TRISTEZA O FELICIDAD [5 de 5]
El Sermón de la Paz – Desde el Jardín

Casa Solar de Juan Zorrilla de San Martín – Hoy Museo

Esta serie de cinco entradas sobre Tristeza y Felicidad es reproducción del capitulo quinto de mi libro titulado «MUJER ¡POR QUÉ LLORAS» y subtitulado «Gozo y tristezas del creyente en la Civilización de la AcedIa» [1999], cuyo capítulo quinto se titula: «Tristeza y Felicidad en la Civilización de la Acedia». Dicho capítulo es reproducción de una Conferencia  pronunciada en la Universidad de Cuyo, Sede San Luis, Argentina, en mayo de 1999. En esta conferencia presenté un anterior libro mío titulado: «EN MI SED ME DIERON VINAGRE» subtitulado La Civilización de la Acedia, [1999], publicado en 1997. Ambos libros se encuentran aún a la venta en la editorial Lumen, Buenos Aires.

2.15 Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931)

La obra El Sermón de la Paz, del pensador y poeta de la patria, debería figurar en toda lista de los clásicos católicos sobre el tema de la felicidad humana: individual, social, política, nacional e internacionalmente considerada. Y por ser la suya una obra auténticamente profética no puede considerarse caduca ni anticuada. Mantiene absoluta vigencia, porque habla de lo eterno en el hombre. Pero El Sermón de la Paz es una de esas obras que, lamentablemente, ya no se reeditan.

Difícilmente podemos dibujar rápidamente el perfil de Dn. Juan Zorrilla de San Martín, pero lo intentaremos aquí para quienes no lo conocen.

Su poema La Leyenda Patria le mereció, de joven, el título de Poeta de la Patria. Su largo poema épico-lírico Tabaré, lo consagró en las letras latinoamericanas con un descenso al inconsciente colectivo del hombre latinoamericano, que, por vía onírica y poética, alcanza una verdad teológica y contiene una revelación profética, -que pocos han sabido entrever-, de la culpa original y de la gracia bautismal del continente hispanoamericano. En el Tabaré, Zorrilla explica cómo y por qué, donde abundó el pecado entre nosotros, allí mismo también, sobreabundó la gracia. El Tabaré es un canto a lo que el pecado hizo imposible pero el bautismo pudo y puede aún reparar.

La tercera gran obra de Zorrilla es La Epopeya de Artigas. En esta obra, Zorrilla restaura la figura del prócer rioplatense, protector de los pueblos libres hasta Córdoba y Corrientes, y lo repone en la galería de los próceres y prohombres de la emancipación latinoamericana. También esta obra es una obra profética, visionaria, épica. En ella la relectura histórica se eleva espiritualmente con un aliento continental a una visión trascendental del prócer, quien desde su fracaso, dejó sin embargo signado el terruño patrio para un destino de libertad, de nación libre. Esta obra magna en cinco volúmenes recoge las conferencias con las que Zorrilla quiso explicar quién había sido Artigas, a los escultores convocados por el gobierno uruguayo para fundir una estatua que inmortalizara al prócer. Obra profética porque interpreta el sentido de una historia y de un hombre, y de los demás actores de un pueblo. La Epopeya de Artigas, es, en el fondo, un vaticinio sobre el Uruguay. Es una profecía geopolítica.

Este poeta de la Patria chica es también poeta de la Patria Grande latinoamericana, idea de la que es adelantado en nuestro continente, como puede verse en el discurso que, como embajador uruguayo en España y por encargo del cuerpo diplomático latinoamericano, pronunció en 1902 en el Monasterio de la Rábida para celebrar el 12 de Octubre, fecha del descubrimiento. Ese discurso, que es una joya de la elocuencia en nuestra lengua, termina así:

