Por primera vez publicó su autor, bajo el seudónimo de Noé de León, 500 rústicos ejemplares de aquellas primeras fábulas en el año 1979 , en Montevideo Uruguay. Aquella primera edición fue premiada por el Ministerio de Cultura del Uruguay, en la categoría de Poesía édita, en el Concurso del año 1980. Una segunda edición, aumentada por nuevas fábulas, la hicieron las hermanas Paulinas en su librería de Montevideo en 1987 y constó de mil ejemplares. La tercera edición también de mil ejemplares, se editó en Mendoza, Argentina, por la editorial Narnia en el año 2001. El autor agradece a Dios el haberle entregado estas fábulas para repartirlas, especialmente a niños/as y jóvenes. Se irán publicando en este blog los martes en que otro tema no exija postergarlas.

PREFACIO
I
Mi querido lector:
por un capricho
o no sé por qué amor
hacia los bIchos,
gusté del buen sabor
que hay en sus dichos.
Y he gustado también de los consejos
oídos de los labios
de fabulistas viejos,
y que el tiempo ha probado que eran sabios.
La vida de los bichos fue el espejo
de donde, sin resabios,
los que tenía cegados el reflejo
de sus propios pecados,
se miraron perplejos
y conocieron que ¡vivían errados!
La mucha seriedad nos hace ciegos.
Pero abrimos un ojo para el juego.
Queda guiñando el uno
y queda el otro abierto.
Miramos hacia adentro con el tuerto
y con el otro al tuno.
Y descubrimos que está el tuno adentro.
II
Para escribir las cosas que te entrego
releí a Samaniego,
no lo niego….
y me inspiré en el arte
de Don Tomás de Iriarte.
No sé quién sacó a quién
del polvo y los escombros.
Ellos me hicieron bien
y por eso los nombro.
Que me perdone Esopo,
y no se enojen Fedro y La Fontaine;
rocíenme con su hisopo
y admítanme en su gremio a mí también:
¡soy de la raza de Don Juan Manuel!
Leonardo Castellani me dio ejemplo
con Bichos y Personas o Camperas
y tras sus huellas me colé en el templo:
¡Sin él, por fabular nunca me diera!
Y el Arcipreste de Hita con sus fablas
– de quien mi padre me enseñó el aprecio –
me sugirió versear como quien habla
sin someterme a tiquismiquis necios;
mas cuando el habla en verso queda chica;
largarme a hablar como quien versifica.
III
De todos los predichos
– fabulistas y bichos –
a los dichos me asomo.
De todos – destos y otros muchos – tomo;
de todos debo piedra a sus canteras.
¡Dios sabe cuánto y cómo!
Yo… ¡ojalá lo supiera!
Pero no me avergüenzo
de verme enano, en hombros de gigantes.
Bien sé que lo que pienso
lo debo a otros que pensaron antes.
Así que no me obligo
a taparme el ombligo;
pues cosa es bien sabida
que por tenerlo estamos en la vida.
IV
De la primera fábula de Don Tomás de Iriarte,
recuerdo aquí el discurso final del Elefante;
para evitar que alguno se ofenda de las nuestras
o proyecte en nosotros intenciones siniestras.
«A todos y a ninguno
mis advertencias tocan»,
– les dijo el elefante
estirando la trompa –
«Quien las siente, se culpa;
el que no, que las oiga.
Quien mis fábulas lea,
sepa también que todas
hablan de mil naciones
no sólo a la española;
ni de estos tiempos hablen
porque defectos noten
que hubo en el mundo siempre,
como los hay ahora.
Y pues no vituperan señaladas personas,
quien haga aplicaciones con su pan se lo coma.
Bien puede suceder que algunos animales
tomen por alusiones mis cuentos sapienciales.
Así que aleccionados
por la ajena experiencia
de antemano salimos
al paso de inferencias:
¡No hablamos de dolientes,
hablamos de dolencias!
Y cualquier semejanza
con animales reales
es mera coincidencia».