CLAUDIA: SENTIDO Y EFICACIA ESPIRITUAL DEL VELO AL ORAR [1 de 6]

LA MUJER: UN MISTERIO SAGRADO Y POR ESO VELADO: OCULTADO PARA SU PROTECCIÓN
Desde Adán todo hombre viene de una mujer y ellas deben utilizar velo o mantilla también por esta razón. En cada concepción, el divino Visitante entra solamente en la mujer para crear una nueva persona, sólo en ella desciende y, como en otra encarnación, toca su útero e implanta una nueva alma inmortal.
Ahora… ¡Este es un gran misterio! ¿Y cómo vamos a atrevernos nosotros a descubrir uno de esos misterios de las obras divinas que Dios mismo ha querido ocultar? El misterio se respeta velándolo. Una niebla cubrió a la tierra durante su creación; el humo veló el Monte Sinaí cuando Moisés recibió las tablas de la  ley; una nube recibió a nuestro Salvador en Su Ascensión. Esas nubes velaban lo sagrado.
Lo sagrado es velado de tal manera que podamos orientarnos hacia una realidad más profunda más allá de lo que vemos. Así como es un gran misterio el que Dios se haga presente en nuestros altares, lo cual “vemos” con la Fe; así también que las mujeres se cubran con un velo al orar, hace más evidente que su vida forma parte de un digno y singular designio
Sólo ellas han sido escogidas como recipientes de nueva vida. […] Si seguimos esta lógica de utilizar velo o mantilla, la cual apunta al misterio de la mujer, entonces podemos comprender apropiadamente la bendición que se les da después de que han dado a luz. Este sacramental no sólo es un acto de agradecimiento, sino una purificación.
Ahora bien, esta purificación no significa limpiar un objeto sucio, sino preparar algo que está santificado para disponerlo a que se vuelva a utilizar. Por ejemplo: en la Misa, después de la Comunión, el sacerdote purifica el cáliz; no lo hace porque el cáliz esté sucio, sino porque Dios ha estado ahí.
Así la que ha dado a luz es purificada por la bendición, no porque esté sucia, sino porque Dios ha entrado en ella, ha tocado su útero y a través de ella ha colocado otra alma inmortal en el mundo . 
[Adaptado de R.P Hatthaway, R. P. Christopher Hathaway, FSSP, Conveniencia de que las mujeres utilicen velo o mantilla, original en inglés On the Fittingness of the Woman’s Veil. De la homilía del domingo después de la Ascensión 23-05-2004. Fuente STAT VERITAS]

Ahora bien, las hijas de Dios llevaron velo en la oración durante dos mil años y sólo se lo quitaron por ignorancia de su sentido. Las que hoy hacen la prueba de ponérselo para orar, hacen la experiencia de la eficacia espiritual de este «sacramental» abandonado. He aquí el testimonio de Claudia, seguido de algunos otros más breves que tomo de mi libro «Me quiero casar» segundo tomo: «Lo que la esposa debe saber» (Ed. Lumen Bs. As.)

1.- CLAUDIA: AL CUBRIRME… ME DESCUBRÍ 

Claudia escribía esto en el año 2011. Proyectábamos entonces escribir un libro para que la mujer recuperara el velo, reconquistara su derecho a la mantilla. El Señor ha querido algo más y mejor, de lo cual el velo y la mantilla son mínima parte: Ha querido que ellas se redescubran esposas del Cordero. En 2011 me escribió diciéndome: «Padre: gracias por contar algún día… en su libro, lo importante de este Sacramental del velo, de la mantilla para la hija del Padre y la esposa del Hijo. Sin duda es camino a la intimidad con el Esposo».

