CONFESIONES DE JULITA [1]
DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ

DONDE ABUNDÓ EL PECADO… SOBREABUNDÓ LA GRACIA

Querido Padre:

No es tan fácil contar la historia personal, y mucho menos lo que a uno le avergüenza de uno mismo. Sin embargo, me dispongo a hacerlo en función del bien que mi historia puede significar para otras almas. Encuentro que esta puede ser una manera de agradecer y dar gloria a Dios, por haberme acercado a Él y enderezarme en el camino. Por supuesto que, en ese camino, no es nada fácil, y sinceramente, tengo mis altos y bajos, pero he aprendido a reconocer su ayuda y hasta sentirme una mimada!
Me inspiro en María Magdalena y la invoco en mi auxilio. Me imagino lo que le debe haber costado, al principio, mostrarse al mundo una vez que dejó su vida mundana. ­ ¿Quién mejor que ella para darme valor?

En el primer borrador de este escrito yo había olvidado mencionar dos ocasiones en que de muy niña sufrí en dos episodios de acoso o abuso infantil. Yo los había enterrado de tal manera que ni se me ocurrió mencionarlos al empezar a escribir estas confesiones.

ACOSO SEXUAL EN MI INFANCIA
PRIMER ACOSO: Cuando yo era niña, yo tendría unos cinco años o seis años, tenía un tío, el esposo de la hermana de mi mamá, que ¨me tenía especial afecto¨. Siempre fue ¨cariñoso¨ conmigo, pero en algún momento empecé a desconfiar de él, no me sentía cómoda. Y tengo en mi memoria una imagen, de una noche que yo pasaba en casa de mi tía con mis dos primas, en que yo dormía con una de mis primas, en la que se acercó mi tío con una linterna a la pieza, controló a mi prima que dormía arriba en la cucheta, después a mi otra prima que dormía conmigo y cuando llegó mi turno… me agarró la mano y la sobó en su pene. Yo tenía consciencia de que eso estaba mal, pero no dije nada, me hice la dormida, y después le conté a mi mamá. Nunca más volví a dormir a esa casa. Pero mi tío nunca dejó de llamarme para mi cumpleaños y decirme lo buena y linda que yo era. Y le juro que ahora que me acuerdo, pasados tantos años, me dan ganas de vomitar.

SEGUNDO ACOSO: Unos años después (yo tendría entre 9 y 10 años) pasó lo que le conté del hombre que me quiso encerrar en los pasillos del edificio de mi profesora de matemáticas.  Con una excusa me llamó la atención, me llevó hasta una pared y comenzó a manosearme. No recuerdo cómo fue que me escapé, pero salí de allí lo más rápido que pude. Ese era un hombre totalmente desconocido. No lo vi nunca más, pero tampoco quise volver a la profesora sola. Recordar todo esto me ha conmocionado bastante jejeje. Y estos recuerdos son algo que evidentemente tenía medio bloqueado, porque no surgieron antes.

CONSECUENCIAS DEL ACOSO: Rechazo del mi ser mujer y de dejar de ser niña
También recuerdo ahora que no quería ser mujer porque no quería que los hombres se me acercaran. Quería ser fea y no tener pechos, para que así no me vieran.

Esos pensamientos tenía yo de niña. Y eso pensaba cuando tuve mi menarquia, y  en vez de alegrarme que me puse a llorar porque sabía perfectamente lo que significaba y yo quería seguir siendo niña. Afortunadamente no tuve nunca mucho busto, eso hacía que en la secundaria o en la facultad, me miraran menos y se concentraran en mis amigas.
Quizás en esa época debería haber ido a terapia, pero es algo que no hice hasta grande. Cuando tuve el primer psicópata por novio. (aunque en esa oportunidad hice psicoanálisis y nunca supe que el loco era el ex ¨novio¨, creo que me hubiera venido muy bien la terapia que hice después o que me fuera honesta la psicóloga y me hubiera dicho que ese no era el tipo de terapia que necesitaba) Y ahora, que con el tema del padre de mi hija estoy entendiendo, aceptando y perdonando.
Es como usted me suele decir, el Señor me está purificando. Y evidentemente es profundo y completo el proceso, y me pone al descubierto hasta las raíces.

