SUSANA SEEBER DE MIHURA 1947/3 [51] JUNIO a AGOSTO

1947 JUNIO a AGOSTO

JUNIO

 12        He vuelto a casa angustiada. ¡Qué hastío, el de conversar y sonreírme, cuando en realidad siento un abismo entre la gente y yo! Un momento, mientras conversaba con R., que me hacía conversación “inteligente”, mientras a mi alrededor hablaban de “bridge” y de “canasta” –y yo hacía, también, contestaciones “inteligentes”-, sentí que me entregaba al que era un vacío que iba creciendo adentro mío. Tenía ganas de llorar un llanto tan hueco y sin sentido, como eso en lo que me había transformado. Y hoy fui a lo de María Elena [Prima hermana de la autora, con quien la unía una íntima amistad.], pensando por allí, en cambio, podría hablar realmente yo, con palabras que expresen y den vida en el mundo exterior a esta riqueza que siento, como un peso querido, adentro mío. Podría hablar, y escucharla a ella decirme de ese otro modo, de ese peso y riqueza distinto de los míos, pero igualmente profundo y real, que hay en ella: del mundo de un amor humano verdadero, y que tiene la forma de su propia originalidad y fantasía. Cada una iba a hablar de lo que amaba, y nos comprenderíamos. Pero, cuando llegué, estaban S. y D. Y, si ayer lo que sentí fue vacío y aburrimiento, hoy era un frío de muerte. Algo así, tan helado como la frente de papá muerto:  un frío que asusta, porque es el frío de lo que debiera estar caliente. Volví desesperada por haber dejado entrever mi religión. Porque las dos personas que tenía enfrente eran ateas, tranquila y serenamente ateas; y lo único que me hacía soportable la conversación (que por otra parte fue muy amable y graciosa, como si no estuviera doliéndome el corazón) era sentir la comprensión y el calor de María Elena a mi lado.

            El otro día, pensando en el “apostolado” de Acción Católica, me decía a mí misma: “No es posible que no sea más que este influir disimuladamente y en mi propio medio. Es demasiado fácil y agradable”. Pero después de mi experiencia de ayer y de hoy, estoy asustada. Hacer toda esta “vida social” (¡que antes me divertía!), no por mí, sino por Cristo. Soportarlo como un deber. Instruirme, perfeccionarme, amar cada vez más y mejor a Cristo, para poder irradiar eso después, en este medio.

            Recristianizar. ¡Esta idea de la Acción Católica es extraordinaria, de puro evidente y sencilla! Pero hay que hacer un estudio de, eligiendo las personas y el momento. Sobre todo, nunca hablar directamente de religión, cuando se está en rueda.Y antes que nada: enriquecerme, porque no podré dar sino lo que tenga.

            Estoy escribiendo esto, y lo que realmente quisiera escribir, es que mi alma desborda. Tengo ganas de arrodillarme y rezar, y decir: “Te quiero, Te quiero, Dios mío. Te quiero, y quisiera que todos Te conocieran y Te amaran. Te quiero, y no tengo sino unos momentos a la noche, para poder estar sola contigo, para pensar en Ti y pedirte que me des comprensión de lo que Tú eres”. El resto del día tengo que materializar mi amor, vivirlo en hechos, en gestos y en palabras, ¡disimulando mi amor!, sin poder hablar de Ti. Oh, Dios mío, ¡ni aquí me animo a decir mi amor! ¿Cómo hacer para llegar a Ti, cómo hacer para conocerte? Te quiero, y, sin embargo, no Te conozco: no eres sino este amor que hay en mí, este amor que me ahoga porque aún no alcanza a verse. Con espanto y pasmada comprendí ayer, de pronto, que ya no hay en el mundo nada sino Dios que pueda satisfacerme. Que he encontrado, al fin, lo que busqué en el arte, en el placer, en el amor humano; busqué sin saber el nombre, sabiendo solamente que era algo que debía llenar todas, absolutamente todas mis facultades. Pero ahora, que lo he encontrado, sobrepasa a mi capacidad, y estoy perdida, perdida como una criatura en un bosque inmenso.