«Además de ese mensaje-aclamación de todos y cada uno de los pueblos libres americanos, al pueblo que los precedió en la gloria de la raza y los evocó a la vida, queda el otro, señores, el más grande, el más solemne: es el coro litúrgico que, como enorme nube de incienso iluminada por el sol, alza toda el alma española de ambos mundos al grande espíritu hispánico del pasado, del presente, del porvenir, al arcángel tutelar de nuestra raza, que flota bajo este cielo; al Dios omnipotente, sobre todo, al Dios que vive en ese cielo y más allá de ese cielo; al que enciende el fuego sacro del genio en la mente humana, bien sea en Colón, el navegante del mar, bien sea en Pasteur, el navegante de una gota de agua: ambos descubren mundos; al que, según el libro de Job; el profeta enorme del desierto, pesa la fuerza de los vientos, y mide las aguas del abismo, da leyes a la lluvia y marca a las tempestades su camino; al que envía el rayo, y el rayo va, y vuelve para decirle ¡aquí estoy!; al que da inteligencia a los meteoros del cielo; al que envolvió en tinieblas la tierra recién nacida, como se envuelve un niño en sus pañales….Señores: ese es el único grito digno de la raza hispánica en este momento perdurable; el sólo digno del momento, el sólo digno de la raza cristiana: ¡Gloria a Dios!» .

Es este mismo poeta, pensador y profeta de la patria uruguaya y americana, adelantado en Latinoamérica de la idea de patria grande, periodista de la causa católica perseguida, hombre de Iglesia y también hombre público, amigo hasta de sus adversarios de ideas como Don José Batlle y Ordóñez, embajador, docente de estética en la Universidad, el que escribe El Sermón de la Paz, obra que nos interesa, por tratar del tema de la felicidad y porque traza un retrato espiritual de la acedia a todos los niveles, desde la vecinal a la internacional.

El Sermón de la Paz publicado en 1924, contiene el precipitado de la experiencia del Zorrilla maduro, sexagenario, y sus reflexiones ante la primera guerra mundial, ante la fiebre modernizadora y anticatólica de la sociedad mercantilista, de la entente liberal-socialista del momento, que tras décadas de lucha, acababa de consagrar la apostasía del Estado uruguayo en la Constitución de 1919, creyendo haber alcanzado así una condición esencial para la felicidad pública de los orientales. En la opinión de una clase dirigente ilusionada, embriagada, apasionada con fervores religiosos por el progreso, se ha vencido, al desligarse de su socio eclesial, uno de los principales escollos para dejar atrás, de una vez por todas, la barbarie; y se ha abierto, a su parecer, el camino expedito para que el país marche por el rumbo cierto de la civilización, hacia los más prometedores destinos.

2.16 “La felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad”

Es a ese Uruguay que comulga con la ambición y la euforia del mundo; al Uruguay que no ha aprendido con el horror de la guerra reciente y que no da señales de arrepentirse de sus errores ni de abjurar de sus mitos, que Zorrilla le escribe, le predica, su Sermón de la Paz, cuya tesis central puede expresarse así: «Vivir contento es vivir contenido». Zorrilla prevé que si Uruguay entra por el camino de las naciones ambiciosas, que por su insatisfacción han arrastrado al mundo a una guerra, estará comprometiendo su paz y su felicidad:

«El diablo es el ángel triste…eternamente triste; inextinguible envidia [=acedia]. Él se entretiene en trazar las rayas negras entre las cosas. La felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad […] Ferrero…si bien imputa a Alemania el ser la causa del desastre [de la primera guerra mundial] considera sus ambiciones como causa sólo inmediata, actual. No podemos buscar otras, si bien se mira, en resumidas cuentas, para fundar las sentencias de la historia. A medida que las causas son más remotas, aparece mayor el número de culpables; llegaríamos al pecado original, de que todos participamos, y al primer homicidio. Pero aún dentro de las causas inmediatas, la del actual desastre no ha sido, para Ferrero, la ambición alemana, sino la civilización moderna, la revolución francesa, mejor dicho. Eso pudiera ser aceptado en mi concepto, si esa tendencia a la riqueza, al poder, a la dominación, que el historiador italiano atribuye a Alemania, fuera característica de la edad que comienza con la revolución contemporánea, y si ésta no hubiera tenido por causas otras incontinencias (cursiva nuestra) de los grandes; pero nadie sabe mejor que él, él, que nos ha hecho meditar sobre la Grandeza y Decadencia de Roma, que no es ese el hecho. El hambre dantesca ha asediado siempre a las naciones muy grandes, lo mismo a las modernas que a las antiguas” .