INFANCIA Y JUVENTUD HASTA LA UNIVERSIDAD
Crecí en una casa con valores cristianos, aunque, no éramos ¨practicantes¨. Tuve educación laica, y asistía a clases de ballet hasta la mitad de la secundaria cuando decidí dejarlo. En mi casa siempre se valoró la familia, la honestidad, la generosidad, la amistad, pero, lamentablemente, ya en mi último año de primaria, caí ante la tentación. Me robé un paquete de gomitas de un kiosco; no alcancé a hacer ni media cuadra que el arrepentimiento de lo que había hecho era tan grande que, en vez de devolverlo (cómo iba a mirar al kiosquero a la cara), lo tiré; acto que le agregó más remordimiento a mi conciencia. El problema fue que, de ahí en adelante, cada tanto, me robaba alguna cosa, un lápiz, cositas que no necesitaba y que nadie se diera cuenta. Hasta que una vez, la madre de otra compañera del colegio, le dijo a mi mamá que yo le había robado el lápiz a su hija. Mi madre me hizo semejante escándalo, por lo  que fui haciéndolo cada vez menos hasta que finalmente no lo hice más. En todo este tiempo, íbamos a misa, pero no tengo consciencia de ello. No recuerdo en esa época haber ido a misa, pero si haber hecho la comunión.

Ya en la secundaria comencé a mentir. Para zafar de ciertas situaciones, o para no pelear con mis padres, porque, como no tenía permitido disentir ni rebelarme, para salirme con la mía, cada tanto mentía. De hecho, decir la verdad o lo que pensaba me llevaba a que cada seis meses me dieran una cachetada. Así que, mejor, mentir. En esa época sí tengo consciencia de haber ido bastante frecuentemente a misa, aunque con muy poca confesión y casi nada de comunión. El último año de secundaria, recibí la Confirmación. Lo malo de todo esto, es que yo nunca me enteré de lo que significaba confirmarse, no conocía nada de la tradición o la liturgia. Pero sí, sabía a Quién estaba recibiendo. Nunca tuve dudas. No quise meterme en grupos de jóvenes de la acción católica, porque en mi casa ya se hablaba de la hipocresía de la gente de la ¨ Iglesia¨. Y en realidad nunca conocí a nadie que fuera parte de un grupo y por lo tanto nunca se me ocurrió. Sabía que estaban, pero nada más. Lástima haberme olvidado de esto años más tarde, porque incautamente me casé con un «producto» de esa hipocresía de los medios «de Iglesia» 

ACOSO SEXUAL UNIVERSITARIO
Comencé la facultad en otra provincia distinta de la mía, a los 17 años. Fue un cambio de vida radical. Allí, apenas llegué, una profesora de biología en el primer día de clases nos preguntó ¡quiénes éramos vírgenes y quiénes no! Ante semejante pregunta, yo quedé pasmada, pero todo el curso había tenido ya relaciones sexuales, menos yo y que me quedé callada y no dije nada. Una sola vez hasta entonces  un chico me había invitado a salir y de tanta vergüenza que me había dado le dije que no. Y ahora, de repente me encontraba frente a un curso lleno de gente ya sexualmente activa. ¡Me dio mucha vergüenza! Después de esa pregunta, la profesora explicó posiciones y cómo tocarse, tanto para heterosexuales como homosexuales.