 

***                                                                                                 

 

13        Estoy en una espantosa incertidumbre y confusión. ¡Ver claro adentro de mí misma! ¿No soy capaz de pensar en profundidad, de detener un momento esto que gira incesantemente adentro mío? ¿Creo verdaderamente, sinceramente, en esto de la Acción Católica, o es en mí algo artificial? No sé, ya, lo que pienso. ¿Creo, cuando digo que se nos viene encima una época de oscuridad y de lucha, en la que ya no contará lo exterior y superficial; en la que lo único que importará será la fe y lo esencial? ¿Una época en la que sólo a fuerza de heroísmo, como la de los primeros cristianos, se salvará el Espíritu para un futuro lejano? Si realmente esto es lo que creo, el eje de mi vida tiene que ser otro. Entonces todo, desde mi vida social hasta la educación de mis hijos, todo tiene que transformarse. Todo interés material desaparece y lo sustituye lo espiritual. Y esto, en cierto modo, me alegra; porque me da una sensación de libertad, de amplitud.

 

***                                                                                         

 

O quizás todo esto sea una locura, el libro sobre la Acción Católica que estoy leyendo, y el apostolado, el reino de Dios, todo. Quizás no me parece verdad sino porque estoy “sugestionada” por el padre, y me despertaré de pronto, y miraré la vida a mi alrededor con los ojos de antes, y no sentiré este peso que me oprime y me angustia. ¿Qué tengo que ver yo con el distintivo de la Acción Católica? ¿Qué disparate es éste de “hacer apostolado”? ¿Yo, yo, metida en un salón de parroquia oyendo hablar de Cristo y de las almas, y de santidad, de una vida entregada totalmente a Dios? ¿Yo, Susy Seeber, la mujer inteligente, tan firmemente plantada en la realidad, tan llena de entusiasmo por la vida, por toda la vida, por mis hijos, por el placer, por los árboles y los libros? ¿Yo, en un mundo limitado y cerrado, de congresos de Acción Católica y conferencias parroquiales?

            Y sin embargo ayer, frente al Santísimo, aislada entre todo ese mundo de gente de mi clase, sola frente a la Hostia –no yo sola, sino yo que soy mis hijos y mi marido, porque de ellos estoy llena, enriquecida-, esa yo adoraba, amaba a Dios. Y lo que yo sentía era tan real como una cosa palpable y visible.

 

***                                                                                     

 

14        El histerismo era lo de ayer. ¡Cómo amo el día, cómo se alegra mi espíritu en el día! ¡El cielo estaba tan azul, las líneas tan nítidas, esta mañana!

            He estado leyendo hoy, otra vez, el libro de la Acción Católica. Lo que leo es perfectamente razonable, inteligente. Ahí no hay absurdos ni argumentaciones de mala fe: tout se tient [Expresión intraducible estrictamente: “todo armoniza”, “todo está en su lugar”, “todo se corresponde, es coherente”.] Entrar en la Acción Católica no es un histerismo, ni nada “sugestionado”. Es matemáticamente inevitable, si razono mi catolicismo. Se “deduce de las premisas”, como decía mi libro de Santo Tomás. Un católico consciente no puede dejar de estar en la Acción Católica. Pero la mayoría de los católicos creen que ser católicos significa ser una persona que va a misa, que se confiesa y comulga, y reza: “La religión es una cosa tan íntima”. No, no me ha “sugestionado” el padre; ha puesto este libro en mis manos, como ha puesto otros, y me dejó con ellos. Dejó a mi inteligencia sola con ellos. Y si ha intervenido después, ha sido a la zaga de mi razón, de mi sensibilidad o de la gracia de Dios (o de lo que sea). También me ha hecho bien leer, hoy, el libro de Conversaciones Filosóficas del padre Castellani. En realidad, esa es la clase de libros en los que me siento segura y tranquila: los que hablan a mi inteligencia, y no a mi sensibilidad.

