TRISTEZA O FELICIDAD [3 de 5]
El punto de partida uruguayo

Esta serie de cinco entradas sobre Tristeza y Felicidad es reproducción del capitulo quinto de mi libro titulado «MUJER ¡POR QUÉ LLORAS» y subtitulado «Gozo y tristezas del creyente en la Civilización de la AcedIa» [1999], cuyo capítulo quinto se titula: «Tristeza y Felicidad en la Civilización de la Acedia». Dicho capítulo quinto es reproducción de una Conferencia  pronunciada en la Universidad de Cuyo, Sede San Luis, Argentina, en mayo de 1999. En esta conferencia presenté un anterior libro mío titulado: «EN MI SED ME DIERON VINAGRE» subtitulado La Civilización de la Acedia, [1999] publicado en 1997. Ambos libros se encuentran aún a la venta en la editorial Lumen, Buenos Aires.

5.4.6  El punto de partida uruguayo

La República oriental del Uruguay, de matriz cultural Indohispánica católica, se ha ido configurando en sus 296 años de vida como una especia de protectorado políticamente dependiente de nuevos dueños masónicos franco-sajones, según los ideales de felicidad pública propuestos por las ideologías de la Ilustración y de la Modernidad europea. Desde muy temprano, en esta antigua partecita de la Provincia Cisplatina del Virreynato del Río de la Plata, sus habitantes fueron sobrepasados por  la invasión inmigratoria europea del joven protectorado anglo-francés, proclamado república en el lustro 1825-1830, y fueron enfrentados y atropellados por violentas urgencias modernizadoras.   

Bajo la antinomia Civilización o Barbarie, y más tarde agitando las banderas del Progreso, las recetas de la felicidad social no se introdujeron, desgraciadamente en un proceso sereno, por asimilación e inculturación tolerante y pacífica, sino, por el contrario, con aires de guerra de religión, en forma polémica y agresiva contra la tradición cultural y religiosa de la sociedad local; incluso con ribetes de persecución racial, con intentos de exterminio, no sólo del indio sino también del elemento criollo mestizo o blanco. Y dio comienzo a un velado y prolongado genocidio de la antigua población heredera de los héroes de la guerra con el Imperio del Brasil.

Los Doctores del Puerto, rivalizando con los Caudillos, en los que vieron encarnada la odiada «Barbarie» española en aún viva en este trozo sangrante del desaparecido imperio español , y a sus pobladores le fueron impuestos desde su frágiles gobiernos o, cuando fue necesario, por trámite de gobiernos militares, las transformaciones que culminarían con la formación del Uruguay Moderno, cuya definitiva plasmación colocan algunos historiadores entre 1890 y 1920. En esas décadas de entre siglos se acelera la culminación de un largo proceso, una lenta y trabajosa historia de convulsiones político-sociales, guerras civiles, hostigamientos y persecución a la Iglesia. Se terminaba de borrar un país para instalar otro. Con aplauso de unos y dolor de otros, el Uruguay entró en el coro de las felices sociedades modernas. Nota: La obra del historiador uruguayo José Pedro Barrán y su escuela prolonga el prejuicio antihispánico y sigue enceguecido por la Leyenda Negra antiespañola en lo que el imperio español tenía de católico. O sea el odio masónico – sajón anticatólico.

Así fue como «el uruguayo» pasó a compartir los ideales materialistas de la felicidad como bienestar. Para muchos fue su ideal vivir de rentas, sin trabajar y viajando a gastar sus rentas en Europa o incluso radicándose allá. En clases más humildes estuvo vigente el deseo de «dar a mi hijo lo que yo no pude tener», «que pueda estudiar y ser alguien». «Ser alguien» era tener una profesión liberal: médico, abogado, arquitecto. Tener acceso al saber que confiere status, poder y dinero. La profesión liberal permitía en aquellos tiempos, además de influencia y poder, independencia y holgura. La profesión era liberal, porque era libre, liberadora de yugos patronales; aseguraba una situación de independencia laboral.

Luego, en la segunda mitad del siglo XX los mitos se fueron derrumbando: las rentas, la profesión liberal, el auto, la casa en la playa. Pero las promesas del estado paternal y providente se hicieron insostenibles y por fin resultaron mentirosas. La seguridad social, el cuidado de la salud, la educación gratuita que — en lugar del amparo de la familia numerosa — se les había prometido a los pobladores,  se fueron arruinando por pérdida de calidad. Dioses huidizos, la Seguridad y el Progreso parecen huir más cuanto más ardiente es el culto que se les rinde. Mammon es un dios cruel, mentiroso y cínico. 

Produce extrañeza que a pesar de tener tan graves motivos de desengaño y de desilusión, generación tras generación de uruguayos volvió a creer una y otra vez, con fe renovada, en siempre renovadas profecías y promesas y se muestra no sólo dispuesta sino deseosa de tener promesas y profecías en las que seguir creyendo. La función cultural de nuestros gobernantes es quizás tanto la administración del Estado como la invención de nuevas ilusiones, promesas y profecías mesiánicas.

