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«Desde lejos se me apareció el Señor y me susurró: Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerme de ti.» (Juan 3, 16)

Este texto — comenta, en nota de su traducción de la Bíblia Monseñor Straubinger –, es una exposición maravillosa del amor de Dios a su pueblo. 

Bien podemos aquí poner en boca de Israel como un ‘Cántico nuevo por las maravillas que Él hizo’ (Salmo 97, 1 y nota), los afectos de la Santísima Virgen en el Magnifica,r ante la asombrosa declaración de amor y las promesas que contiene todo este capitulo 
(Ver Ezequiel 16 y 37).
Y también podemos — como en el Cantar —  aprovechar y gozar, trasladándolos a nuestra alma, esos mismos sentimientos, como de una novia elegida por un príncipe, que dijese a sus amigas íntimas: 

«Soy feliz, amigas, soy feliz porque Él se ha fijado en mí.
Él tan bello, tan poderoso, tan magnánimo, y sobretodo tan bueno, se ha fijado en mí que no soy nada, que no le traigo mas que mi persona dichosa y agradecida. 
Y ahora todos me llamarán afortunada, y rica, y princesa, y todo eso será por las maravillas que Él me ha hecho.
 Porque Él prefiere siempre a los débiles, y me ha elegido, de puro bondadoso, para poder protegerme al ver mi incapacidad. Porque ésa es la característica de su corazón: preferir a los que son nada, y levantar al pobre del estiércol para ponerlo entre los príncipes.»
Salmo 112, 7 y nota

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