PRIMER INTENTO CON EL VELO: PROBAR CON LA MANTILLA:
         Querido padre: Intentaré relatarle la oración de ayer con la mantilla. A mi gusto, por ser la primera vez después de treinta y cinco años, tiene notas más bien graciosas… Amanecí con el deseo de hacer un rato de adoración usando por primera vez la mantilla. A medida que el día transcurría fui pensando a qué hora ir a la capilla y elegí la última por dos motivos. Primero: porque es el horario de Nina y ella está al tanto del tema ya que lo escuchó a usted contarnos sobre el valor del uso y la pérdida, sin razón aparente, del mismo. Las mujeres dejaron de usar mantilla y no se sabe por qué. Segundo: porque es a las 23 horas y en la Capilla de Adoración perpetua se supone que ya no hay nadie. Esto me tranquilizaba. Yo estaría sola.
          En la tarde me avisa Nina que no puede ir a atender la librería y si es posible que la reemplace. Me alegró saber que definitivamente estaría totalmente sola y podría entonces disponer de todo el tiempo para rezar con ella puesta. Partí a la adoración, entusiasmada y al mismo tiempo intrigada. Pensando en qué cambiaría usarla y si tengo o no vergüenza de que me vean con la mantilla puesta. Llego. Me encuentro con la capilla a oscuras. El adorador del turno anterior, suele apagar la luz para rezar dejando iluminado el Santísimo con los dos cirios. Había otro hombre adorando también.
           No me fijé en el hombre hasta que al acercarme al altar me doy cuenta de que… ¡el hombre tiene peluquín! Padre, casi me muero de risa, diga usted que me sé controlar. No me reía del hombre sino de mí misma. Yo había estado dando tanta vuelta para buscar el momento oportuno para que no me vieran y este hombre cubre su cabeza con un peluquín que además le queda muy feo. Da la impresión de que una brisa suave podría llevárselo y dejar su calva al descubierto. Me repuse rápidamente de la risa interior y de mis pensamientos. Me concentré para el momento y pude, sí, rezar.
            En eso entra a adorar un chico que suele molestar con tantos movimientos. Esperé que se levantara pronto y se fuera pero no lo hizo. Se pone insoportable. Se levanta entre 5 y 7 veces, abre y cierra la puerta, prende y apaga las luces, abre y cierra la Biblia y respira como si lo estuvieran matando. ¡Es más, la próxima vez lo echo! No es la primera vez que comparto la adoración con él pero cuando es mi turno se comporta diferente. Con este chico a mi lado le ofrecí a Jesús el rato que me quedaba, menos de media hora.
            Para empezar tomé la Sagrada Escritura. El chico se retiró por un rato de la capilla y cuando me pareció estar más tranquila, ya casi despreocupada de él, dejé el libro y después de abrazar y besar la mantilla la puse sobre mi cabeza. Cerré los ojos y dejé que todo aconteciera. Me venía a la mente el recuerdo de la bendición que usted me dio y un deseo de velarme para mi esposo.
            Muchas veces esta palabra: velarme. Era como si la repitiera una y mil veces. Hacía eco en mi corazón. No pude entender su significado.  Sólo sonaba en mi corazón y pude acompañar el deseo con los labios, no en voz alta pero sí lo decía. Velarme para vos, Señor.
            Estaba tranquila. Ya los movimientos y ruidos de mis compañeros de adoración no me molestaban. Hasta pude cambiar de lugar para estar más sola, me fui a un rincón. Allí permanecí de rodillas por un largo rato y verdaderamente creí que estaba sola. Pero ese chico se encargó de desengañarme: “ya son las doce” avisó en voz alta. No alteró la tranquilidad que Jesús me regaló. Nos preparamos para partir y como no estábamos solos, le pedí a otro hombre, que en algún momento ingresó a la capilla, que se ocupara de hacer la reserva.
             Confirmé allí que había quien se ocuparía de todo. Ese chico, es insoportable cuando se lo propone. Me dice el muy atorrante: “¿Puedo venir el jueves? Quiero verte de nuevo con esa cosa”.
Él también había escuchado el comentario de Usted acerca de la mantilla. He decidido no permitirle ingresar si va a molestarme. Y como no cumpla me parece que tomaré una medida más seria.
Conclusión: han sido más preparativos que tiempo de oración ¡Pero me encantó experimentar el deseo de velarme! No tengo vergüenza. Creo que en otra ocasión más “normal” será diferente. Hoy en misa pensaba en el día futuro en el que me anime a comulgar con ella.
Padre: ésta fue mi primera experiencia. Claudia

CLAUDIA SIGUE PRACTICANDO CON EL USO DE LA MANTILLA:
       Partí para la adoración sin ninguna expectativa. Simplemente pensaba que si había mucha gente o me sucedía lo de días anteriores no me forzaría a usarla.
El Señor me regaló una hora de adoración en absoluta soledad. Es más, ni escuché a los hombres que prestan apoyo en la Institución que funciona en la casa donde se encuentra la capilla. Nadie entró ni salió durante la hora.       Permanecí toda la hora de rodillas, cosa que no es habitual en mí. Suelo sentarme para leer la Palabra o estar de pie frente al Señor. Esta vez me arrodillé, besé la mantilla, se la ofrecí a Jesús y me la puse. Le pedí a Jesús que me recibiera así y que me hiciera gustar de velarme para Él. Que toda mi vida se vele para Él.
       La hora pasó rapidísimo, cuando me di cuenta ya debía regresar a casa. No he podido recordar si entré en diálogo con Jesús, si hubo algún tema en particular, no recuerdo ninguna imagen. Sólo me llamó la atención en un momento el latido de mi corazón. Fuerte, muy fuerte que me hizo tomar conciencia de que simplemente estaba allí. Le di gracias y seguí estando[2].
          Cuando se hizo la hora, me levanté a mirar el reloj, eran justo las 24. Hice la reserva de Santísimo y regresé a casa. Al disponerme ya para dormir me sobrevino un gozo muy grande. No podía dejar de dar gracias por el día y lo vivido y experimentaba una fuerte presencia de Dios en toda mi vida, su cercanía es muy concreta. Mi esposo está y yo en su corazón. Me sorprendió regalándome lágrimas de consolación. Pude disfrutarla mucho… pasó el rato y me quedé dormida[3]. Pido a mi Esposo que me regale mucha intimidad!!!
           [NOTAS [2] Lo que describe Claudia es, al parecer, un estado al que llaman “recogimiento infuso” y es un grado de oración, es decir, infundida por Dios en el que la conciencia se anestesia y pierde el sentido del tiempo y del entorno. Un primer grado de oración mística, recibida de Dios y no actuada voluntariamente. [3]  Estas consolaciones suele concederlas el Señor como un signo de que aprueba y le es grata alguna decisión tomada, en este caso para manifestar que le complace el uso del velo.