Salí escandalizada. Ese fue el comienzo de mi vida universitaria. Al final de ese mismo año, mi madrina de bautismo, se quitó la vida. ¡Fue un golpe terrible! ¡Para Navidad! Mi madre estaba devastada (era su amiga íntima de toda la vida) y a mí también me dolió mucho. Así que cuando volví a estudiar, fui a la iglesia que sabía frecuentar, donde encontraba paz. No iba frecuentemente a misa, pero sin saberlo, hacía adoración. Y decidí hablar del tema con uno de los sacerdotes, preguntarle si cabía alguna posibilidad de que mi madrina pudiera haberse salvado, a lo cual, este sacerdote, me dijo en forma tremendista que se estaba quemando en el fuego del infierno y que no existía ninguna posibilidad de salvación para ella por el pecado que había cometido. Eso para mí fue un punto de inflexión, y no volví a pisar esa iglesia hasta después de por lo menos 20 años. Si antes había ido poco a misa, después de esa charla no volví más por unos años.

El ambiente universitario era: «estudio, fiesta, alcohol y… sexo». Y los primeros años yo no tuve mucho interés ni en el alcohol ni en el sexo. Pero como una cosa lleva a otra, y las malas compañías sin nadie que señale límites, me llevaron, de a poco, a comenzar por ir bebiendo y finalmente a querer pertenecer al grupo de «las experimentadas». El problema es que yo quería tener novio, pero ¨bien¨. Tuve unos cuantos «pretendientes», pero yo sabía que no querían nada serio, y que, en realidad, para lo único que me buscaban era para tener relaciones; por eso yo los evadía y alguno me dijo que yo era una «mujer para estar en serio» pero él… en ese momento… ¡quería otra cosa! 

SEGUNDA PARTE:

CIUDADANA DE LA SODOMA UNIVERSITARIA
El resto de mis amigas iban cambiando de «novio» como de calzones. El mismo día que se peleaban con un novio, se ponían de novias con el siguiente. Y bueno, «una tenía que aceptar esas cosas». De hecho, una prima con la que vivía, solía llevar a los chicos con los que salía a nuestro departamento, y se vanagloriaba de ello. Nos trataba a mi hermana y a mí de gordas y mojigatas y que nunca íbamos a tener novio ni marido ni nada.

LA MASTURBACIÓN
Ya como a los veinte años, una noche me rocé sin intenciones mis partes íntimas, y descubrí lo que era ese placer, lo que me llevó a explorarme (cosa que nunca antes había hecho) y de ahí en adelante, tenía períodos en los que lo practicaba frecuentemente, con períodos de abandono completo del hábito.

LA PRIMERA VEZ
En esa época, no iba a misa y por supuesto ni pensaba en el pecado y sus consecuencias. Cuando terminé de cursar mis estudios, no de rendir, finalmente me puse «de novia». El «Equis» me llenaba de atenciones, flores, salidas, llamadas, visitas y demás. El inicio del noviazgo fue ¨un bombardeo¨. Él era todo lo que yo buscaba o en lo que me fijaba de una persona. Con él tuve relaciones por primera vez. Fue una persona muy egoísta y demandante de sexo hasta que yo, casi sin darme cuenta, me encontré casi ¨conviviendo con él¨. En realidad, a él siempre le pasaba algo y yo era una mala persona por dejarlo solo y abandonado sin importarme lo que él estaba sufriendo. De esa forma, yo accedía a sus caprichos. Y después con el tiempo si yo salía, él me hacía un problema porque no le gustaban mis amigas o amigos, así me fue aislando, y para cuando me di cuenta, ya había subido 20 kg de peso, no había rendido ninguna materia, mientras él se recibía, y me di cuenta que yo no podía seguir así, así que terminé con él, pero él no se resignaba al forzado «síndrome de abstinencia» de mi carne. 

Me amenazó con suicidarse, golpeó paredes y por muy poco no la ligo yo; fue muy violento, intentando someterme, pero tuve el valor de dejarlo. Viajé a mi provincia para estar lejos de él y no verlo, y él llegó al día siguiente, tocando la puerta diciéndome ¨mirá cuánto te amo y lo todo que hago por vos! ¨. Yo le cerré la puerta en la cara, pero luego me persiguió en la facultad, gritando que me amaba.  Me lo encontraba a la salida del gimnasio, me enviaba cajas con chocolates y regalos. A mi vez yo regalaba todos sus regalos; y con el tiempo (3- 4 meses) finalmente me dejó en paz.

