3.35 ¡POBRE . . . LA FINADITA . . . !

Tuvo la mala suerte , la finada,
de que un pollo le diera ese aletazo…
Porque bastó esa nada….
para que otro le diera un picotazo.
Y después del primero
– que le dejó la pluma ensangrentada –
siguieron los de todo el gallinero.
Y así quedó, la pobre, sentenciada
– sin culpa ni proceso – al matadero.
Expuesta en la picota
a la arbitrariedad de la patota.
Unánimes en saña y en paciencia
le asestaban sus golpes de karate,
sin pausa ni clemencia,
en la cresta, en el ala, en el gaznate…
Y la traían al trote,
participando todas por igual
en desplumarle el lomo y el cogote.
Unidas, sin fisuras, para el mal
por una férrea comunión grupal.
Donde más se ensañaba la pandilla
en picotear a nuestra fugitiva
era en la rabadilla,
cosa que a una gallina sensitiva
le duele doblemente, porque humilla.
Así que la gavilla,
con la sangre en el ojo – y en la uña –
le destrozó el trasero hasta la enjundia.
Penó todito el día la finada.
Sin poderse arrimar ni al bebedero.
Procurando encontrar, desesperada,
si no piedad, algún enterradero.
Cuando llegó la noche y los verdugos
se fueron al descanso de sus palos
a disfrutar el sueño de los malos,
ella quedó despierta. Desvelada
por el tormento del que no ha hecho nada
y le han dado una tunda de regalo.
Y en la noche callada,
llegó, siguiendo el rastro
y el olor de la sangre, una raposa
que de una dentellada
le deparó una muerte
menos torturadora y dolorosa
que aquélla a la que estaba condenada.
Y eso – si bien se advierte – es tener suerte
aunque sea moderada.
Mas cuando al despertar el gallinero
con el canto del gallo, al día siguiente,
se enteró, al escuchar el noticiero,
del desastrado fin de la inocente…
alzó, para llorar al animal,
un cloqueo plañidero,
un cacareo de indignación vehemente,
un clamor general.
MORALEJA
También entre gallinas es frecuente
– como lo suele ser entre la gente –
que se acuda lloroso al funeral
y que el perseguidor llegue doliente
a lamentar el fin de su rival…
Que más de uno, de exterior mohino,
se alegre en realidad, secretamente,
de que por un capricho del destino
se le haya adelantado ¡un asesino!
a liquidar al justo ¡injustamente!
Y hay también quien prefiere – entre la gente –
morir mordido por la comadreja
que desplumado por comadres viejas
que matan, por atrás, al inocente
y ni siquiera fruncen una ceja.
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