«Entre tus necesidades ¡oh hombre! está la de una patria a quien amar y servir. Disminuir tus necesidades es llenar tu bolsa. Cuanto más limites materialmente y más concretes y te hagas sensible el objeto de ese amor, tanto mejor podrás satisfacerlo. Y será más puro y generoso. Pon tu boya accesible, ¡oh nadador que nadas en el tiempo hacia la eternidad! Es bien recordemos aquí, ante todo y sobre todo, que la ambición colectiva, vicio del alma nacional, es, en resumidas cuentas, la resultante y acción recíproca de las soberbias individuales. El nadador hombre ha de tener una meta en la vida, y ella no es otra que la muerte, la última boya; tener ésta a la vista, y hallar en ella el objeto o término del esfuerzo, es la fuente suprema de energías. Si la muerte es lo infinito en sentido de ‘Nada’ o infinito negativo, el hombre nadador está perdido; si lo es en el sentido de ‘Todo’ o infinito esencial, sustancial, afirmativo, el nadador es más grande y más fuerte que el mar; éste se achica a medida que aquel punto se agranda.

«También son nadadores las naciones, y han de tener una meta, una boya, es decir, una cosa fuera de sí mismas a que dirigir su esfuerzo. Si la tienen dentro de sí mismas, como lo supone Hegel, por ejemplo, el dios-estado, ese nadador sin punto de llegada se hundirá en su propia extensión oscura, en su descontento e incontinencia (cursiva nuestra). Si, por el contrario, tienen como meta o boya la felicidad del hombre, como es razón, entonces el estado, la Patria terrena, que no es inmortal, que vive en el tiempo, participa de la inmortalidad del hombre; es grande y noble como un hombre. No puede serlo más. La dignidad de la Patria no es otra cosa que la virtud de sus hijos; la felicidad de éstos, uno por uno, es su felicidad, su objeto.

«Así sólo se concibe que el hombre muera por la vida de la Patria: porque la Patria vive en él y por él…La seguridad y la dignidad de las naciones, la paz, está también en eso: en la igualdad de especie y de destino; en tener como objeto de sus funciones la felicidad del hombre en concreto; no el aumento de poder y de riqueza del conjunto como entidad abstracta, que deja de ser benéfica, al dejar de ser humana, sin ser divina; al ser el núcleo de rotación de esos egoísmos colectivos que de todo tienen menos de sentimiento patrio. Este ha de ser, para ser virtud, amor al hombre que nos acompaña, por amor de Dios. Si no; si el amor a la Patria no es amor al compatriota, ¿qué es?» .

2.17 Una civilización del amor ¿o una del Progreso ilimitado?

Ante los «cerrados horizontes en torno del naufragio de Europa», Zorrilla adelanta la respuesta de una civilización del amor: «No veo, por mi parte, más camino de salvación que encauzar la política internacional por la vía cristiana del amor». Y observando el fenómeno de la guerra señala su causa: «los hombres y los pueblos incontentos o incontinentes», «los que quieren ser, no sólo fuertes, sino más fuertes que alguno».

Zorrilla recoge el pensamiento de Lloyd George respecto del amor entre los pueblos y eso le da ocasión para repasar los gestos de amor y de perdón entre los pueblos latinoamericanos. Ya hemos visto sus coincidencias con el historiador italiano Guillermo Ferrero, del cual hace suya también la crítica a la moderna doctrina del progreso:

«Este italiano Guillermo Ferrero, gran escritor por cierto, que leo en estos momentos a la sombra de mis ombúes, dice lo que yo ahora pienso y quiero decir, precisamente, como epílogo de este mi sermón de paz. y no hay por qué me esfuerce por expresarlo en forma distinta de la suya, pues no lo diría mejor, ni tan bien.