Recuperé mi vida, pero cada tanto tenía bajones depresivos, lo que me llevaba a que cuando salía me emborrachase. Así que, una de esas veces, sin conciencia de lo que hacía, terminé en la cama de «uno» que recién había conocido esa misma noche. No tuvimos relaciones, por exceso de alcohol.

Estaba yo tan llena de pecado que no lograba entender que estaba e iba cada vez peor. Y como no había escarmentado lo suficiente, unas semanas después nos volvimos a encontrar para lo mismo, y ahí entendí. Llegué a mi casa sintiéndome sucia, muy sucia por dentro. Me bañé para sacarme esa horrible sensación, pero no lograba sacármela.

Después de eso pasó un par de años, y me puse de novia nuevamente, con un chico que conocía desde pequeña. Por supuesto, ya era algo normal entregar el cuerpo sin ningún tipo de remordimiento. La lujuria, la pasión tienen un poder del que es muy difícil escapar. Terminé la relación cuando me di cuenta de que el chico era un vago sin aspiraciones de superación ni de nada y que pensaba vivir de mi trabajo. Yo quería un noviazgo «bien» y formar una familia como lo habían hecho mis abuelos, pero… hacía todo mal. A esta altura ya iba por los 24 o 25 años.

Después de estas relaciones fallidas, decidí enfocarme en el trabajo y el estudio. Casi no salía… y muy de vez en cuando (una vez en meses), acudía a la masturbación. Cuando terminé de especializarme (ya con 28 años), tuve la oportunidad de viajar a Europa, y estaba decidida a irme y no volver más. No me sentía valorada en mi trabajo, no conseguía hablar con los hombres para entablar una relación «buena». Entonces Europa se me presentaba como «una gran oportunidad» ¡Qué engaño!

EUROPA – REGRESIÓN
Y la verdad que fue como volver a la Universidad. Sólo que esta vez con tecnología. Para cuando me fui de mi tierra, ya existían las redes sociales y me había hecho varios contactos en Europa. Por supuesto todos hombres. Y con los chats, con un par de ellos, las charlas se ponían eróticas y luego, terminaba masturbándome frente a la computadora. Me daba vergüenza, era todo secreto, porque me avergonzaba mucho decir que tenía esas prácticas, pero el adormecimiento de mi consciencia era tal que ya no me importaba.

Paseé por un montón de Iglesias, viví cerca de un hermoso monasterio y estudié en una facultad que fue iglesia, para nada de eso me movilizaba a acercarme a Dios. En una de las Universidades a las que fui, conocí a un chico, que estaba haciendo su tesis de doctorado mientras yo estaba con mi cursado. Por primera vez en mi vida, realmente me había enamorado. Pero cometí el mismo error de entregarme demasiado rápido. Él fue honesto conmigo y me dijo que él no estaba enamorado, que me quería mucho, pero que él no pensaba que lo que sentía por mi fuera realmente amor. Pero me lo dijo después haber tenido conmigo más de un año de relación, en el cual yo había tenido que volver a Argentina.

A mi vuelta a mi tierra, tuve que volver a adaptarme al ritmo de vida de mi ciudad, al trabajo, y nuevamente, ya contaba con 30 años y para la mayoría de la gente ya estaba demasiado vieja como para ¨merecer¨. Mis amigas todas casadas, con varios hijos, y bueno, ¡yo la soltera! Volví a estudiar, y a mi vida rutinaria y – para algunos – «aburrida¨, pero que a mí me daba paz. No volví a masturbarme. Tenía un par de amigas que estaban solteras como yo, pero buscaban sexo.

