LA RELIGIOSIDAD DE EVA PERÓN 1
DIOS HACE PERDURABLE LA MEMORIA DE SUS SANTOS

La santidad es un estado mediante el cual una persona se aproxima a la divinidad. No es patrimonio exclusivo de los sacerdotes, obispos y religiosos. Más bien, es un llamado a todos los cristianos del mundo, sin distinción alguna. El mismo Jesucristo convoca a serlo: “Sean Santos, como lo es su Padre del cielo”. (Mt 5, 48)
En mayo de 2019 la Confederación General del Trabajo de la Argentina ha solicitado que se inicie el proceso de beatificación de María Eva Duarte de Perón. Lo fundamentan en un documento extenso que a la par que sintetiza su acción trascendente de ejercicio de la misericordia para con los más pobres y desposeídos en su Argentina natal, en Hispanoamérica y en el mundo, prueba el cumplimiento de las virtudes y refiere al motu proprio del Papa Francisco Maiorem hac dilectionem, que establece que ofrecer la vida
sabiendo que vendrá una muerte segura constituye una nueva vía para proceder a la beatificación de un fiel, un nuevo modelo de santidad canonizable: el del seguimiento de Cristo en la imitación de su supremo acto de amor.
La idea de la beatificación de Evita es plausible. Es cierto, que la noticia ha sido una gran sorpresa, pues, no sólo para los muchos enemigos que tiene Eva Perón, tanto dentro y fuera de la Iglesia, como así también entre sus más leales seguidores. Si hay algo que caracterizó a la Iglesia Católica en estas cuestiones, es una gran prudencia.
Hay procesos que duran años, siglos, como fue la causa de canonización de Juana de Arco, que fue quemada en la hoguera como hereje.
En este caso, la tarea que se han trazado los promotores no es sencilla. Hay muchos pasos y etapas que tienen que superar, sorteando la fuerte presencia que tiene el mito, que se enfrenta a la realidad. El pedido comienza con un proceso diocesano, que estudia la vida y obra, sus virtudes, que deben recoger información sobre la persona propuesta, con sus escritos y testimonios. Si supera esta etapa, se la declara “Siervo de Dios”, y con ello el obispo del lugar eleva el proceso a la Congregación para la Causa de los
Santos en la Santa Sede. En el Vaticano se realiza un nuevo estudio sobre la vida y obra de la persona y si se llegan a decretar las virtudes heroicas, es declarada “venerable”.
Con posterioridad se necesita que Dios haya obrado un milagro por su intercesión, para que sea declarada beata.
El papa Francisco nos invita a ser santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. Precisamente, la vida de Evita fue intensa desde un comienzo, pero por sobre todo fue heroica en su lucha incondicional por los pobres, los más humildes y los marginados sociales. A ella le cabe sin lugar a dudas –como la
denomina Francisco en la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate– la santidad “de la puerta de al lado”. Evita fue una de las tantas mujeres quien a su modo, “ha sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio”.
Fuente de valores espirituales, Eva Perón condensó en sí misma el esfuerzo del Justicialismo por realizar la simiente evangélica en los principios de una comunidad más amorosa y humana. Su sensibilidad por la justicia social, su entrega sin límite a los humildes, capaces de poseer la verdadera dignidad y la verdadera solidaridad, y su unidad indisoluble con el general Perón, hacen a una mujer extraordinaria que contribuyó como nadie al renacer de la fe cristiana de nuestro pueblo y de todas las naciones que recibieron su mensaje y la colaboración de la Argentina que, en el contexto de un Occidente que era un cementerio humano y espiritual, mostró un camino civilizacional alternativo en la comunidad organizada, edificada en los valores del amor y la solidaridad entre los hombres. Ésta fue y continúa siendo la contribución más cristiana y más humanista que aportó el Justicialismo.
