exteriormente lo pasaba bien. Tenía que andar a escondidas de mis padres. Vivía angustiada y asustada. Aprendí a mentir y a manipular, justificando las «mentiritas piadosas» por el bien familiar. Era de esperar que todo esto me alejara del confesionario. Me aterraba la idea de que algún sacerdote me dijera que ya no podía pisar más la Iglesia. Los versos de Martín Fierro, ilustran este momento en el que tan extraviada me hallaba: «Muchas cosas pierde el hombre // que, a veces vuelve, a encontrar,// pero les debo enseñar, // y es güeno que lo recuerden, // si la vergüenza se pierde // jamás se vuelve a encontrar»… Y mi pudor se venía yendo barranca abajo en «ensayos» desatinados, que fogoneaban sexo… sin amor.

«Está enamorado del amor», dice la gente del enamoradizo. «Vamos a hacer el amor». Eso no es amor, es vicio, es adicción a la búsqueda del amor por las calles cortadas de la lujuria. Yo ya estaba perdida por esas calles cortadas. Ni me sentía amada ni sabía dar amor.
No estando des-norteada sino más bien desorbitada. Le andaba errando al camino, buscando a ciegas en el mundo la fuente del amor. Pero esa fuente única, eterna e inagotable sólo se encuentra en Dios. Como bien dice San Juan de la Cruz… «que bien sé yo la fonte de donde mana y corre»… «Sé que no puede ser cosa tan bella, y que cielos y tierra beben della, aunque es de noche.»

Mi Ángel me avisaba que me estaba perdiendo, y que lo único que importaba en la vida era Dios. Por ese impulso decidí sin hacer mucho discernimiento, hacerme de monja. Pensaba que el Señor podía ser ese príncipe azul que tanto estaba esperando. Hablé con un sacerdote y me recomendó una congregación. Al llegar me recibieron varias monjitas todas muy alegres. Me quedé a solas con una de ellas y después de una larga charla me dijo que era demasiado linda para ponerme de monja. Quedé desconcertada… ¿de qué me estaba hablando?…¡yo soy fea!… ¿me está tomando el pelo? No reparé en que me estaba poniendo a prueba. Sentí como que Dios se había ido y me había abandonado a mi vida de pecado. Interpreté que esa ausencia en los sentidos era un signo y renuncié a ese camino. No era yo la que debía pedir la mano del Señor, me apuré y no dejé que Él lo hiciera.

Por supuesto al demonio no le gusta que uno acepte tan rápidamente las cosas así que me empezó a molestar haciéndome sentir rechazada y muy poca cosa para el Señor. Sentía envidia por la Virgen y por las monjas por ser sus preferidas. En la tentación no caí, fui entrando poco a poco. Después de todo esto me desbarranqué…

 Si a mí  me hubieran despabilado antes en casa mis padres, seguro no hubiera ofendido tanto a Dios. Siento la necesidad de escribir y lo hago en oración. Es un regalo que le hago a mi Señor y espero le sea agradable mi ofrenda. Voy a seguir escribiendo porque quiero hablar de cosas como la masturbación, las relaciones prematrimoniales así como de las relaciones matrimoniales, las actividades parroquiales, la misión,  la esponsalidad con Cristo… 

Angelita continuará sus confesiones

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *