EL VARÓN CAÍDO [1] ME ENGANCHÓ UN ABUSADOR
LALO RESULTÓ MALO (1)

Querido Padre, le envío, por si le pudiera servir a algún alma que lea su blog, las características de este tipo de varones que, muchos tienden a llamar tóxicos, pero que en realidad son depredadores, destructores del alma.  Yo no soy ninguna psicóloga, sólo me baso en lo que me tocó vivir.  Si algún alma, que lea esto, cree estar leyendo lo que está viviendo, pues mucho me temo que esté ante este tipo de personas que tanto mal hacen, y mi recomendación hacia ellas, es orar, orar mucho, buscar alguien que se especialice en tratar este tipo de personas y alejarse lo antes que puedan. Y aunque cueste horrores, abandonarse a la voluntad de Nuestro Señor.

NOVIAZGO:

Antes de conocer a Lalo, me habían hablado de él; muy bien, por cierto. Teníamos un amigo en común y él pensaba que daba con el perfil para pareja mía. Me dijeron que era un chico muy bueno, sin maldad, que había sido de la acción católica y que había sido seminarista, pero que había salido hacía poco más de un año. A mí eso. en mi ignorancia, me pareció muy bien, porque significaba que era un buen hombre, un hombre con valores e ideales cristianos. Después lo conocí. en una clase de música, a la cual asistíamos dos veces por semana. Hablamos muy poco el primer día.  He sido siempre muy introvertida, y él era el ¨señor simpático¨, amigo de todo el mundo. Yo admiraba a la gente así.

Lo que sucedió después es que él se averiguó de mí y de repente, al día siguiente que lo conocí, se me apareció en el gimnasio al que yo asistía. Realmente me descolocó, porque este hombre en vez de pedirme mi teléfono, ¡averiguó acerca de mí y fue a encontrarme en el gimnasio!  Bueno, comencé a verlo todos los días de la semana, menos los fines de semana, durante dos semanas. En la tercera, finalmente me pidió que saliéramos a cenar. Por supuesto fue mucho más que una cena. Vale aclarar que durante muchos años antes de conocer a este personaje, yo había vivido muy alejada de Dios. Estaba en ¨el mundo¨, y el mundo te dice que ¨hagas lo que sientas» y básicamente que no te prives de ningún placer¨. Algo a tener en cuenta, él en ese entonces me escuchaba mucho, él te habla de cualquier tema; tiene una muy buena cultura general. Era muy gracioso y le gustaban muchas cosas que a mí también; y yo compartía las cosas que a él le gustaban. Los dos queríamos tener una familia numerosa, y un buen matrimonio como el que tuvieron ¨nuestros abuelos¨. 

Salíamos mucho con mis amigas y sus amigos, y a todos le caía muy bien. A mi familia también le cayó bien, salvo a mi madre, que no le gustó nunca, ya que mi madre veía cosas en él que yo no veía. Ella me decía que no era «un hombre que se esforzara mucho por nada¨, que era «muy soberbio, lisa y llanamente un vago, que se quería aprovechar de mí». ¡Sabias palabras que nunca escuché!. Es que también viajábamos y durante esos paseos era para mí el compañero ¨perfecto¨. Realmente me daba a sentir que había encontrado al hombre de mi vida, con el que tanto tiempo había soñado, mi compañero de ruta. Un tipo generoso, servicial, que me ayudaba en todo, no lo veía como holgazán ¡Sí es verdad que tenía poco trabajo!… Pero él estudiaba y trabajaba y quería progresar, y yo — que había pasado por esas etapas! — pensé, en mi ingenuidad, que le iba a llevar un tiempo, pero saldríamos adelante y estaríamos más que bien. 

MATRIMONIO:

Después de 6 meses de estar de ´novios¨ Lalo me pidió matrimonio. Me parece que lo preguntó pensando que le diría que no, pero ya estábamos medio conviviendo, por lo que me pareció bien, sobre todo, porque yo a esta altura, ya había comenzado mi proceso de conversión. Pero, no veía en Lalo las incongruencias de su comportamiento, sobre todo porque él me daba vuelta las cosas y me hizo pensar que como ya teníamos relaciones y comenzábamos a vivir en pareja, era como que ya estábamos prácticamente casados a los ojos de Dios y que lo que hacíamos al casarnos era cumplir con su voluntad. Y ni hablar cuando me quedé embarazada, unos meses antes del casamiento, me reforzaba más el casarnos por la familia. Lamentablemente, unos meses antes del casamiento, perdí a mi primera hija. Fue un dolor tan profundo, tan culpable, y tan sola. No me di cuenta que él me había dejado sola. Yo estaba tan perdida en mi dolor, que nunca reparé en que él no me consolaba. O se me quedaba mirando como si no entendiera nada. Igualmente, nos casamos cuando teníamos planeado.

El casamiento, fue en casa de una tía mía, a la canasta, vinieron mis familiares de varias ciudades y hasta de mi familia que vivía en Europa. Todos los de mi lado, familia chica, familiares, amigas, todos colaboraron. No puedo decir lo mismo de la familia del ¨novio¨. Solo estuvo presente su familia, una tía y una prima. Fueron muy poquitos amigos suyos y ninguno colaboró con nada. Por supuesto en ese momento, no me fijé en nada de eso, yo todavía estaba de duelo por mi primer bebé. 

Esa noche él se emborrachó al punto de dormirse y vomitar a cada rato. Yo, por su peso, no me lo podía cargar y realmente me enojó bastante que tomara de esa forma desmedida, sobre todo, porque al día siguiente salíamos de viaje a nuestra luna de miel (que pagó mi padre y que cuyos gastos corrieron «lógicamente» por mi cuenta).

No dormí casi nada, y me levanté a terminar los preparativos del viaje (¡su equipaje!) y en medio de los preparativos, no tienen mejor idea que caer sus padres y abuela a ¨conocer mi casa¨. Digamos que el comienzo de ese viaje fue para mí un dolor de cabeza. En el viaje, él se las arreglaba para que siempre algo le molestara. Y como yo seguía mal, mi deseo era disfrutar del mar de los paseos y demás y no siempre terminaba disfrutando y descansando.

A los cinco meses, me quedé embarazada de los mellizos: Emma y Lucas. Afortunadamente, estos si llegaron a término. Durante mi embarazo, Lalo se hizo miembro de un club de motos, ya que él es fanático de ellas, y bueno, comenzó a ir a las reuniones, y he aquí mi sorpresa que a la tercera reunión él ya tenía un puesto de importancia en el club, ya que era el que tomaba las decisiones. Entonces tenía que salir más seguido, y, como no quería salir en su moto, tomaba mi auto, y me dejaba las noches enteras sola. Volvía a la madrugada, borracho.

Cuando le reclamé me contestó que yo era una celosa que no quería dejarlo ser libre y disfrutar con sus amigos, y que era una desubicada por llamarlo a las cinco de la mañana, estando yo de siete meses de embarazo.

También en ese tiempo, comenzó a mostrar su mal humor a la hora de conducir. Cada vez que él conducía, se peleaba con los conductores de otros vehículos, porque lo pasaban!! ¡Les ofrecía piña a los gritos!!! Y yo, ¡no podía entender esto! Encima la culpa era mía porque yo lo ponía de mal humor y lo molestaba cuando empezaba a correr para ganar a alguno que se prendiera, y lógicamente se enojaba cuando lo pasaban. 

Mi embarazo fue para mí un poco raro. Porque por un lado yo intentaba estar lo más tranquila posible, mientras mi marido me dejara, y por el otro, mis hijos (la ecografía daba mellizos) no se movían. Así que me compré un detector de latidos fetales por internet, para no tener que ir todos los días a la guardia. De hecho, nunca se acomodaron; ellos estaban muy cómodos en su posición. . tuvo que ser cesárea porque nunca se acomodaron. Para cuando nacieron (¡Mellizos divitelinos! ¡Nene y nena! ¡Un encanto!) mi marido no estuvo acompañándome, sino, que estuvo trabajando… ¡para su madre! ¡Y así lo hizo por el resto del mes! Hablar de mi suegra es capítulo aparte. [¡De tal gallina tal huevo!]

En los primero días de postparto Lalo no estuvo de acuerdo con que yo me fuera a lo de mi madre, así que me quedé en casa. Pero él ni me ayudaba a levantarme ni tenía ganas de cocinar, así que, cuando él  me cuidaba, yo comía lo que él me cocinaba de mala gana. Luego decidimos que durante el día me dejaba con mi madre, por lo que ahí tuve mucha contención, ya que sufrí muchos dolores por no haber hecho reposo los primeros días. 

A todo esto que yo estaba viviendo, mi ¨marido¨ unos días antes de que se cumpliera el mes de nacimiento de los mellizos, me dijo fríamente que se había quedado sin trabajo. Fue una patada en el estómago. Yo contaba con su trabajo para poder tomarme unos meses con mis hijitos. Pero no los tuve. Y fue un gran dolor, ya que debía dejarlo para ir a trabajar. Por su parte, «mi esposo» supuestamente buscaba trabajo. 

Un día, en el que yo tenía que hacer unos papeles en el escribano y me había dejado los documentos en mi casa y lo llamé a Lalo, me contestó que no contara con él porque estaba ocupado, así que llamé a mi madre. Ella fue a mi casa, y se llevó la sorpresa de que el ¨ocupado¨ marido mío dormía. Y así en adelante.

