PADRE ALEJANDRO
CAPELLAN DE HOSPITAL DE NIÑOS

PADRE CHRISTIAN VIÑA                                Dirige la pastoral de la Salud                           en el Arzobispado de La Plata, Argentina

CUIDAR A LOS CURAS, TENER CORAJE
Y PREPARARSE PARA EL MARTIRIO
Crónica del + Pater Christian Viña

El padre Alejandro, Capellán de un Hospital de niños:       «se emociona hasta las lágrimas al recordar a una pequeña, de nueve años, venida de uno de los pueblos más desfavorecidos de Misiones, para un trasplante de médula ósea. […]  «La pequeña sonrió con gusto y, sabiendo que iba a morir, a modo de despedida, le dijo al padre Capellán: ‘Querido padre, gracias por la imagen de la Virgencita que me regalaste; y que me acompañó todo este tiempo aquí, en el hospital. Te la devuelvo para que se la puedas dar a otro niño que la necesite, durante su internación’.” 

El padre Alejandro es de esos sacerdotes que llenan –y no solo por su fornida corpulencia- todos los ambientes. Dueño de una fe sencilla, y honda, su sentido del humor le permite derribar, incluso, las barreras más duras que se alzan desde la increencia, y el relativismo. Y, por eso, con el auxilio del Señor, logra conquistar, y reconquistar para Cristo almas muy rebeldes. Y hacer de ellas, incluso, fervorosas avanzadas misioneras.

Con más de 25 años de ministerio, estuvo destinado en parroquias, santuarios, y hospitales. Y, actualmente, es el capellán de un hospital de niños, perteneciente al Estado. Allí, con su entusiasmo, desarrolla una fecunda labor con los pequeños pacientes, sus padres, y demás familiares; llegados, de modo particular, de zonas muy pobres del interior del país. Ciertamente, no es sencillo el apostolado: por ser un centro asistencial muy reconocido, arriban a él los casos más difíciles. Y ahí se lo ve al cura; en medio del sufrimiento, y la esperanza, para llevar el consuelo de Jesús, sano, saludable, y sanador.

Se emociona hasta las lágrimas al recordar a una pequeña, de nueve años, venida de uno de los pueblos más desfavorecidos de Misiones, para un trasplante de médula ósea. Desde muy niña concurría a la humilde capillita de su pueblo que, gracias a Dios, recibía frecuentemente a misioneros llegados de Buenos Aires. Junto a sus hermanitos, participaba de todos los encuentros de oración, formación, y entretenimiento que ellos organizaban. E, invariablemente, cuando sus padres, al caer la jornada, iban a la Iglesia para llevarla de nuevo a su hogar, le brotaban a borbotones los comentarios y las anécdotas sobre lo vivido en el día. “Yo soy doblemente misionera –repetía, con una sonrisa cómplice- porque voy con Jesús, a la misión; y porque nací en Misiones”. Su amor al Señor, y su inocencia, la acompañaron en todos los momentos, hasta la hora de su muerte…

En sus instantes finales –recuerda el sacerdote- le dije: Yo te di casi todos los sacramentos: la Confesión, la Confirmación, la Primera Comunión, y la Unción de los Enfermos. No podré darte, por supuesto, ni el Matrimonio, ni el Sacerdocio…”. La pequeña sonrió con gusto y, a modo de despedida, le dijo: “Querido padre, gracias por la imagen de la Virgencita que me regalaste; y que me acompañó todo este tiempo aquí, en el hospital. Te la devuelvo para que se la puedas dar a otro niño que la necesite, durante su internación”. Expresiones como éstas tallan, día a día, su ya veterano corazón sacerdotal.

Integra en su diócesis uno de los cursos más famosos del presbiterio. Sus compañeros de Ordenación –cada uno con su estilo, acentos, y perfil pastoral propios- son reconocidos ya por su sólida doctrina, y actividad docente; ya por su entusiasmo y fervor para la evangelización; o por su disponibilidad para responder, con prontitud, a los desafíos más exigentes.

Uno de ellos acaba de ser nombrado obispo en una diócesis muy lejana, geográficamente extensísima, con escaso clero, y muy poca población. Y hacia allí fue él, con algunos de sus hermanos sacerdotes, para acompañar a su compañero en las horas iniciales de su carga apostólica.

Poco antes de la consagración episcopal, el padre Alejandro le dejó delante de sus hermanos estas palabras: “Cuida a los curas, que de cuidar a los demás fieles nos ocupamos nosotros, los curas. Ten coraje episcopal, para decir y hacer todo lo que Dios te pide. Y recuerda que el martirio de sangre –pues el “martirio blanco”, o “seco”, del que hablaba Mons. Fulton Sheen, el del testimonio diario, deberá acompañarte siempre- es una posibilidad concreta”.

Concluida la Misa de consagración, en el ágape posterior, sus compañeros le pidieron que se explayara un poco más sobre los pedidos que le trasmitiera al nuevo obispo. “Me pareció oportuno hacérselos porque es muy doloroso ver a hermanos sacerdotes aislados en su soledad, y con dificultades en sus vínculos. Un arzobispo decía que, ante el llamado telefónico de un sacerdote, no podía terminar el día sin devolvérselo. Un cura bien cuidado por su obispo puede cuidar más y mejor a sus hijos. El recordado Mons. Jorge Schoeffer siempre les repetía a los seminaristas que, una vez ordenados curas, deberían estar disponibles para todos; y siempre cerca de un convento de religiosas, de los pobres, y de los enfermos.

“Con respecto al segundo pedido, creo que hoy más que nunca los pastores de la Iglesia –y, muy especialmente, los obispos- debemos tener el suficiente coraje para decir, y hacer lo que Dios nos pide; sin temor a ser ‘políticamente incorrectos’. Y si nos equivocamos, tener también la suficiente valentía para pedir perdón. Lejos de nosotros, entonces, por una errónea ‘prudencia’, caer en actitudes medrosas. Y, finalmente, el dar hasta la última gota de sangre –como Cristo la dio por nosotros- debe estar en el horizonte de todo consagrado; y cuánto más en el de un obispo. En estos tiempos finales, de creciente persecución, aquí y allá, contra la Iglesia, no hay semana sin que asesinen a sacerdotes, religiosos, y laicos, en países africanos como Nigeria; y en otras zonas de distintos continentes. Hoy tienen una enorme actualidad aquellas palabras de San Pablo, a Timoteo: Proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio (2 Tm 4, 2-5)…”

Escribe el apóstol San Pedro, el primer Papa: Felices si sois ultrajados por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que nadie tenga que sufrir como asesino, ladrón, malhechor o delator. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence y glorifique a Dios por llevar ese nombre (1 Pe 4, 14-16). Y agrega: Exhorto a los presbíteros que están entre vosotros, siendo yo presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo y copartícipe de la gloria que va a ser revelada. Apacentad el Rebaño de Dios, que os ha sido confiado; velad por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que os han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño. Y cuando llegue el Jefe de los pastores, recibiréis la corona imperecedera de gloria (1 Pe 5, 1-4).

Gracias, querido padre Alejandro, por recordárnoslo. Que podamos, con la intercesión de la Virgen, ser curas todo terreno, de “alta gama” –como se dice hoy, por ejemplo, de los coches caros- Y que, con sabiduría y coraje, estemos siempre dispuestos a más y mayores sacrificios por el Señor, y su amadísima Iglesia, hasta morir en la raya…

 

+ Pater Christian Viña.

La Plata, martes 13 de junio de 2023.

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia.

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