LOS FRUTOS INTERIORES DEL VELO
Me parece que el uso de la mantilla en la oración está dando sus frutos. Estoy más reservada para contar sobre mis sentimientos y me cuesta mucho ponerle palabras a los encuentros de oración que en la intimidad tengo con Jesús. Antes no me costaba contarle a usted. Ahora «me da pereza» por un lado y por otro lo guardo ¡tan adentro! ¡lo disfruto! Y cuando pienso «le voy a contar al padre» allí queda porque me disipo. Es como si esa intimidad no admitiera ningún testigo ¡ni a Usted!
Estoy algo así como cubierta, envuelta, como debajo del manto de la Virgen. Rezo en casa con la mantilla y la llevo a la adoración (allí no siempre me la pongo porque hay gente).
Yo creo, Padre, que esta intimidad, este nuevo modo de oración, es fruto de este sacramental[4] de la mantilla, como bien usted me explicó. Por otro lado en la catedral, en misa me imagino que estoy con ella. Y basta imaginármelo para que produzca los mismos frutos que al tenerla puesta.
               El velo, por lo visto, es un sacramental que enseña a crecer y a estar contenta con vivir la intimidad con Jesús, y me hace libre de todas las miradas ajenas y del deseo de ser vista. Reconcilia a la hija de Dios con el secreto de su intimidad religiosa[5].
               Hace un par de días Nina me pidió verla y cuando se la mostré quedó impactada. Me pidió permiso para ponérsela y después de un rato de pruebas dijo «¡qué bueno debe ser rezar con mantilla!» La invité a hacerlo. Ella debe conseguir una. Posiblemente en su hora de adoración. Aproveché ese momento para que juntas viéramos cómo me peinaría para que al ponérmela quede bien. Cosas de nosotras, las mujeres.
               Padre, la mantilla empieza a ser más que un elemento esencial en la oración. Doy gracias a mi Esposo por concederme tan rápido la gracia que le pedí al ponerme por primera vez la mantilla: ¡Más intimidad con El! Padre; gracias a usted también que bien conoce lo que le agrada a su Amigo! Claudia

CLAUDIA SE PREPARA PARA CONSAGRARSE AL SEÑOR
Querido padre: Quisiera poder contarle – y que se refleje en la Escritura – los consuelos y el inmenso gozo, la alegría y la paz que el Señor, mi Esposo me está regalando en estos días. Vivimos juntos, paso a paso, los detalles de la organización de nuestra boda. Me descubro novia, esposa, muy amada, cuidada, atendida. Los detalles para con mi persona son muchos y lo grande y hermoso es que se dan en lo cotidiano.  Hay momentos, muy fuertes en que sólo deseo estar con Él. Su presencia es tal que el tiempo se detiene y podemos disfrutar. Es como si viviera en la eternidad. Todo me acontece… mucha emoción, lágrimas de consuelo, certezas, paz, esperanza… Soy tan feliz.
               Desde el martes empecé a organizar los detalles más femeninos, más típicos de una mujer. Llamé a la modista para concretar la cita que el mismo miércoles tuve. Siempre soñé con un tipo de ropa pero desde que el Señor sanó mi corazón y me rescató para sí mis gustos han cambiado. El diseño lo fui viendo, Él me lo fue mostrando en la oración; también el color y cómo él deseaba verme ese día. Ultimé detalles con una amiga que tiene buen gusto y es muy fina para vestir. Detalles como la tela, el largo, lo que es clásico… etc. Y hoy, con las medidas exactas partí de compras. Padre. No puedo redactar lo que me pasó. Intentaré contarle.
Es algo así como haber entrado en alguno de los cielos, no sé por cuál andaría, pero en algo tan simple como comprar una tela, ¡Jesús se hizo tan presente, tan cercano! Él no podía estar ajeno a este momento. Su presencia fue en un principio discreta, con detalles, como por ejemplo que – entre cientos de royos – estaba la tela y el color que tenía en mi mente.
           Luego la empleada me ofreció cubrirme frente a un espejo para que yo pudiera empezar a entrar en contacto e imaginarme. No había duda que la tela era esa. La verdad me veía preciosa. Luego vino mi pregunta… la que llevaba en el corazón y que no me animaba a hacer. Le digo – “mostrame los encajes, algo al tono, que sea de seda”. La chica fue directo a uno que sin duda era el elegido. Mi amiga Soledad (una hermosa mujer y esposa) que me acompañó, no entendía para qué pedía encaje (No estaba en el diseño). Con voz bajita, le digo: para la mantilla.