Los mitos de la Modernidad son proteicos, cambian de piel y se renuevan prodigiosamente. Las profecías de los baales gozan, además, de mejor recepción que las de Elías. En todos los tiempos. Y en Uruguay también. Lo nuestro es parte de un fenómeno universal.

Reunión Juan Zorrilla de San Martín con su familia grande en el patio de su Casa en Punta Carreta

5.2.7  Profetas de Dios y profetas del Rey

Lo sucedido en la actual república oriental del río Uruguay es una peripecia particular de aquel gran debate histórico mundial, entablado desde los tiempos bíblicos, entre reyes y profetas, acerca de la felicidad de las naciones y del auténtico bien de la Humanidad. La persecución religiosa con que corrió apareado en Uruguay el proceso progresista y de modernización, fue sólo un epifenómeno de la misma tensión que recorría el mundo europeo, donde el Pontificado, cabeza visible del cuerpo eclesial, vivía en relación conflictiva con casi todas las Cancillerías y Gobiernos, ante los cuales se hacía portavoz de la auténtica felicidad de las naciones.

El conflicto entre los reinos de este mundo con el Pontificado y con lo mejor del profetismo creyente, parece un episodio más de la historia de los conflictos entre reyes y profetas, que son habituales en el Antiguo Testamento y a lo largo de la vida de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.

Las promesas de felicidad que proponen los estados modernos son de carácter «profético». Ese carácter de profecía nos permite vislumbrar, desde ya, por qué el proceso de modernización fue históricamente adversario del creyente y de los ideales de felicidad que proponen la fe y la Iglesia. Nos permite también cautelarnos ante la principal fuente de problemas y conflictos en el diálogo acerca de la felicidad, entre ateos y creyentes.

5.2.8  Para una correcta impostación del diálogo

Un importante escollo para el diálogo del creyente con el ateo cuando tratan el tema de la felicidad humana, reside, aún antes de los desacuerdos puntuales de contenidos, en los malentendidos formales, del estilo, o más precisamente del género literario, del que cada uno de ellos echa mano al expresarse y del que el otro supone que debería utilizar o de hecho está utilizando al hablar sobre este tema.

Porque, según presupone el creyente, la felicidad ha de ser, para el ateo, un tema filosófico, ideológico, basado en las ciencias humanas: psicología, sociología, economía, política. Y sin embargo, ni ha sido ni es tan sencillamente así. Las doctrinas modernas y postmodernas sobre la felicidad, aún cuando se levantan sobre pedestales científicos, pertenecen al género de las promesas proféticas, que Occidente hereda de su raíz judeo-cristiana.

Piensa sin embargo, muy a menudo, por su parte, el desprevenido creyente que para encontrar a su interlocutor en el mismo plano epistemológico, debe y puede dejar de lado los aspectos estrictamente religiosos, y por lo tanto proféticos, de sus convicciones acerca de la felicidad, para descender al nivel filosófico o de la objetividad científica, donde presume que un entendimiento sería posible a partir de los principios y presupuestos racionales comunes a todos los hombres, creyentes o no. A un nivel que se podría llamar: de objetividad científica.

No advierte quizás el creyente, que la enseñanza de la Modernidad acerca de la felicidad, no sólo es una profecía, sino que es una profecía nacida del rechazo de las promesas que son objeto de las profecías bíblicas y que vive de su negación. Es un caso particular del gran «fraude de la Edad Moderna» denunciado por Guardini: «que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras reivindicaba para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de esa doctrina y de ese orden […] En todas partes encontraba [el cristiano] ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, y que, sin embargo, eran presentados como pertenecientes al patrimonio común» [1]. Para oponerse a las promesas y macarismos de la profecía cristiana, echó mano de un género criptoprofético, y propuso sus propias promesas y profecías.

Naturalmente, el discurso profético – ya sea el del secularismo moderno, ya el del creyente católico – está vinculado a los contenidos de los respectivos credos. La dificultad para advertir las semejanzas de género y las diferencias de contenido, proviene de que el credo del incrédulo no está articulado en la mismo forma clara y explícita que el credo del creyente.

Para no descaminar el diálogo, conviene no perder de vista que se trata, de hecho, de un diálogo interreligioso, en que se barajan diversas esperanzas con sus respectivas: bendiciones, promesas, signos y garantías de cumplimiento.

Ni en los tiempos bíblicos, ni ahora ha sido fácil el diálogo entre los profetas de Dios y los pseudoprofetas del Rey. Es que, parte del contenido de la profecía bíblica como interpretación de los hechos, consiste en denunciar la falsedad de los pseudoprofetas, por lo que es ilusorio pensar que pueda darse un diálogo irénico y sin resistencias por parte de los que el diálogo, si no quiere renunciar a ser verídico, no puede menos que desenmascarar.