«La civilización del siglo XIX suprimió todos esos puntos fijos (metas limitadas, boyas de referencia para el nadador) diciendo que eran otras tantas trabas para la libertad del hombre, y puso frente a éste lo infinito. En efecto: ¿Qué es la doctrina moderna del progreso interpretado como el aumento indefinido de la riqueza y del poder, sino una marcha hacia lo infinito, en la que no hay una meta definitiva, ni más límite que el alcance de las fuerzas propias? No hay riqueza ni poder tan grandes que no permitan imaginar una riqueza y un poder mayores. Si el ideal y deber consisten en crear riquezas y poderes cada vez más grandes, nunca se llegará al término de esa escala. Se puede comprender así por qué los hombres modernos están siempre descontentos (cursiva nuestra)….Cuanto más tienen, más desean…La civilización moderna es una civilización insaciable, que, como la loba de Dante, después de comer tiene más hambre. La inmensa catástrofe actual es la consecuencia de ese descontento (cursiva nuestra). Y su iniciativa tenía que partir del pueblo que, en los últimos treinta años, se había mostrado siempre el más exigente de todos, justamente porque era el más favorecido de la suerte «.

Zorrilla coincide y cita largamente el pensamiento de Ferrero acerca de la ambición desmedida como causa de la guerra y establece la escala: «Descontento … incontento … incontinencia … inquietud … tristeza … guerra». Por el contrario: «la felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad» .

2.18 La mística del amor a la Patria y a Dios

Zorrilla ha visto muy bien que el problema de la felicidad privada y el de la felicidad pública obedecen a las mismas leyes espirituales y dependen de las mismas ideas y actitudes. Reconoce que «la ambición colectiva, vicio del alma nacional, es, en resumidas cuentas, la resultante y acción recíproca de las soberbias individuales». Zorrilla exhorta a vivir contento, a vivir contenido, amando lo que nos es dado, amando nuestros límites.

«Con ese objeto he escrito yo estas páginas, que, como las golondrinas de las torres, han salido de mi casa dada de cal y con su tejado rojo español; con ese fin he hecho conocer mi tierra de colinas melodiosas, y ofrecido en ella la más grande de las patrias, porque es la sola del tamaño de mi corazón. Es mi boya anclada en el horizonte, entre el cielo y la tierra. Nado hacia ella, hacia la gloria y felicidad de este pedazo de planeta que Dios me ha dado para servir, es decir, para servirlo a El y a mis semejantes en la tierra. No tengo ni deseo otra cosa; siento que hay en ella bastante para satisfacer mi necesidad de llegar a un punto fijo en que descanse: el que ha de sobrevivirme en la tierra que será la de mis nietos. No es necesario, para ello, ni es parte integrante del patriotismo, el creer que todo es grande y bueno en la tierra que Dios nos dio con tal objeto. Se puede ser buen patriota, sin tener las flaquezas de la Patria, como ser buen hijo, sin las enfermedades de la madre. ¡Oh, el amor a la madre enferma! ¡Ser sano para ella!

«No dejo de advertir, cuando esto digo, que acaso pudiera ser notado de místico en este mi discurso o sermón; lo suelen ser, muy a menudo, las meditaciones de esta índole. No es cosa que me contraríe, a la verdad; antes me sirve y da ocasión de entrar en mis moradas interiores. Pero no está demás fijar el recto sentido de este vocablo: misticismo. Para el hombre puramente material, si tal hombre existe, que no lo creo, todo aquel que rinde culto ostensible a Dios es un místico; lo es el que cuenta con su Providencia y lo invoca. Pero desde ese primer acto de religión natural hasta el amor, no sólo reverencial sino pasional, a la Belleza Personal de Dios, que es lo que se llama propiamente misticismo; desde el simple buen cristiano hasta Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, los grados intermedios no tienen cuento.

