CÁSATE CONMIGO Y SERÁS FELIZ
Testimonio de Corina

Una propuesta de momento incomprensible



Querido Padre: 

Hará de esto unos dos años, estaba yo una noche en casa preparando la cena meditando todo lo que ese día me habías enviado por correo mostrándome con cada palabra tuya; cómo el Señor me iba hablando al corazón y mostrándome toda mi vanidad, soberbia, orgullo y superficialidad en tantos aspectos de mi vida. 


Mientras revolvía la olla, en mi interior estaba yo totalmente quebrantada, Me sentía todo el tiempo como ante una total novedad, con emociones desconocidas hasta entonces que surgían de mi interior. Por primera sintiéndome a la vez tan miserable y a la vez tan consolada, tan amada por Dios Padre. Consolada a pesar de cómo – a medida que tu acompañamiento avanzaba – me caían como escamas de mis ojos y empezaba a percibir mis males, mis vicios, mis pecados. Pero – aun viendo que estaban patentes ante la mirada de Dios –, en vez de sentirme rechazada, podía por primera vez sentirme amada incondicionalmente por Dios Padre. 


 Recuerdo que estaba junto a la ventana de mi cocina, lugar desde donde siempre amo mirar el fondo de casa y contemplar las plantas como perfecta creación de nuestro Señor Y de pronto escuché nítidamente una voz. Una voz nunca antes escuchada en los oídos de mi alma, pero no viniendo desde afuera, sino desde mi interior. Una voz que pude oír perfectamente. Y entendí claramente que era el Señor, Jesucristo, el que me hablaba. 


Era la voz del Señor que me dijo nítidamente en mi conciencia: ¡Cásate conmigo y serás feliz! Después me explicaste que es voz interior habría sido lo que llaman los tratados de mística, una: “palabra substancial”. Una palabra que surge en el entendimiento y llega a la mente sin proceder de los oídos externos. 


 En el momento de recibir esas palabras que invadieron y arrebataron mi corazón, tuve el entendimiento de que era el mismo Señor que me estaba hablando. No era la voz de Dios Padre. Porque no era la del que, en ese período, — como si fuera la voz de mi propia conciencia – me había venido instruyendo interiormente el corazón modelándolo en mi proceso de conversión en el que tú me acompañabas y guiabas. 


 Esta vez y por primera vez era la voz de Jesús, nunca oída antes, y ahora hablándome, interpelándome directamente, con una palabra dirigida individualmente a mí. ¡Y qué palabra!
Por un instante, asombrada y emocionada con lo que acababa de suceder,  

Él me dio a sentir y entender, junto con la voz, que yo debía mantener oculta esa invitación en mi corazón y sin contárselo a nadie pues entendía que jamás nadie podría comprender lo que yo acababa de vivir en ese momento.


Recuerdo también que aquella voz era una voz joven. Sentí que esa voz de joven hablaba a mi alma como si le hablase a través de una ventana abierta exclamando sus palabras.
La voz cesó inmediatamente. Si, era la de él. Pero Él, a quien yo conocía hasta ese momento sólo de oídas, me había interpelado personalmente y sin embargo, era para mí todavía un desconocido.
Pero, — y todo eso yo, más que entenderlo lo intuía, como en un tropel de luz, —  entendía que esa interpelación personal anunciaba que no seguiría siendo conocido sólo de oídas por mucho tiempo.

Otro efecto inmediato de esa voz en mi alma fue una raudal de lágrimas.
Como si mi sentimientos hubiesen sido despertados como por un rayo de luz venido de la inteligencia. Era la primera vez en mi vida que me sucedía algo así.
Pasada la experiencia y empezando a examinarla me vino un pensamiento de duda ¿habría sido sólo una imaginación mía?
Esa duda me invadió y me llenó de confusión. A pesar de ser una novedad total en mi vida, algo dentro de mí le daba una autoridad, una credibilidad que se sobreponía a la duda con mucho más fuerza de lo que yo podía explicar o entender.

¿Cómo es esto de que el Señor Jesús, el Hijo de Dios me invite a que me case con él?


Yo comenzaba a comprender que esto que me acababa de suceder no era una fantasía de mi mente. Jamás mi cabeza podía haber inventado algo que nunca hubiese atinado a fantasear. No entendía en absoluto el misterio que podía haber en esas palabras que había escuchado. Ni me pasó por la cabeza contarte este suceso porque temía que lo que acababa de escuchar fuese algo absurdo, una absoluta locura y que tú también la tomases por tal.
Sólo puedo recordar que yo supe inmediatamente que era Jesús quien me hablaba. 

Pero como te dije antes, me dominó inmediatamente el pensamiento que me sobrevino casi enseguida después de la voz, de que era algo sin sentido, nunca oído ¿Qué es esto de casarse con él!! 
 Yo no podía comprender otra forma de esponsalidad que la de mi matrimonio con mi esposo, y en esa concepción estrecha no había lugar donde ubicar esta propuesta en forma inteligible: ¡casarme, además con Jesús? 
 Me doy cuenta ahora que ni siquiera se me ocurrió re-preguntarle al Señor cómo era posible eso. 
Recién ahora, pasados dos, leyendo tu libro Me quiero casar sobre la esponsalidad con el Señor a la que está llamada toda mujer – ya que en ella subsiste entera la Iglesia-esposa – aquella voz reaparece en mi memoria, como saliendo de una espesa neblina. 
Y viene a cobrar un sentido impresionante, diría que gozosamente estremecedor. 
 Entonces ¿había sido sí el Señor el que realmente se me declaraba con tanto anticipo respecto de mi capacidad de entender lo que me decía? 


