COMO EDUCAR HIJOS PARA EL CIELO Y NO FRACASAR EN EL INTENTO
Querido padrecito, aquí me pongo a escribir intentando dar respuesta al pedido que me hiciste de contar mi experiencia de cómo hacer para que los hijos puedan aprehender (valorar/tomar para si/amar) la fe que se le transmite en forma lo más completa posible. Y a la vez que esos hijos quieran vivir la vocación a la que Dios los llama de manera generosa.
En primer lugar creo que educar hijos que conozcan, amen y sirvan a Dios en todas las etapas de sus vidas es una tarea de artista, y así como a un escultor le puede resultar difícil explicar todos “los golpes de cincel” para obtener una bella escultura, lo mismo pasa con la educación. Porque lograr entregar a la sociedad y a Dios hijos virtuosos es una tarea que exige mucho. También cada “escultor” tiene su estilo y sus matices por lo que lo mío es una exposición de lo bueno que Dios me dio a ver y hacer en la educación y me dio resultado.
En mi caso, madre de familia numerosa y con hijos chicos todavía y a la vez con cinco nietos pequeñitos, tengo tarea hecha con las mayores (aunque nunca se deja de ser madre) y mucho por hacer con los hijos más chiquitos (Faustina tiene 6 años y Tomas 7, José 10)
Seguramente no salga algo ordenado, al menos espero sea útil.
En primer lugar, viniendo de una familia de 9 hermanos, de padres católicos practicantes y especialmente de una madre muy bien formada en la Acción Católica y con una vida muy coherente con su fe, la mayoría de los hijos no supimos/pudimos vivir nuestra adolescencia y juventud en virtud de lo que nos fue no solo enseñado sino mostrado con el ejemplo. A la vez (sobre todo las hijas mujeres) pudimos apreciar y valorar el ser una familia numerosa y ver el matrimonio y la familia grande como un bien. Porque tristemente constato que muchas hijas de familias numerosas católicas están “vacunadas” (con esto quiero decir “inmunizadas”, carente de todo atractivo o motivación) para casarse jóvenes, tener una familia numerosa y postergar (porque todo no se puede) la carrera que han estudiado.
Si como madres no somos capaces de postergar trabajo fuera de casa (aunque se deba vivir mas humildemente, ) el hijo no puede ver que valga la pena resignar por la maternidad. El niño percibe de mí, que es más importante trabajar y ganar dinero que estar (criar) al niño. Ellos ven claramente el mensaje no verbal y de adultos no van a querer tener hijos o no van a querer resignar dinero/carrera
En principio hasta mi adolescencia siempre creí que la enseñanza de la Iglesia era lo mejor aunque no veía como poder llevarla a la práctica, por lo tanto posible para otros pero no para mí. Eso gracias a que vi a mi madre vivirlas completamente y enseñarlas completamente (es una mujer que lo que creyó lo vivió y lo enseñó).
En mis primeros tiempos de conversión (a los 20 años) Dios me regaló la gracia de ver las enseñanzas de la Iglesia (todas, las de siempre, la de los santos) como de una belleza impresionante, como algo deseable y posible. Me dio la gracia de ver que el vivir en pecado es una basura, una porquería que no merece la pena, una muerte del alma, una “agua estancada” de tristezas, un “no vivir”. Y si uno ama a sus hijos no puede querer eso para ellos, sino que tratará de evitarlo de todas las maneras posibles. Dios me puso el querer para mis hijos sobre todo dos virtudes: la piedad y la pureza.
Pude ver, por gracia de Dios, dónde había fallado mi santa madre en mi educación. Que comprendo no pudiera verlo porque crió sus hijos en un quiebre de época (los años 60 al 80). Por otro lado pude capitalizar todo lo bueno (que fue muchísimo) que recibí de ella.
“La Iglesia es madre y maestra”
El primer acto de caridad hacia los hijos es que enseñarles a rezar. Debemos rezar con ellos las oraciones de la mañana, siempre, lo primero al levantarse es rezar el ángelus, la oración al ángel de la guarda y alguna otra oración o jaculatoria. Pedir al santo del día su protección. Consagrar el día a la Virgen. Si se levantan en distintos horarios hay que tener la constancia de rezar con cada uno. Al mediodía la bendición de la mesa. A la noche el Rosario.
La madre, por el lugar que ocupa, debe ir delante de los hijos. Delante en la vida de oración, de abnegación, de piedad, de trabajo, perseverancia, modestia… en fin, de todas las virtudes que se pretenda en los hijos. Eso no significa que sea una mujer perfecta. Pecadora que busca agradar a Dios, que reconoce sus pecados y fallas delante de sus hijos, pero que reconoce la necesidad de luchar, de recurrir habitualmente a los sacramentos, de pedir perdón. A la vez tampoco debe ir tan adelante. A esto me refiero con rezar mucho tiempo, escuchar predicas todo el tiempo, tener la TV en un canal católico las 24 hs, y cosas al estilo ( muy buenas por cierto) pero que cansan al resto de la familia y además resiente el silencio o el tiempo de conversación/dialogo con la familia, porque no pueden verla como una guía adecuada ya que su mamá “se interesa solo por la Iglesia/Dios/lo espiritual”. La mamá, en este caso, es tan “perfecta” que parece inalcanzable y por lo tanto imposible de llegar. Hay que tener un discernimiento también claro con la Misa diaria cuando se tienen los hijos en la casa, porque si para ello se los deja en compañía/cuidado de los vecinos, mirando la televisión/celular, con los amigos en la calle/canchita/plaza es nefasto. Mejor quedarse en casa, estar con ellos, enseñarle cosas, ayudarlos en las tareas, conversar de las cosas que les pasan y les interesan a la luz de la Fe y la razón, leerle cosas que le interesen y cultiven su mente y alma, rezar en familia, jugar, cocinar para ellos, etc. “Que seas más conocida por tu caridad que por tu piedad” decía un santo que no recuerdo.