Lalo nunca estaba para cuando lo necesitaba, ya ni me escuchaba; yo lo irritaba y lo enojaba. Cada día salía y se demoraba cada vez más y si yo le preguntaba algo me hacía un escándalo llamándome celosa. Pero jamás me dijo dónde había estado. Obviamente «el muy señor» no usaba su movilidad (moto), sino, siempre la mía (auto) así que, muchas veces, me dejó sin poder salir, incluyendo una vez que se enfermó uno de los mellizos pero él se llevó mi auto y me dejó sin poder llevarlo al médico.

Eso sí, yo era una mala madre, una mala esposa, una mala hija, y de repente, también era inculta, bruta, torpe, sucia y no sé qué cantidad de «elogios» más. Por supuesto, todo esto era en la intimidad del seno familiar. Frente a familiares o amigos él era nuevamente atento, ya no tan cariñoso, pero cada tanto me hacía algún cariño. En la parroquia parecíamos la familia perfecta, y él, muy piadoso. Siempre dispuesto a ayudar y, con la familia, muy atento y hasta afectuoso, y de esto yo tampoco me daba cuenta. No advertía que era todo actuado y premeditado. El siempre quedaba ante los demás muy bien parado. Él a todos lo que lo conocen les da la impresión de ser un hombre que no mata ni una mosca, de alguien que no tiene maldad.

A medida que iba dándome cuenta de todo esto, empecé a comentarlo con el párroco, y le pedí que, por favor, hablara con mi marido, porque no tenía trabajo, o los trabajos le duraban muy poco; pero que Lalo me recalcaba, a cada rato, que él era la cabeza de la familia y yo debía obedecerle. Pero, ¡yo no podía obedecer a alguien que de repente me despreciaba y encima yo mantenía! Ni hablar de lo demás.

Yo, además, tampoco le tenía paciencia porque con la educación de los mellizos chocábamos a cada rato.  Él esperaba un comportamiento de mis hijos, mayor del correspondiente a su edad. Pretendía que los niños no tocaran el piso, las paredes, la tierra, el pasto, los animales… y andaba lavándoles las manos a cada rato. Pretendía que los niños se quedaran quietos y callados y que no lo molestaran. Cosa que a mí me parecía, como es obvio, desubicado.

Cuando él se quedaba a cargo de nuestros hijos, era una pelea constante. Los niños tenían sus horarios, y él no se los respetaba; pretendía que ellos se adaptaran a los suyos. Dado que él se quedaba hasta la madrugada en la computadora, por la mañana dormía. Entonces los niños se despertaban, y no desayunaban hasta que el padre decidiera levantarse. Lo mismo con el almuerzo, durante el cual, lógicamente, casi no almorzaban, porque ya se les había pasado el horario.

Lo que si me parecía curioso, por ejemplo, es que él lograba que una niña de dos años, se quedara quieta, calladita y tranquila y dibujando mientras le tocaba a él cuidarlos. Con esa edad ellos nunca se comportaron así conmigo; al revés: corrían, se ensuciaban, nunca se quedaban quietos y no cesaban de parlotear.

Así nuestras peleas empezaron a multiplicarse, y con ellas mis dolores de cabeza, mi estrés y la tensión en las cervicales. Una vez iniciada una pelea con este hombre, era interminable. Y lo peor es que siempre mis argumentos no tenían ningún valor. Hasta que comencé a callarme. Ya todavía discutíamos, pero llegado un momento yo me callaba y trataba de no escucharlo, para lo cual comenzaba a rezar.

Todo esto fue un proceso progresivo y lento pero sin pausas ni retrocesos. Él iba agregando de a poco al repertorio de sus acosos, inventos que sabía que me pondrían mal, o me enojarían. A su vez, él, se enojaba cada vez más fácilmente y por cualquier cosa. La resultante de sus acosos y sus iras era que el ambiente doméstico se iba tensionando progresivamente. Yo me enloquecía entre mi trabajo fuera de casa con el que mantenía a él y a mi hogar, mis tareas domésticas, el cuidado de los niños y soportar los caprichos, agravios y malos tratos de Lalo . No tenía tiempo de detenerme a pensar ni analizar la situación porque mi día comenzaba a las 7 am y terminaba a las 2,30 am. La esclava no tenía un minuto para examinar lo que iba sucediéndole.