«En alguno de ellos pudieran caber, efectivamente, estas lecturas, y tener, por lo tanto, algo de místicas, es decir, de inspiradas en un ideal de belleza y perfección, cual no puede concebirse más alto; en una pasión que aniquile todas las facultades y potencias, y que concentre en un solo objeto, de fuerza atractiva irresistible, todas las humanas energías. Eso puede llamarse también idealismo, poesía, belleza esencial, vida espiritual…¡qué sé yo! No sé si tiene un nombre. También pudiera llamarse fe, es decir, ciencia en el más puro, y neto, y práctico de sus sentidos. La ciencia busca la verdad, pero sólo la fe la posee. Es la ciencia experimental de Dios «.

2.19 Desde el jardín se comprende el mundo

Zorrilla termina su obra relatando un incidente, nimio en apariencia, sucedido una tarde cualquiera, mientras trabajaba en el jardín de su casa de Punta Carretas pero en el cual descubrió, con intuición profética, el mensaje, también profético, que expresa en el Sermón de la Paz.

En ese incidente dialogan, en la persona de Zorrilla y de un amigo que lo aborda, dos tipos de hombres, dos actitudes, dos civilizaciones: la cristiana, la mística, y la moderna, pragmática y mercantil.

La hermosa página de Zorrilla traza el retrato paradigmático de dos tipos humanos, de dos actitudes ante la realidad y ante la vida. En la pequeñez del jardín y en un diálogo al parecer intrascendente, sostenido, según lo imaginamos por encima del cerco que los separa, símbolo de otra separación interior, a Zorrilla se le descubre, como con una revelación profética, la profunda ley del comportamiento humano, válida para los individuos pero también para las naciones, que conduce a unos hombres a la paz y a otros a la guerra, a unos al gozo y a la satisfacción y a otros a la acedia, la tristeza y la perpetua insatisfacción.

Por otros caminos y de otra manera, otro pensador católico, Romano Guardini, ha caracterizado también estos dos tipos de hombre, estas dos civilizaciones y culturas, cuando en sus críticas al tipo de hombre engendrado por la Edad Moderna, advierte cómo ésta, habiendo exaltado, por su certeza, al saber matemático, y por haber cultivado unilateralmente las formas del conocimiento humano que llevan al dominio de la realidad, ha puesto en peligro su capacidad de encontrarse con ella, su capacidad de comunión con la realidad, con Dios y entre los hombres.

En el jardín de Zorrilla veremos al hombre que lo mide todo por metros y por su valor venal, frente al hombre que es un ser de encuentro. Veremos la ambición frente al contento, la inquietud de la codicia frente a la paz que da el amor de los propios límites , la contención que da el contento.

Nos asombra y nos conforta la coincidencia. Desde el jardín de Punta Carretas o desde el lago de Como, dos profetas católicos, sin conocerse, aprehenden la misma situación espiritual, que cada uno expresará según sus propios públicos y sus propios medios expresivos, por distintos caminos.

Desde un pequeño jardín o desde un pequeño país, no importa, puede percibirse, en lo pequeño, a veces por eso mismo con mayor transparencia, las leyes que gobiernan el mundo. He aquí la página de Zorrilla, un suceso histórico nimio convertido en Parábola, con la que queremos terminar estas meditaciones:
2.20 Puesta de sol

a) El Escenario

«El paisaje que estoy mirando en este momento desde mi casona de Punta Brava, y en el que creo ver concentrado el universo (cursiva nuestra), está bañado de la luz de esa divina ley . Una gaviota blanca, adorante, que aparece inmensa, se acerca por el aire y me abre las alas sin recelo. Ese buen pájaro no ve en mí, como en los muchachos que le tiran piedras, un enemigo fuerte; casi estoy por creer que se da cuenta de que soy su compatriota. Es el espíritu, que, como las golondrinas de las torres, brota del río, cual si éste echara a volar. ¡Amable pájaro simbólico, dios del aire, divino Ibis!…

