DIA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
TESTIMONIO ESPIRITUAL


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Amado Señor en
esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María, tu mamá, también nuestra
gracias a tu bondad, recordando agradecida la primera vez que viniste
sacramentalmente a mi corazón, deseo escribir sobre tu amor y gracias
recibidas.
  Señor, en esa época de mi vida que estaba
inquieta, confusa, buscando mi vocación. Pidiéndote a Ti, Dios mío, lo que yo
quería que se cumpliera, tú saliste a mi encuentro.
  Mi hermana me sugirió tener un director espiritual.
Fui. Te doy gracias Señor porque cada vez que voy con su escucha y consejo me
acerca más a TI.  
  A través de Tu Palabra, en la Eucaristía del
5 de marzo de l987 sentí que me llamabas a la conversión, me abriste los ojos.
Sentí tu presencia.  Me ayudaste Señor a
reconocer mi pecado: No abandonarme a tu querer a tu voluntad y querer que se
cumpliera la mía.
   “Mira,
yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia.  Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas,
vivirás y te multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que
vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no
escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto,
yo os declaro que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el
suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán. Pongo hoy por testigos
contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o  muerte, bendición o maldición. Escoge la
vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando
su voz, viviendo unido a El ; pues en eso está tu vida, así como la
prolongación  de tus días mientras
habites en la tierra que el Señor juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.” Dt.
30, 15-20
   Evangelio
de Lucas 9, 23-26 “Decía a  todos: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y
sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mí, ése la salvará.
   Pues,
¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde
o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se
avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y
en la de los santos ángeles.”

  En esos días llegó a mis manos la oración de
san Agustín: “Tarde de amé”. Y yo la leía y releía una y otra vez
identificándome con ella:

  “Y yo buscaba
el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti y no lo
encontraba. Hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres: el hombre
Cristo Jesús. El que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos, que
me llamaba y me decía: yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida y el que mezcla
aquel alimento, que yo no podía asimilar con la carne, ya que la Palabra se
hizo carne, para que en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera
en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas.
  ¡Tarde te
amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí
y yo afuera. Y así por fuera, te buscaba. Y deforme como era, Me lanzaba sobre
estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba
contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no
existirían. Llamaste y clamaste, y quebrantaste mi soberbia:
Brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
Exhalaste tu perfume y lo aspiré. Y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora
siento hambre y sed de ti; me tocaste y desee con ansia, la paz que procede de
ti. Danos lo que mandas y mándanos lo que quieras. Nos hiciste, Señor, para ti,
y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones Libro
7, 10. 18, 27)

   Fui descubriendo con tu gracia, en oración, que
me amabas de una manera especial y me invitabas a seguirte. ¡Qué paz inundó mi
alma! ¡Qué deseos de vivir y compartir mi vida contigo Señor! En lo secreto de
mi corazón: me entregué a ti ¡Era un viernes Santo! Ese día me di toda a ti.
          
     ¡Mi amado Señor! La voluntad del Padre es muy
superior a la mía. ¡Por lejos! Me dio el regalo más grande que ¡eres Tú! Me
hiciste sentir que tu Padre nos ama inmensamente a cada uno y por eso Tú, su Único
Hijo, nos redimes. Que nos ama como si fuéramos hijos únicos; de una manera
especial.
   ¡Señor:
cuánto  amor  nos tienes!
   Recuerdo
una tarde, cerquita de donde ahora estoy escribiendo, frente  a  un
cantero con zinnias de muchos colores, contemplándolas, sintiendo gozosa tu
presencia te  dije adorándote: ¡Señor, cuánto
amor me regalas! ¡Qué lindo es estar contigo! Y te pregunté entonces: ¿Qué me
pides?   
  Sentí inmediatamente tu respuesta en mi
corazón. Tú me respondiste con unas palabras llenas de ternura que eran a la
vez como una dulce reconvención: “¡El que ama, ama! ¡No  pide!”.
  Oh Señor, con aquélla respuesta tuya, mi alma
se colmó de amor.  Dejarme amar por ti
gratuitamente. Eso es lo que deseas que haga cada uno y que hagan todos.
   ¡Señor! ¡Deseo amarte con ese mismo amor con
el que Tú me amas!
  ¡Y amar a los demás con ese mismo amor que  Tú me das!
  ¡María madre del Señor y madre nuestra!
¡Intercede para que nos dejemos amar, nos creamos amados y recibamos el amor
del Padre, del Hijo y del Espíritu santo en nuestra capacidad de recibir amor!
¡Gloria a Dios!
  

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