 Pasaron dos años casi desde aquel profundo acompañamiento tuyo.
 Ese tiempo también fue dando frutos de fecundidad en mi vida, como fue la llegada de nuestro tercer hijo, mi primer varón, fruto de mi reconversión, de mi reconciliación y mi reconversión en esposa. Tú me lo dijiste entonces claramente cuando te conté de mi embarazo: ¡Hoy la salvación ha llegado a este hogar! 
Fue en efecto un punto de retorno también para mi esposo, la sanación de un vínculo enfermo y moribundo. 
 A este propósito recuerdo ahora un día – como a mitad de camino entre la voz y la lectura de tus libros impresos es decir hace ya más de un año – en el que yo estaba pasando por momentos de desolación en el matrimonio con mi esposo, y me llegó un mail tuyo donde me compartías que estabas escribiendo un libro titulado ME QUIERO CASAR. 


Tú me consultabas mis opiniones de mujer acerca de algunos pasajes que estabas redactando. ¡No, no podía creer lo que me estabas pidiendo en ese momento! ¡Poder ayudarte ahora a ti en algo, después de tanta ayuda impagable que había recibido de tu parte! Pero estaba entonces totalmente ajena a lo que ese libro tuyo iba a repercutir en mi presente de la manera que hoy lo está haciendo.


 Siempre por un motivo u otro hemos seguido en contacto, siempre sos como no me canso de repetírtelo cada vez que te escribo, el que reajusta mi brújula en tiempos de tormenta, al punto que hasta en sueños he podido verte y escucharte guiándome como un padre amoroso.

Después de pasados meses de tu consulta y dos años desde aquella Voz, el primer tomo de tu libro llegó a mis manos ya publicado. 


Comencé a leer en él esas experiencias de mujeres que han sentido ese llamado de Cristo a ser esposa, en cualquier estado de vida en el que estén. ¿Así que también en mi caso, casada y madre de familia, es posible vivir como esposa de Jesucristo? 


¡Cuántas veces en momentos de desolación del vínculo matrimonial, me ha asaltado la pregunta de si tal vez habría sido un error casarme y no haberme quedado soltera para consagrarme al Señor! Sé que esto siempre ha sido una tentación, una “oferta” del malo en momentos de desolación, porque tengo la certeza, confirmada cada vez por el Espíritu del Señor, que me confirma que mi estado de vida es ser esposa y madre, ama de casa. 


 ¿Qué puedo decirte padre? El primer tomo de tu libro ha llegado a mis manos mientras estoy pasando unos días de gran revolución en mi persona, mi brújula nuevamente está en una tormenta pero con certeza absoluta de que, al fin será nuevamente reorientada. Con tus orientaciones había ingresado en el camino de la vida filial, de la divina regeneración. Es decir, ingresado a una íntima experiencia de amor filial a Dios padre. 


Pero tengo la sensación de estar aún muy lejos de que me suceda algo parecido con mi amor esponsal con Jesucristo, el Hijo hecho hombre. ¡Fijate qué confusión la mía! ¡Puedo amar filialmente a Dios Padre pero aún no me brota del alma amar esponsalmente a Jesucristo nuestro Señor, o saberme esponsalmente amada por Él!  Me pregunto si esto se pueda deber, tal vez, a atavismos de mi cuna luterana que aún impregnen mi alma. 


No lo sé. Lo que leo en tu libro me abre una posibilidad atrayente pero aún no atino a vivir como esposa o todavía no se me concede. Quizás deba empezar a ejercitar mi corazón en las actitudes que expresa la copla de la esposa. Jesús me es aún conocido solamente de oídas, y solamente me ha hablado directamente una vez, aquélla vez. ¡Aunque ahora me resulta inaudito lo que me dijo: ¡Si te casas conmigo serás feliz! ¿Te das cuenta? ¿A quién mejor que a ti poder expresar con total sinceridad esta verdad?

Son días de lucha, de prueba, estoy leyendo estos escritos tuyos sobre los pasos para el desposorio en Cristo y mientras los leo digo… le digo: 


 ¡Aquí estoy Señor! ¡Sabés que sos mi gran desconocido! ¡Que me cuesta ensayar esa forma esponsal de tratar contigo! ¡Pero conoces también mis deseos de dar ese paso e ingresar y correr por ese camino que tu abriste delante de mí el primero y hace ya tanto tiempo!
Es que a la luz de este anuncio del santo evangelio para la mujer de hoy, hoy recién, pero también ¡por fin! puedo entender que aquella voz en la cocina esa noche era una invitación tuya. Una invitación que yo estaba muy lejana de poder entender en aquellos tiempos.
En este nuevo contexto, a la luz de tu obra en el corazón de tantas mujeres que dan su testimonio en estas páginas, mi corazón se ilumina y comienzo a entender que eras Tú el que me hablabas con una voz profética. Mientras tanto, siento que tu Espíritu Santo me inspira el deseo de que vengas, como esposo de mi alma, a mi conciencia, a mi trato contigo, a mi oración y a mi vida. ¡Ven señor Jesús! ¡El sí de mi corazón te está esperando! Amén.

 Corina

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