En su visita a la Catedral de Notre Dame de París el 25 de julio de 1947, insisto que fue recibida por el entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad, Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli. En ese encuentro mantuvieron una breve conversación, donde Evita le habló sobre la Fundación de Ayuda Social que quería organizar y poner en práctica en
Buenos Aires. El futuro Papa la escuchó atentamente y le dio el siguiente consejo: “Si de verdad lo va a hacer, le recomiendo dos cosas: que prescinda por completo de todo papelerío burocrático, y que se consagre sin límites a su tarea”. Y vaticinó: “Señora, siga en su lucha por los pobres. Pero sepa que cuando esa lucha se emprende de veras siempre termina en la cruz”. Palabras, sin lugar a dudas, proféticas. La prédica y la acción de Eva Perón despertaron la conciencia de fraternidad, recordándole al hombre que en él residían los verdaderos y únicos valores, los del espíritu. Dándole conciencia de sus fines trascendentes. Y esa conciencia de su dimensión espiritual impidió la caída en el egoísmo liberal y progresista que era, lisa y
llanamente, la negación de la prédica de Cristo. ¿Qué obra más cristiana que construir un pueblo y una comunidad donde sean todos para uno y uno para todos?
El justicialismo inició así el retorno de la Argentina a su verdadero cauce histórico en los valores cristianos traídos a nuestro suelo por la Madre Patria. El general Perón y Evita comprendieron que el primado del materialismo estaba destruyendo la humanidad, barriendo la fe de la vida de relación entre los hombres. Por eso restauraron las verdades simples y eternas de Jesús, conformaron su doctrina y la predicaron al mundo. En ese
sentido
Perón sostenía que: “Nuestra religión es una religión de humildad, de renunciamiento, de exaltación de los valores espirituales por encima de los materiales.
Es la religión de los pueblos, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados, y sólo por causas que conocen bien los eminentes prelados que me honran escuchándome, se ha podido llegar a la subversión de los valores y se ha podido consentir el alejamiento de los pobres del mundo para que se apoderen del templo los mercaderes y los poderosos y, lo que es peor, para que quieran utilizarlo para sus fines interesados”.
Muchos de sus enemigos ansían que el alma de Eva Perón esté ardiendo en el fondo del infierno. En una oportunidad, un oficial de la Marina, furibundo antiperonista, visitó al P. Pío de Pietrelcina, que tenía entre otros muchos el don de la visión espiritual. En su breve encuentro le preguntó por el alma de Evita, pensando que le iba a decir que estaba
condenada. Y con gran sorpresa, San Pío, escuetamente le respondió: “Fue una mujer que hizo mucha caridad”. Tanto es así que la devoción religiosa por Evita, existente en su corta vida ofrendada en sacrificio a los demás, se afianzó con su fallecimiento
temprano.
Evita murió como hermana franciscana de la primera Orden. Su desaparición física conmocionó al pueblo argentino y a múltiples pueblos del mundo. Muestras de dolor insondable a lo largo y ancho del país que dieron lugar al surgimiento espontáneo y masivo de un fenómeno que llega hasta nuestros días: su canonización popular.
Millones de plegarias ofrecidas en honor a la Señora protectora de los humildes, demostraron el amor y la devoción suscitados por ella en los corazones de una multitud de creyentes. Millones de altares privados levantados a lo largo y ancho de todo el país, e incluso en algunos países que la adoptaron como su protectora; donde la sonriente imagen de Evita, amparada por un par de sencillas velas y flores y muchas veces junto a
la Virgen María y a Jesucristo, conformó el testimonio de la verdadera adoración de quien fue considerada “Enviada del Señor”.
Por eso, a los ojos del pueblo humilde y trabajador, Evita cumple las condiciones exigidas por la Iglesia para abrir una causa de beatificación: la práctica de virtudes en grado heroico y la perfección de la caridad; pero además, el milagro, piedra de toque para verificar el proceso de beatificación de un siervo de Dios, presente a todas luces en el milagro del amor que significó su propia vida.
En la historia de la Iglesia existen beatificaciones y hasta canonizaciones controvertidas, algunas de carácter político, que generaron discordias, adhesiones y rechazos.
Creemos que si lo importante en la vida de la Iglesia es, como suele
aseverarse, la liturgia, no podemos negar que la Iglesia vive merced a la religiosidad popular y que ésta concede en la Argentina, pero también en el mundo, un lugar privilegiado para Eva Perón. Este proceso que se ha iniciado despertará muchas tempestades en una Argentina que no encuentra el rumbo ni menos aún la paz social.
Deseamos que esta iniciativa procure la concordia y que sea la providencia de Dios la que concierte el sentir popular.
1 Este escrito se publicó en el Capítulo V dedicado a Eva Perón, en el libro: Cloppet, Ignacio Martín, Perón. Mitos y realidades. A 50 años, Sb editorial, Buenos Aires, 2024, pp. 138-141.