LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS

      LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA                                  EL GRECO

María Asunta al Cielo,  y Madre Corredentora. 

(Homilía del padre Christian Viña, en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, de Cambaceres, Domingo 15 de Agosto, 2021). Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab.  Sal 44, 10bc. 11-12. 15b-16 (R.: 10b). 1 Co 15, 20-27. Lc 1, 39-56. 

Jesús, el Hijo de María, recibe aun en gestación, en el seno materno, su explícito reconocimiento como verdadero Dios, y verdadero hombre, de parte de otro niño por nacer, San Juan Bautista (cf. Lc 1, 41). Escena conmovedora en ese pueblo (Ain Karim) de la montaña de Judá (Lc 1, 39); al que su Purísima Madre había acudido sin demora (Lc 1, 39), al enterarse de que su prima, Santa Isabel, también estaba aguardando un bebé. Encuentro asombroso de dos embarazadas: de una Niña Virgen, y de una anciana estéril, porque no hay nada imposible para Dios (Lc 1, 37). Dos mujeres creyentes, que están en la dulce espera; y a las que el Señor les concede el honor de participar, muy especialmente, en la historia de la salvación. Dos mujeres que ayer, hoy y siempre, son modelos de un auténtico y bello feminismo; en el que la mujer se luce por multiplicar los dones que Dios le ha dado, y no por luchar contra el hombre y la masculinidad. Miró con bondad la pequeñez de su servidora (Lc 1, 48), exclama la Virgen María. Allí, en su pequeñez, se muestra esplendorosa la grandeza del Señor. Más grandes somos cuanto menos nos consideramos ante la Divina Majestad. 

         Nuestra Madre Santísima es saludada, por primera vez, con las palabras del Ave María. En los labios de Santa Isabel se inauguran dos mil años de alabanzas al fruto bendito de su vientre, Jesús (cf. Lc 1, 42). Al Todopoderoso que hizo en la Virgen grandes cosas (Lc 1, 49); y a la que asoció, íntimamente, a su obra salvífica. El canto de gratitud de María, el célebre Magníficat, se reza todos los días en la Iglesia; en la celebración de las Vísperas. Es el momento en que el Cuerpo Místico de Cristo se une a la Virgen para cantar la grandeza del Señor (Lc 1, 46). Es la forma de venerar, también, a la que todas las generaciones llaman feliz (cf. Lc 1, 48); por haber creído (Lc 1, 45) lo que le anunciara el Señor. Es la Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza (Ap 12, 1); contra la que no pudo el dragón infernal (cf. Ap 12, 3-4). Y, por eso, desde el Cielo se escucha: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12, 10). 

         La Reina y Señora de todo lo creado (cf. Quinto Misterio del Santo Rosario), es la reina adornada con joyas y oro de ofir, a la que canta el Salmo (cf. Sal 44, 10). En efecto, el Rey de Reyes y Señor de Señores (Ap 19, 16) se prendará de su hermosura; y Ella se inclinará ante Él (cf. Sal 44, 12). Todo en María hace referencia a Jesús; nada se guarda para ella. 

         San Pablo les deja a los Corintios, en su Primera Carta, la certeza de la resurrección final: Así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a Él en el momento de su Venida (1 Cor 15, 22-23). Un bello Himno que cantamos en la Liturgia de las Horas, al referirse al ingreso definitivo de María, en la eternidad, dice: A recibirla salieron / las tres divinas personas / con los aplausos de quien / es Hija, Madre y Esposa. ¡Qué consolador es saber que ella, como Puerta del Cielo (cf. Letanías Lauretanas), está aguardándonos para conducirnos al abrazo definitivo con el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo! 

         Al proclamar el dogma de la Asunción, el papa Pío XII, de felicísima memoria, aseguró: La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte. Y, como lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, ello constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (CEC, 966). Y agrega que, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurando con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna (CEC, 969). Desde el Cielo nos cuida con absoluta delicadeza de Madre. 

         El de la Asunción es el cuarto y último de los dogmas marianos proclamados por la Iglesia. Aguardamos –y rezamos todos los días por ello- que muy pronto se declare el quinto dogma, el de Corredentora; no para menoscabar la única Redención de Cristo, sino para destacar cómo el Señor la asoció, íntimamente, a su obra salvífica. Con claridad, Pablo VI escribió: La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres… brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia (Marialis cultus, 56). El más hermoso de los hombres (Sal 44, 3), el fruto bendito del vientre de María (cf. Lc 1, 42), muy lejos de sentirse menospreciado, se estremece de gozo (Lc 1, 47) por ello. El refranero popular, quizás sin mucha ciencia pero lleno de verdad, dice: De tal palo, tal astilla. Y así como nadie puede confundir a un copiloto con el piloto –de quien le viene su misión-, tampoco nadie puede hacerlo con la Corredentora, y el Redentor… 

         En estos tiempos plandémicos; en los que el feminismo de matriz marxista, y la ideología de género, apelan más que nunca a bajos recursos para luchar contra el patriarcado –como lo califican con desprecio- resultan, como menos, sorprendentes los ataques blasfemos contra la Virgen María. Ya que, en nombre del llamado empoderamiento de la mujer, se ataca despiadadamente a la mujer que, aun sin buscarlo, tuvo el mayor poder de la historia: el de ser Reina, y dar a luz al Rey del Universo; nuestro único Salvador. Mi cuerpo, mi decisión, dicen esas feministas; para justificar, incluso, el abominable crimen del aborto. No toleran, por lo visto, la muy libre decisión sobre su cuerpo de la Niña Virgen; que, por amor al Amor absoluto, permaneció siempre virgen. 

         Más que nunca, entonces, debemos tener en María Santísima, un modelo de santidad, y de pleno abandono en la Providencia de Dios. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19); y está llamado al más alto de los destinos: a llegar, un día, a la eternidad. Su dignidad le viene de Dios; y no de la manipulación mediática, y de leyes inicuas. 

         Un gran poeta argentino, Francisco Luis Bernárdez, escribió: Si el mar que por el mundo se derrama, tuviera tanto amor como agua fría, se llamaría por amor, ¡María!, y no tan solo mar como se llama. ¡Que ella, la CorredentoraEstrella del Mar, nos conduzca con sus cálidos brazos, en los que tiene a Cristo todo el tiempo, a la orilla de eternidad! 

1 comentario en «LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS»

  1. Hermosa y completísima homilía. Llama a más de una lectura.
    Pensar que ante una liturgia espléndida como la de esta Solemnidad: la grandeza de cada texto que la compone: antífonas, oraciones, lecturas de la Misa de Vigilia, y Misa del día, Prefacio, ante la «Puerta del cielo, el Arca de la Alianza, la Madre de nuestra alegría, la Reina de los Ängeles», en estos tiempos tengamos que volver la mirada a lo enteramente opuesto a María, al plan de Dios: «María: sólo Dios es más grande que tú , María, sólo Dios es más puro que tú», exclama S. Enrique de Ossó, en estos tiempos, se tenga que decir una palabra de denuncia ante este «nuevo credo» que se instaura en el «nuevo orden mundial», la multiplicada degradación de la mujer… No hace falta más.
    Gloria al Señor que mediante su pequeñísima hija, esposa y madre, la hizo feliz y aclamada como tal por todas las generaciones.
    Ayer, escuché varias homilías. Todas me hacían percibir la invitación del Padre en Jesús: » entre las almas pequeñitas de María, ahí te quiero». Ayúdame, Señor, contigo y con Ella es posible.
    Gracias, Padre Bojorge, por traernos siempre, diligentemente, lo bello y lo necesario a nuestras almas.

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