LA PARÁBOLA DEL PERRO [3 de 7]
De los Sermones del Cura Cayetano [estrofas 24 al 32]

LA PARÁBOLA DEL PERRO

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OTRA FORMA DE ORAR, ES EN REPOSO.

Pues tras las carantoñas y ladridos,

y los saltos y brincos de alborozo,

tras las locas carreras y gañidos

del perro que no cabe en sí de gozo,

pasa el alma a otro grado más subido

que es la oración que llaman: de reposo.

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El alma que disfruta de este estado

es un alma alejada del pecado,

a quien Dios no reprocha alguna ofensa

y tiene un corazón reconciliado.

Un alma que se aquieta y se silencia.

Que prefiere adorar a un Dios que piensa,

a patotear, con perros extraviados.

Allí, a los pies del amo que reposa,

entornados los ojos de placer,

en su tibia presencia se arreboza

liberada de todo «¡ habría que hacer!»

Y echada – en oración tan levantada

como le enseña el perro con su arte –

el alma «que eligió la mejor parte»

halla todo en Jesús. Y sin Él, nada.

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En este estilo hablaba Cayetano

para arrear hacia Dios su lenta grey

de fieles remolones, de cristianos

ignorantes, ariscos o sin ley.

Por si alguno, a lo menos, se hacía santo

nos hablaba del perro y la oración

mezclándole a lo serio del sermón

unas pizcas de humor, de tanto en tanto:

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«Cuando Dios creó al perro – nos decía –

no creó simplemente un animal.

Hizo un libro viviente. Hizo un manual.

Y nos legó su ejemplo, como guía

y compendio de vida espiritual.

 

Me remonto al Principio. A aquel instante

en que Dios hizo al perro. Creatura

que es como encarnación del fiel orante

y de la fe más inocente y pura.

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Me aventuro a decir, a este respecto,

que el perro fue como un anteproyecto,

como un bosquejo previo; un borrador

de aquel devoto y fiel adorador

que Dios quería crear y que, en efecto,

fue Adán – recién creado – ante el Señor.

Adán tenía el alma religiosa;

un sentido de Dios que le era innato.

Como el perro, captaba de inmediato

la presencia de Dios, aún silenciosa,

más que por la razón, por el olfato.

También a Adán – dice la Anatomía

que conmina a aceptar esta evidencia –

Dios lo dotó de rabo. En su Presencia,

el inocente Adán, lo menearía

con la expresividad y la elocuencia

que vemos en los perros hoy en día.

Pero… ocurrió lo que sabemos todos:

sobrevino el pecado original

-de cuyos polvos vienen nuestros lodos-

y abochornado, nuestro padre Adán

hizo lo que en los perros es normal:

Metió – mustio – su rabo entre las patas

y – ¡espontánea expresión de su conciencia! –

tratando de eludir la penitencia

que – barruntaba – no iba a ser barata

fue, con Eva, a esconderse entre unas matas.

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Expulsados por Dios del Paraíso

y privados del bien de su Presencia,

sus colas, con la falta de ejercicio

-por tristeza, añoranza y mal de ausencia –

se fueron atrofiando. Decadencia,

que es otra desgraciada consecuencia,

otro mal heredado, otro perjuicio

que el padre Adán legó a su descendencia

  • –  junto a tanto dolor y tantos vicios –

al perder el estado de inocencia.

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¿Deberemos perder toda esperanza

de que los hombres vuelvan, nuevamente,

a tributarle a Dios sus alabanzas

según la antigua y primitiva usanza

que se estilaba en el Jardín de Oriente?

Herederos de Adán, sus descendientes,

privados del sentido de alabanza,

relegaron el rabo al inconsciente.

No quieren ni saber por qué lo tienen

Y se avergüenzan de él en su ignorancia.

Pero el perro de Adán – que fue testigo

de aquel feliz estado primitivo –

copió gestos, posturas y reacciones

del inocente Adán frente al Dios vivo.

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Fieles guardianes de estas tradiciones,

los perros, no las dieron al olvido.

Se las trasmiten por generaciones

y mantienen vigente su cultivo.

Por ser hijos de Adán, todos ignoran

estas cosas tan obvias y sencillas.

Por eso: ¡no es ninguna maravilla

que yo las tenga que explicar ahora!

Tras explicar por qué tenemos cola

demostraré que el perro se arrodilla.

[Continuará los martes próximos]

Padre Horacio Bojorge Cervetti

 

3 comentarios en «LA PARÁBOLA DEL PERRO [3 de 7]
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  1. Me gusta mucho, entra el mensaje directo al corazón y sólo quiero estar entredurmiendo a los pies de mi Señor.

  2. Lo más lindo del Cura Cayetano, es que, al terminar su enseñanza, te deja a los pies de Jesús, de tal manera, que ni los rezongos de Marta te levantan, porque además, ni te enteras. ¿Quién osa menearte?

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