«Ellos» las llamaban por teléfono a la madrugada (3- 4 am) para pasarlas a buscar o para tener sexo telefónico. Por supuesto luego se sentían sucias por dentro, como me había sentido yo. Yo me había alejado ya de eso, y les aconsejaba que no lo hicieran, pero me tildaron de mojigata nuevamente y una de ellas hasta llegó a decirme que por qué no me iba a meter a monja a un convento. En ese momento era como un insulto, estaba muy lejos de Dios.

TERCERA PARTE
Estaba tan alejada de Dios, que sentía un vacío enorme en mi interior, de hecho, comencé con ataques de angustia, se me cerraba el pecho y no podía respirar, una sensación de muerte, entonces una vez, persuadida por una amiga, fui a un vidente, y otra vez, invitada por otra amiga, hice bio-decodificación (o algo así), y cada vez, estaba peor.

Finalmente, una amiga me invitó a que me uniera al coro al que ella asistía. Me dijo que como terapia podía hacerme bien y que había allí algunos solteros, lo que tomé a broma. Comencé el coro, pero como los ataques de asfixia habían aumentado, otra amiga me llevó a una terapia que ella hacía y participé. Hice constelación familiar. Todo buscando tratar de aliviar ese vacío que sentía y que me llenaba de angustia.

A la semana siguiente, en el horario en el que salía a caminar, se me apareció uno de mis compañeros de coro. Fue el último novio que tuve, yo ya tenía 35 años. Este chico era de familia católica, había estudiado informática y había dejado para ir al seminario. Supuestamente «lo había dejado» y yo no lo dudé en ese momento. (Ahora me pregunta si no habrá sido expulsado). Yo, engañada, pensaba que era el hombre bueno que aparentaba ser, un hombre con valores, porque en mi imaginación, si él había buscado tanto a Dios,  él no podría ser de otra manera.

Comencé la relación. Literalmente: «me tiré a la pileta pensando que estaba llena de agua». Después de un par de domingos que no me invitó a ir a misa le dije que yo quería acompañarlo y así comencé a ir a misa. O sea, comencé a acercarme a Dios. Aunque, de una manera distinta, más comprometida. Comencé a ver documentales de apariciones de la Virgen, a leer. De hecho, me llevó cerca de cuatro meses confesarme.

Cuando volví a ir a misa, me pasaba que «me lloraba toda la misa», inexplicablemente. Pero, para variar, no hice bien las cosas ya que con él también mantuve relaciones sexuales desde el comienzo de la relación. De hecho, conviví unos meses antes de casarme. Me quedé embarazada de él en esa época, pero perdí mi primer embarazo. Con el tiempo, y por gracia de Dios, fui creciendo en la parte espiritual, seguía aprendiendo. Desde que me confesé la primera vez, nunca dejé pasar más de 15 días para la siguiente confesión. Tuve la gracia de conocer la Misa Tradicional y las distintas devociones a la Virgen Santísima, al Sagrado Corazón, etc. Además, ¡Hice unas amigas que sabían un montón y ellas me enseñaron tanto!

Al ir aprendiendo cómo era la vida cristiana, comencé a darme cuenta de todos los errores cometidos durante mi vida pasada pero también los errores de mi noviazgo, tras la convivencia prematrimonial con el ex-seminarista, y yo comenzaba a ver los errores que me habían inducido al matrimonio con él.

Otra vez, me había equivocado. Pero esta vez, era peor, porque ya me había casado y tenía un  hijo. Y no sólo eso, sino que, además, la forma en que vivíamos, no era católica. En nuestra casa, yo era responsable de todo: desde el traer el dinero a casa, de hacer las compras, de cuidar de mi hijo y de mi marido. ¨Mi marido¨, tenía trabajo y después lo perdía, los trabajos le duraban poco y le llevaba mucho tiempo conseguir uno. Pero él era el hombre de la casa y yo «debía obedecerlo».