En medio de todo esto, sutilmente comenzó a querer aislarme, de repente las amigas que tanto le agradaban, eran unas mundanas, impías que no debía yo seguir frecuentando. ¡Ni hablar de las judías (¡según él las deicidas!). También tenía problemas con mis amigas de la parroquia, ninguna le caía bien, y finalmente, mi familia. De repente, toda la gente que al principio le caía bien, él ahora los despreciaba. Siempre les encontraba algo por lo que yo no hacía bien en juntarme con ellos: o eran soberbios, o eran mundanos y una lista larga de calificativos denigrantes de los que él envidia profundamente. Pero su objetivo era aislarme. Afortunadamente, por más que me hablara mal de medio mundo, yo jamás entré, aunque no del todo, en el juego. Mis amigas de la infancia y mi familia, fueran lo que fueran, son mis afectos y él no consiguió que los dejara. 

Otra cosa, que estaba olvidando, es que Lalo parecía vivir en otra realidad. Siempre me prometía cosas que yo ya sabía, por ver la realidad, que no iba a cumplir. Por ejemplo, una vez tuvo la oportunidad de rendir concurso para mejorar la categoría de trabajo y por supuesto el sueldo. Como en ese momento él tenía muy pocas horas de trabajo, él disponía de mucho tiempo para prepararse ¿Pero qué hizo? Dormir, ver películas hasta tarde, salir con sus amigotes de las motos y pelearme, cuando yo le hacía ver que estaba perdiendo un tiempo valioso. Finalmente llegó el día del concurso, y Lalo se fue diciéndome que iba a ganar (¡obviamente yo no podía creerlo!!) y por supuesto, le fue mal. Lógicamente, le fue mal por culpa de los otros, no de él. Y también por culpa mía y de los chicos que lo molestábamos y no lo habíamos dejado estudiar. 

También me prometía que tendríamos una casa, (porque, alquilábamos y por supuesto todos los gastos, garantes y pagos de alquiler corrían por cuenta mía). Siempre que se las veía a las malas conmigo me sacaba el tema y me prometía la casa. También andaba pendiente de a quién podría hacer juicio para sacar el dinero. En esto, también intervenía su madre, que llevaba unos cuantos juicios al estado y me prometía que cuando cobrara ella, una parte iba a su hijo y con eso podríamos comprar una casita modesta. Pero su hijo me prometía la casa, y soñaba con cambiar la moto. Y con un montón de cosas fantasiosas en las cuales no nos daba lugar a nuestros hijos ni a mí. 

LA SUEGRA

Quiero también llamar la atención, a que este hombre, no me manipulaba o mentía él solo, sino que su madre también lo hacía. Colaboraba con él sacándome información por medio de su hijo para poder manipularme. Me hacía creer que se interesaba de mí y mis hijos, pero en realidad eso era parte de su juego. Luego usaba a mis hijos para tratarme de mala madre, a lo que su hijo se prendía del discurso, para manipularme él también. Porque si los niños se enfermaban y yo no tenía tiempo de cuidarlos por el trabajo, era yo una mala madre por no dejar de trabajar y atenderlos.

Mi suegra también enviaba comida regularmente, porque, presuntamente, lo que yo cocinaba no los alimentaba bien, y así procedía su madre conmigo, su nuera, con cada cosa concerniente a mi desenvolvimiento como madre o ama de casa. Porque, naturalmente, al trabajar yo fuera, mi casa no brillaba ni estaba ordenada.

Por supuesto que cuando su madre hablaba conmigo, era la persona más comprensiva del mundo y me apoyaba, pero después venían los comentarios cargados de veneno, o las comparaciones con las otras nueras, o con ella misma, que era perfecta.

Tenía tal influencia en su hijo, que lo que ella pensaba o decidía tenía más peso en Lalo que mi opinión. Eso me enfurecía y no podía entrar en mi cabeza, que esta mujer tomara decisiones sobre mis asuntos domésticos, siendo que el ama en mi casa era yo. Lo que yo opinara o dijera acerca de cualquier cosa, desde que me casé y en adelante, había ido perdiendo valor y vigor, hasta directamente y de hecho, no tener ya valor ninguno. Él ¨ni siquiera se acordaba” de que yo hubiera hablado de algún tema de manera contraria a lo que él o su madre y él querían. Mis ¨no¨ a algo nunca eran tenidos en cuenta y se hacía la voluntad de él  y de su madre, o mejor dicho, de su madre y él.

El resto de su familia, si en un momento pensaba distinto de mi suegra, les duraba muy poco y en seguida terminaban pensando o haciendo la voluntad de ella (aunque fuera a regañadientes).

 Por supuesto, nada de esto se manifestó durante el noviazgo, y cuando yo se lo hacía ver a Lalo, él me contestaba que él me había avisado en su momento que  su mamá tenía un carácter difícil. Pero eso no era cuestión de ¨carácter¨; toda su vida y conducta era distinta de lo que él me había pintado de novios. De ser su mimada, pasé a ser su esclava, y sin darme cuenta.

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