Padre, ¡fue un segundo! cuando la chica y Soledad colocaron la pieza de encaje sobre mi cabeza no le puedo explicar el inmenso gozo que me sobrevino a tal punto que ellas quedaron impresionadas de mi cara. No podía dejar de lagrimear. No podía hablar.


La empleada me dice: «debe ser un acontecimiento muy importante. Parecería que te casas con un rey» (nunca le dije a la chica para qué era la tela). Soledad y yo sonreímos. Confirmé plenamente cuánta gracia mi Esposo está derramando en mí. No podía hablar.


Estuve así… probándome el encaje y jugando con él para apaciguar mi corazón y poder regresar a casa. A la tarde y después de dormir un rato la siesta y rezar algo, un poquito se calmó pero no del todo, el gozo sigue aún y la paz es inmensa.


La mantilla no está armada, solo tengo el encaje, el hilo para bordar los bordes y la confirmación de Jesús de que es así como desea verme.

Pensaba en la misa de la tarde que la experiencia es fuerte. Qué será cuando la mantilla esté acabada y bendecida. ¡Muero de amor!
Padre, cierro los ojos y me veo. Es hermosa. Y creo que es digna para un momento así. Soledad me preguntó cuán importante era para mí. Pude contarle haciendo una comparación con su vida de esposa. Con ella solemos charlar cosas muy profundas, de mujer a mujer. Además quiero mucho a su marido: ellos dos me eligieron, hace un par de años, para que les armara la ceremonia y el guion de la misa de esponsales. ¡Son una bendición!
Realmente estos detalles, tan cotidianos y simples me confirman plenamente en el amor a Jesús. Él está, está conmigo. Padre; gracias por contar un día… en su libro lo importante de este Sacramental del velo, de la mantilla para la hija del Padre y la esposa del Hijo. Sin duda es camino a la intimidad con el esposo. Anoche, en la adoración el tiempo también se detuvo. Cubrirme con la mantilla es suficiente. El Señor hace el resto. Para mí los detalles del vestido, el color, la mantilla y los zapatos son importantes y Jesús sabe que así es. No puede ser de otro modo ¿no? También me he ocupado de las invitaciones y de la casa. Le cuento en otro mail. Recibo todas sus bendiciones ahora que está lleno del Espíritu Santo. Su hija. Claudia

 

2 comentarios en «CLAUDIA: SENTIDO Y EFICACIA ESPIRITUAL DEL VELO AL ORAR [1 de 6]»

  1. Cuando de niña leía la Biblia, San Pablo era muy claro con respecto al velo. No entendía por qué no lo usaban y la única respuesta era: Ahora no se usa más!. Eso en mi alma pequeñita significaba que si eso tan claro ya no se seguía; entonces…cuántas cosas más no se seguían y por qué seguir las que me decían si, en un futuro las cambiarían!!. Uno de los puntos que, junto con el ejemplo de los mayores me alejó completamente de la Iglesia.
    Cuando ya adulta, vuelvo a nuestra Casa y comienzo a entender la Revolución Francesa interna por la que la Iglesia está pasando, conocí mujeres con velo y, su uso me dignificó y eleva al Señor. Hoy en día, cuando veo cabezas de mujeres sin velo, me choca mucho y quisiera que lo conocieran y usaran. Nada más recomendable para comenzar a adorar al Señor!

  2. Reflexionando sobre esta hermosa fundamentación bíblica del velo que ENVUELVE o cubre el misterio, me vino lo de Santa Teresa de Ävila al comenzar su libro «El Castillo interior o Moradas».
    La Santa dice:
    «Para comenzar con algún fundamento, diré que…nuestra alma es como un castillo todo de diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso donde Ël tiene sus deleites. Pues ¿qué tal será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes, se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad»… 1as. Moradas. CAP. 1,1
    Considerando nuestra inhabitación trinitaria, es razón suficiente, con la luz que echan las Escrituras, para comenzar con este «ritual» de velarnos a la hora del encuentro profundo con el Dios Trinidad que nos habita.

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