Nunca me di cuenta cómo o cuándo comenzó a mal tratarme, muy sutilmente y sólo en casa y a solas. Entre tanto, el tiempo iba pasando, comencé a darme cuenta de que también me manipulaba. Y – ¡no podía creerlo! – lo pillé en un montón de mentiras. Al principio y por un tiempo … lo callé y justifiqué todo. Porque ¨era mi marido¨. Y sobre todo porque cuando acudí a plantearle al sacerdote de la parroquia estas situaciones, sus extrañas conductas, su pereza para el trabajo, el sacerdote sólo me aconsejaba rezar por él y tenerle paciencia.

Pero las cosas en mi casa iban empeorando. Yo pedía por mi marido en mis oraciones. Me doy cuenta ahora de que él me había convencido de que era yo era la causa por la que él actuaba de esas maneras. Nunca aceptó ninguna culpa de nada. Yo cargaba con todo lo malo que nos pasaba y él era el responsable de lo bueno.

Hasta que un día mis oraciones fueron escuchadas otro sacerdote más enterados de las patologías masculinas de maltrato, abuso verbal, depredación emocional y astucias egocéntricas me proporcionó literatura donde se describía exactamente la conducta y la personalidad «del santo».  Comprendí que me había engañado y equivocado de persona creyendo que fuese lo que los hechos demostraban que no era, pero recubría con una astuta hipocresía. Se desprendieron las escamas de mis ojos y vi. Vi que lo que yo había contraído no era un verdadero sacramento matrimonial sino una farsa simoníaca con un astuto embaucador que parasitaba las formas católicas. Había sido engañada y traicionada. Ver la realidad fue como dar de lleno contra una pared a toda velocidad, sin haberla visto venir.

Al principio no lograba aceptar que lo que tenía no era un matrimonio y que el hombre que tenía a mi lado no me quería y de hecho me maltrataba. Nunca reconocí el maltrato hasta que me lo hicieron ver. Fue muy doloroso pero a la vez liberador. Quedé libre para  separarme. Y una vez separada, sentí que me había sacado una mochila muy pesada de encima.

Sé que todavía me queda largo camino, pero nunca abandoné la misa, la confesión, la eucaristía. He tenido la fortaleza de hacer las cosas que hice, gracias a las personas estudiosas que El Señor puso a mi lado sacerdotes y psicólogos cuyos estudios conocí y consulté por Internet. Fueron mis acompañantes en el proceso. Así entendí que Dios permite el mal para sacar un bien mayor y para glorificación suya.

Me consagré al Inmaculado Corazón de la Virgen, y al Sagrado Corazón de Jesús, y todo el cambio que ellos inmediatamente generaron en mí, en mi mente y en alma, me convence de que fue la Virgen, nuestra Reina y Madre haya intercedido para salvarme. Salvarme primero de mí misma. Pero también de los acosadores que empezaron a rondarme desde mis cinco años hasta mi treintena.

Ya que he llegado hasta acá, no quiero perder nada, quiero, deseo y debo seguir creciendo en la Fe, por más que tenga caídas. Eso es lo único que tengo en claro. Mi vida está en manos de Dios. El me irá guiando. Y como todavía ignoro muchas cosas, es que lo consulto. No quiero caer nuevamente en manos de los depredadores sexuales y emocionales que hicieron de mí su esclava sexual en tantas ocasiones, hasta con la bendición eclesiástica tras un escrutinio canónico prematrimonial totalmente ciego más que miope.

Me da vergüenza por una parte contar esto, porque sé que he decepcionado a Jesús, mi Esposo y que no hubiera sido engañada si me hubiera atenido a sus mandamientos, pero sobre todo de ese rechazo que desde niña me hizo reconocer el abuso en aquellos primeros acosos.

Lo bueno de todo esto es que ya entendí, ¡entendí tantas cosas!!, y no quiero decepcionar a ninguno de los dos (A Jesús, mi esposo ni a las sabiduría bautismal con que me había ungido el alma desde niña. Espero esto le sirva a alguien, cariños, Julita.

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