AMAR NUESTROS LIMITES [4 de 11]
DIOSES CON CONTORNOS

¿DIOSES LIMITADOS?


Como
consecuencia del rechazo del límite interior, del límite espiritual que la
voluntad de Dios ponía a la libertad del hombre; 
como consecuencia de dejar de
amar y comenzar a aborrecer la limitación constituyente de su querer creado, 
el
corazón de la primera pareja, levantado en soberbia, herido de invidencia, 
comenzó a rechazar todo límite. 

A la vez descubrió y repudió todos los demás
límites de su ser creado, contingente, material, compuesto, frontera de alma y
cuerpo, de espíritu y materia.  
Vio y
repudió sus límites corporales, el contorno que recubre su piel, sus límites
físicos.  

La promesa de ser como dioses,
les abrió los ojos a la realidad frustrante de no ser dioses, 
su pequeñez física.  
Los candidatos a la infinitud se terminan en su
piel.
Los aspirantes a dioses se
avergüenzan de ella.

Se
avergonzaron de verse desnudos no porque descubrieran la virtud del pudor, 
sino
porque nunca antes habían rechazado avergonzados sus límites físicos.  

Desde ahora, verse el uno al otro les
recordaba que no eran dioses, sino todo lo contrario de seres ilimitados.  

Sus ojos soberbios se herían en la visión de
un ser finito, prisionero de un contorno de piel.  

Dejaron de amarse a sí mismos tal como habían
sido y eran, obras de las manos divinas, amasadas del barro, pero con un soplo
de Dios en las narices.  
Olvidados del
soplo, se avergonzaron de lo común con los animales: un cuerpo hasta ahí no
más, y sin pelos siquiera para esfumar la rotundez del límite corpóreo.  
Parecidos en eso a cualquier objeto.

Avergonzados de ser «como cualquier
cosa» se fueron a ocultar, confundiéndose (la confusión es otro nombre de
la vergüenza) entre los vegetales.  
He
ahí otra consecuencia de la soberbia y la invidencia: no querer ser visto tal
como uno es y no acepta ser: dioses lampiños.

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