«No es esto decir que esta paisaje sea invariable, por supuesto, y que todos mis día de Punta Brava (por algo así se llama) sean tibios y apacibles; los suele haber de viento y de frío, y de chubascos. Los vientos del Sur, que vienen de lejos, del Cabo de Hornos quizá, persiguiendo hasta la costa el rebaño, presa de pánico, de las grandes olas, son a veces implacables; andan por el aire gritando, como dioses norsos conquistadores. Y cuando da en soplar el Pampero, viento del Oeste que nos llega a ras del Plata, desde las Pampas o llanuras andinas, el tiempo no es apacible; pierden las gaviotas su equilibrio o divina euritmia, y los pájaros dispersos buscan abrigo en los aleros, callados o dando chirridos; los árboles pasan sus largas horas de desamparo, y yo pienso en ellos, cuando despierto de noche, y oigo el huracán, remoto o próximo, que anda en el aire.

«Pero, sobre ser el caso poco frecuente, esos mismos vientos pamperos, como los que conocemos desde niños, son menos desaforados para nosotros que para los extraños; están en su casa, y hasta tienen algo de los amigos importunos o pesados, que se echan de menos cuando dejamos de verlos algún tiempo; son nuestros pamperos. Ellos nos sirven, por otra parte, para apreciar mejor, y gozar con mayor gratitud, de las mañanas y tardes de bendición, llamémosles místicas, que son allí constantes: los aguaceros seguidos de sol, con su Arco-Iris del uno al otro horizonte; los ponientes gloriosos, con sus nubes en forma de lagarto o de palomas dispersas, sus procesiones de arcángeles dorados, y sus remotas ciudades caminantes, llenas de cúpulas, en el divino silencio.

b) La Acción

«Una de esas tardes era la de ayer, precisamente, y mejor no pudo elegirla, para visitarme en mi rústica heredad, un buen amigo mío, hombre de bien a carta cabal, persona acaudalada, y de más que mediano entendimiento . Me encontró solo, trabajando a más trabajar con el rastrillo. Los árboles estaban alegres, y las enredaderas no habían cerrado los ojos azules todavía entre las hojas; mi torre parecía de mármol, y el río de esmalte azul; la cúpula del cielo estaba recién dorada por los artistas diáfanos .

«Mostraba yo envanecido todo lo mío, todas aquellas cosas, a mi amigo; mis árboles, mi pedazo de mar, la última porción de sol de aquel día, que me quedaba en las paredes de la torre. Y él, después de mirar a su alrededor, a lo lejos, hacia arriba, me miró a mí, como si hubiera descubierto un secreto que yo guardaba, el de mi caudal; me miró riendo, con aire de parabienes. ‘¡Cómo habrán subido ahora de precio estos terrenos!’ me dijo, por fin; ‘éste es ya un buen lote. Pero es preciso adquirir ese solar de al lado, para tener mayor frente sobre la rambla… ¿Cuánto vale ahora el metro por acá?’ […]

«¡El metro! ¿Pero acaso esto tiene metros, Dios mío? ¿Es esto realmente un lote, que haya de completarse quitando el suyo al vecino? Nada de todo esto es mío, pues, desde que tiene precio; nada de esto; lo mío no tiene precio… Aquel ingrato amigo no había estado observando, como yo lo creía, ni el ombú que estaba a su lado, con el último toque de sol gratuito, ni el horizonte de cobre enrojecido, ni siquiera el mar; había advertido que por allí se había hecho, no por culpa mía, ciertamente, una rambla o avenida alquitranada, por la que corría, a todo correr, un carruaje automóvil, entre una nube de bencina. Y que no tenía más objeto que el de adelantarse a otro carruaje, que, a su vez, sólo corría por correr, desaforado.

