DOS AGNÓSTICOS DEFENSORES DE LA CRISTIANDAD
Por el Dr. BERNARDINO MONTEJANO
Como antes, nos ocupamos de los ateos judeo cristianos, Ahora seguimos con el tema y estas notas hablarán de dos figuras ejemplares muy queridas, representativas de esa Francia, hija primogénita de la Iglesia y tan alejada de ella hoy en el ámbito político: Charles Maurras y Antoine de Saint-Exupéry.
CHARLES MAURRAS

Hace muchos años, en la desaparecida revista Universitas, cuyos ejemplares sobrantes fueron quemados por orden de un despreciable rector, por odio a Santiago de Estrada, escribimos un artículo “A propósito de un aniversario” en recuerdo del gran pensador político francés, a cien años de su nacimiento.
Respecto los fundamentos de su pensar, le escribió Ernesto Psichari en una carta: “Usted es el único hombre de nuestros días que hay construido una doctrina política realmente coherente, realmente grande; el único que haya aprendido la política, no en cotorreos y asambleas, sino en Aristóteles y Santo Tomás; el único, en fin que haya aportado a esas delicadas cuestiones la inteligencia de una vasta cultura”.
Maurras, hombre sin fe, ataca a la democracia convertida en una nueva religión ecuménica, erigida como valor absoluto, que pretende sustituir al cristianismo. A esta religión del hombre moderno, el pensador francés le cortó la ruta; por eso San Pío X lo calificó como “un bello defensor de la fe”.
Perdida la fe en su juventud no podía ver la dimensión sobrenatural del catolicismo y se le reprochaba su agnosticismo. Acerca de esto escribe Psichari: “¿Hay reproche más absurdo, aun desde el punto de vista teológico? Sólo son condenados los que rehúsan la gracia que se les ofrece y que enceguecidos por la luz persisten en quedarse en la sombra… Pero ante su evidente buena voluntad, ante la evidente buena fe de su búsqueda, ¿qué nos queda hacer a nosotros, cristianos, sino rogar muy humildemente por usted, sin creernos mejores y sin prevalernos de gracias deslumbrantes que Dios se ha dignado acordarnos de manera absolutamente gratuita sin ningún mérito de nuestra parte”.
Dios no abandonó al viejo luchador y la Iglesia tampoco. Monseñor Gaillard, arzobispo de Tours, enterado de su llegada a Turena, le encargó al canónigo Cormier la tarea de visitarlo y éste ha volcado en un libro sus conversaciones y la piadosa muerte de Maurras, reconciliado con Dios por la recepción de los Sacramentos y vuelto a la Iglesia Católica por la puerta grande.
En sus páginas figuran estas palabras como su testamento espiritual: “Pienso en mis muertos con frecuencia y abrigo la firme esperanza de volverlos a ver. Para mis muertos he esperado, pedido la felicidad en la otra vida; para mi país no he cesado de esperar el restablecimiento y la salud. Ahora espero para mí. Mi vida se acaba. Mucho he trabajado por Francia, por este bello país del que todo he recibido. Hubiera deseado todavía vivir algún tiempo para continuar sirviéndolo, para verle resurgir de sus ruinas… para volver a encontrar sus tradiciones. Toda mi vida he luchado por este tesoro de belleza, de sabiduría y de santidad… Si he podido restituir a algunos franceses el orgullo de su tradición, no perdí mi tiempo. Mi obra intercederá delante de Dios que ha de juzgarme”.
ANTOINE DE SAINT-ÉXUPÉRY

El segundo agnóstico defensor de la Cristiandad es Saint-Exupéry, niño fervoroso, nacido en un hogar católico y monárquico que pierde la fe en su juventud.
Sin embargo, la ruptura de los lazos con Dios, nunca lo condujo a la indiferencia y menos a la rebeldía. Inquieto por la ausencia, por el silencio de Dios, reza. “Ciudadela”, libro en el cual trabajó diez años está lleno de oraciones, de búsquedas, de súplicas.
En una oportunidad, visitó a un médico amigo y tomaron un taxi, ante la pregunta del conductor acerca de dónde van, llegó la insólita respuesta del aviador: a dónde usted quiera y se pasaron dos horas hablando de su angustia, de la ausencia y del silencio de Dios.
Su libro “Piloto de guerra” constituye una apología de la civilización cristiana, sin fe. Allí escribe: “El hombre ha sido creado a Dios. Se respetaba a Dios en el hombre. Este reflejo confería una dignidad inalienable a cada hombre. Las relaciones del hombre con Dios fundaban con evidencia los deberes de cada uno respecto de sí mismo o de otro”.
Este libro fue escrito en los Estados Unidos y cuando los norteamericanos esperaban que les hablara de la democracia, él les habla de la caridad: “comprendo el significado de los deberes de caridad que me fueron predicados. La caridad servía a Dios a través del individuo. Era debida a Dios prescindiendo de la mediocridad del individuo. Su ejercicio no suponía jamás un homenaje a la estupidez ni a la ignorancia. El médico estaba obligado a exponer su vida por cuidar al apestado más vulgar: servía a Dios”.
Por un lado, añoraba los tiempos con sus ritos, con la liturgia de la Iglesia que organizan sus días; por otro, detesta la época en la que le toca vivir, como lo expresa en la carta al general X, cuando embate contra el siglo XX: “siglo de la publicidad, de los regímenes totalitarios, de los ejércitos sin clarines ni banderas, sin misas por los muertos. Odio mi época con todas mis fuerzas. El hombre en ella se muere de sed”.
E insiste en el mismo texto: “Ah, general, no existe más que un problema, uno solo… Devolver a los hombres un sentido espiritual, inquietudes espirituales. Hacer llover sobre ellos algo que se parezca a un canto gregoriano. No se puede vivir sin poesía, sin color, sin amor… Los hombres han ensayado los valores cartesianos: fuera de las ciencias naturales no han servido para nada”.
También Dios quiso que una semana antes de su desaparición, fuera padrino de un bautismo. Le pidió a la madrina una lección de catecismo, por estar un poco alejado; en medio de la clase, comentó: “es toda mi infancia la que sube a la superficie”.
Era el retorno de la fe de esa infancia. Días después, emprendió su última misión para jamás volver.
Como había escrito: “Señor llego hasta Ti porque trabajé en tu nombre. A Ti las simientes. Yo he construido el cirio. A Ti te toca encenderlo. Yo he construido el templo. A Ti te toca habitar su silencio”.
Buenos Aires, mayo 7 de 2024.
Bernardino Montejano
Me ha encantado saber que A. Saint-Exupery finalizó así sus días. Es alguien hacia quien siempre he sentido admiración y cariño. Gracias.
Comparto el comentario de «Sofia».
Hoy justamente, una persona me comento sobre la conversiòn de un ateo. Todo muy peculiar. Este ateo habìa decidido participar de un encuentro con masones, donde alli se disponian a pisotear tantas hostias consagradas tenian a su disposiciòn. Este ateo, que por primera vez se encontraba ante esta situaciòn, al notar el odio, y los sentimientos mas desagradables que esos hombres experimentaban frente a las hostias, y ver como las pisoteaban, este ateo CREYO QUE EN ELLAS REALMENTE ESTABA PRESENTE DIOS.
Creyò al ver la furia de aquellos hombres.
Personalmente quede muy impresionada. Los caminos del Señor…