LUJURIA (1)

Tomado de:
Horacio Bojorge, El lazo se rompió y volamos. Vicios Capitales y Virtudes,
Editorial Lumen, Buenos Aires – México 2001 (4ª reimpresión)

1.- «La sexualidad está ordenada por Dios al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento» (CIC 2360).
2.- «La Lujuria, es el deseo desordenado del placer venéreo.
3.- El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión de la pareja».(CIC 2351). Es el sexo sin amor.
4.- La virtud opuesta a la lujuria es la castidad, que es parte de la virtud cardinal de la templanza. La castidad es una virtud moral pero también una gracia de Dios.

NUESTRA SITUACIÓN CULTURAL
5.- La cultura neopagana tiende a desintegrar lo que la cultura bíblica y católica procura integrar: la sexualidad como servicio a la vida. El neopaganismo tiende a distinguir y separar lo que llaman: el sexo recreativo del sexo procreativo. O sea el sexo como placer egoísta, del sexo como función altruista de unión de la pareja y de comunicación de la vida: por amor a Dios, a la patria, a la gran familia, a la pareja y a los hijos mismos. En resumen: no por amor a sí mismo sino por amor a los demás. Por el contrario, a la cultura de la muerte, no le importa lo que pase en la cama, mientras no pase nada con la cuna.
6.- Por otro lado, tanto la pornografía como otros programas y telenovelas, banalizan la sexualidad y el cuerpo, los órganos y atributos genitales y sexuales masculinos y femeninos. Usan doble lenguaje, expresiones groseras, chistes verdes y alardes del vicio. Todo eso es gravemente lesivo a la dignidad de la persona sexuada.
7.- Para nosotros, los católicos, el cuerpo es instrumento sagrado y sacramento de la donación de la vida. En los medios de comunicación se hace uso irrespetuoso, agresivo y violento, de un lenguaje profanador y sacrílego. Se pretende así, mediante la ingeniería del lenguaje y de las costumbres, cambiar la cultura bíblica y católica de la familia, como marco regulador y normativo de la sexualidad; y cohonestar la lujuria.

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