«Y allí, junto a nosotros, tocándonos la cara con las ramas, estaba un peral lleno de peras maduras, en forma de campana, que parecían naranjas, por la luz del sol poniente. El árbol, plantado por mí, uno de mis predilectos, me miró con la expresión de un inofensivo animal salvaje acabado de atrapar; me miró como si hubiera oído un disparo. Que también los árboles sienten el pánico, si los observamos. En poco estuvo no lo experimentara yo mismo; sentí, cuando menos, algo como el efecto de una amenaza a mis ombúes sin valor, a mi casa de poco precio, guardada sólo por un perro compañero de mis nietos, a la puerta de mis abuelos, de débil cerradura . Hubiera querido esconder todo aquello, ponerlo a salvo en otra parte, en otro rincón de mi tierra, con sus horizontes y sus gaviotas.

«¡Oh las naciones grandes, las confederaciones fuertes, hijas del dios Pan, el que infunde los pánicos !
«También las grandes fortunas de los hombres se forman así: por la conglomeración de las chicas aniquiladas. Y así se amasan los patrimonios suntuosos, donde no se pone el sol, y donde no se goza de la noche estrellada. Y así nacen las grandes ciudades, con sus palacios impersonales, que desalojan a las bellas torrecillas dadas de cal, en que viven las alegrías, y anidan las caridades, las continencias, la resignación y la paz (cursiva nuestra).

«Y los hombres se enorgullecen de las ciudades, de las patrias armipotentes, grandes lotes de muchos metros, de mucho valor venal, y de mucho humo de bencina y de pólvora.

«No hay paz para el soberbio, dice el libro santo. La paz es una entidad del orden moral, superior al jurídico. La quietud, el descanso, el silencio, la riqueza, el placer, son cosas del orden material. No está en ellos la paz. No te basta con tenderte en la cama para estar en paz; ni siquiera en el sepulcro. El descanso, el silencio, el mismo sueño, el último inclusive, serán enemigos que te inquietarán. La paz es una actividad. Si quieres ser feliz (cursiva nuestra), procura ser hoy un poco mejor que ayer; aprende a estar contento, alegre; goza sólo de aquello que estés seguro que te viene de la mano de Dios, y así hallarás el goce, aún en el dolor. Y hallarás paz en el soñar de la vida, y en el de la muerte.

«Yo tuve que recibir, sin embargo, los parabienes de mi buen amigo, porque eran bien intencionados. Este libro ha nacido de su visita (cursiva nuestra). Y, como suele salir un pájaro cantando de entre las yedras que envuelven un viejo muro, el niño de sesenta años que tengo en el corazón, y que en este libro ha pensado, o cantado, o dicho místicas ingenuidades, salió de entre las hojas… Sí, contesté a mi amigo tristemente, mirando el mar; efectivamente, deben de haber subido mucho de precio estos terrenos …. ¡qué le hemos de hacer!… Y el mar me miraba… Y yo miraba largamente el mar, y sentía el silencio de mis mares interiores» .

2.21 Colofón

Releyendo estas páginas de Juan Zorrilla de San Martín, mi corazón acompaña su lectura con un amén agradecido y perenne. Ellas son proféticas, porque confortan el corazón creyente con la verdad de Dios.

Pero también acompaña la lectura un sentimiento semejante al del Poeta de la Patria, porque tan hermosas razones y estas páginas en que tan bellamente se dicen, -¡oh universales síntomas de una misma enfermedad de acedia que aqueja hoy también a los creyentes- hayan caído en el olvido. No tiene buena prensa nuestro Zorrilla. No tienen hoy mucha aceptación, entre algunos, las verdades que tan místicamente percibió y poéticamente supo expresar. A pesar de la protesta profética de Zorrilla, es la óptica de Piria la que ha dominado a la sociedad uruguaya, que no es excepción en el concierto de las naciones. Sin embargo, por una especie de milagro, la única casa que se conserva en medio de las torres que ocuparon la rambla, como profetizó Zorrilla, es la suya, convertida en Museo. ¿Una atención del Señor con su amigo? ¿Un signo de que la caridad no pasa más, y confiere también permanencia, figura de la eternidad, a las obras que de ella nacen?

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