5.2.9  La felicidad: asunto profético para los creyentes

Explicitemos mejor el sentido de nuestra afirmación de que la felicidad es, para el creyente, asunto de profecía. Con esto, decimos, en primer lugar, que la felicidad es para el creyente, un asunto estricta y esencialmente religioso. No sueña con que sea posible evocar y descifrar sus enigmas por mera vía filosófica, ni puramente científica. La felicidad para el creyente, no es eudaimonía sino macarismo, o sea bienaventuranza, salvación y por lo tanto, es más un asunto de gracia que de eficacia. Es más don de Dios, que logro propio.

La felicidad del creyente, concebida como bienaventuranza, es asunto de deseo, de bendición y promesa, de esperanza cierta, es asunto de Dios, es asunto profético vinculado:

1) A los deseos más profundos, más propios y más auténticos del corazón del creyente, por los cuales, el fiel, como hijo de Dios gime con los mismos tres gemidos del Espíritu (Romanos 8,5.22.23.26) [2];

2) a las bendiciones con que Dios promete colmar los santos deseos que inspira;

3) a la esperanza del creyente, que es la certeza de alcanzar el Bien arduo y futuro prometido;

4) al fundamento de dicha certeza que es la misma Palabra y Promesa divina de alcanzar los dones prometidos;

5) esos bienes no son otra cosa que Dios mismo: la comunión con Él por la caridad.

        Por lo tanto, para el creyente, hablar de felicidad implica necesariamente entenderla y expresarla religiosamente. A menos de reducir y traicionar su verdadero contenido. San Pedro pide a los cristianos que sepamos dar cuenta de nuestra esperanza a los que no creen y nos piden razón de ella (1 Pedro 3,15). Entender la felicidad religiosamente, quiere decir entenderla relacionalmente, desde la intención beatificante del Dios que busca el hombre y lo introduce en su comunión. La felicidad o bienaventuranza bíblica no es del orden del tener o del ser aislado en mono-ambientes, sino del orden de estar en relación con Otro. Es la felicidad que viene de amar a Dios y ser amado por Dios.

Este carácter comunional, intersubjetivo, religioso, es lo que ataca y niega la tesitura naturalista y todas las visiones derivadas de ella, como son la herejía modernista, las gnosis, el marxismo materialista y epicúreo.

Esta comprensión relacional, intersubjetivista o interpersonalista de la felicidad, se expresa y se entiende en términos bíblicos de salvación, bendición y promesa. Y el uso de esa terminología es insoslayable para un tratamiento integral, fiel y no reduccionista o reducido de la felicidad humana.

Ahora bien, el mismo hablar de la felicidad, explicarla y dar razón de ella, por ser asunto profético es también oficio profético.. Es tarea del profeta más que del filósofo, y cuando el filósofo se aventura en este terreno fácilmente se convierte en falso profeta. Tanto el Magisterio eclesial en virtud de su Orden como el cristiano en virtud de su Bautismo, tienen el oficio profético de explicar el camino de la felicidad, como gloria, bienaventuranza… [5.2.9]

[1] Romano Guardini: El Ocaso de la Edad Moderna, p. 143. https://es.scribd.com/document/456779067/EL-OCASO-DE-LA-EDAD-MODERNA-pdf

[2] La oración del Padre Nuestro es una escuela del deseo, porque enseña al discípulo lo que ha de desear antes de lo que ha de pedir. Horacio Bojorge: ¡Upa Papá! Elevaciones al Padre nuestro. Orar como el hijo. Orar como hijos. Editorial Lumen, Buenos Aires -México, 2004.
Horacio Bojorge , Vivir de Cara al Padre. Nacidos de Nuevo y de Lo Alto. Editorial Lumen, Buenos Aires – México, 2009

2 comentarios en «TRISTEZA O FELICIDAD [3 de 5]
El punto de partida uruguayo»

  1. El ministerio sacerdotal – episcopal de Monseñor Jacinto Vera 1841 a 1881, es una ventana interesante que permite asomarse para entender este entramado del discurso de los profetas de Baal llegados al Río de la Plata, que pretendían barrer con la cultura Hispánica, fundada en la fe católica, confesada en la Constitución de la República. Solamente dos ejemplos entre muchos: la ley de Educación Pública y la ley de Creación del Registro Civil. Los falsos profetas tergiversaban el pensamiento de Jacinto Vera, haciéndolo opositor al Gobierno y lo difundían en la prensa capitalina

  2. El Obispo, desde sus cartas pastorales, tras reconocer y alabar la sabiduría del Gobierno en la promulgación de leyes propias de un estado católico, en la siguiente, debía aclarar a los fieles su sentir ya explicitado al respecto y clarificar las ideas que confundían al pueblo fiel, dejando siempre en claro los principios de la fe y la libertad de la Iglesia. “La inmensa mayoría de los uruguayos, quiere la educación religiosa para sus hijos”; “la inmensa mayoría de los uruguayos está de acuerdo con la ley de registro Civil, que no sustituye ni el bautismo ni el matrimonio religioso” decía “el Vicario”. Lamentablemente, la investigación histórica, crítica, no se hace cargo de los documentos auténticos que se conservan y que expresan el genuino pensar y sentir del Beato Monseñor Jacinto Vera, por lo que aún hoy es considerado como un obispo que no fue adicto a la autoridad comptente de su tiempo.

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