            Me sofocan estas reuniones de la Acción Católica; me dan ganas de salir a la calle, y reírme y flirtear. Me agobian tantas frases sobre religión. Y pienso que, en un arranque, podría mandar todo al diablo. Me sofoco conmigo misma, también. Pero todo eso no quita que, en los libros que leo, la idea de la Acción Católica satisface a mi inteligencia (¡aunque la “dulzura”, la “bondad y la piedad” me sofocan tanto!).

 

***    

 

25        Y esos días en los que el espíritu enmudece. La indiferencia nos viste con su helada claridad,  y a ninguna cosa exterior podemos arrancarle una vibración. Los libros y las palabras, todos son un gran silencio.

            Es, quizás, porque no rezo. No sé cómo se debe rezar, y siento incluso aversión a rezar. He rezado cuando mi corazón desbordaba. Siento, sin embargo, en el fondo de mi conciencia, algo que  no es pensamiento, ni intuición ni sensación, algo como la niebla que se levanta en los terrenos bajos, al atardecer: los Sacramentos, la  Comunión .

 

JULIO

 

5          Una frase de M.: “Yo creía que estaba en el mundo para ser bien educada”. No fue una frase dicha en broma, sino con amargura. Yo pensé: “A mí me enseñaron que estaba en el mundo para desarrollar mi personalidad”. Y V. por su parte, dijo: “a mí me enseñaron que estaba para cumplir con el deber”.

             También están aquellos a los que no les enseñaron nada, y nunca se han dado cuenta de que están en el mundo para algo. Allí ha de radicar ese “sentirme de otra raza de otra especie” con ciertas personas, personas con las que no encuentro punto de contacto.  No así con las “V.” o las “M.”. Porque eso que nos enseñaron ha dejado una base: algo sólido, y susceptible de ser elevado a Dios; y en los otros no hay nada, son un vacío. Todas las cualidades aristocráticas que tiene M., cualidades de dignidad, de valor físico y moral, no han necesitado sino que una luz las tocara para espiritualizarse. Así como el sentido del deber, que es en V., hoy, profundidad y disposición al sacrificio o como el sentimiento que yo tengo, de que debo poner mis posibilidades al servicio de Dios. (¡Tan se hace carne y sangre, en nosotros, ese ideal con el que nos educaron, que no concebimos otro para nuestros hijos!).

            Pero que estábamos en el mundo “para glorificar a Dios”, eso jamás nos lo dijeron: y es la frase clave de toda la existencia.

 

***                                                                                            

 

25        Viajamos. [Viaje a Mendoza, con el marido y los hijos, para las vacaciones de invierno.] Vi las montañas nevadas, anduvimos en medio de las nubes y de la niebla. Y yo andaba como una extraña. Sentía: veo, y estoy dormida, estoy ausente. Y creo que era la sorpresa de la belleza reencontrada. Hacía tanto tiempo que no estaba en un lugar desconocido, tanto tiempo que no veía por primera vez un determinado paisaje. Pero ¡cómo la amaba, cómo la amo, a esa belleza y ese desconocido! No como antes, que me levantaba, muy alto, y me llenaba de una especie de embriaguez. Porque ahora estoy atada a la tierra, porque ahora hay en mí mis cuatro hijos.

 

***                                                                                                 

 

31        “No usar como fin de lo que es un medio”. Cuando algo no marcha, es decir, cuando no tenemos paz, estudiarse: con seguridad, la causa está en haber tomado el medio como fin. El fin es conocer, amar y servir a Dios. Los medios, todo lo que constituye nuestra vida: lo que somos y lo exterior a nosotros.

            El cristianismo no es duro ni blando, sino austero. Traducido a la vida práctica, eso significa: gozar o sufrir con medida; rezar o gozar con medida, en tanto en cuanto sirvan a nuestro fin: eso es la medida. Y eso es lo que me da la guía, la regla para mi actitud religiosa y para la vida. Seguir en eso mi razón, después de haberme preguntado: ¿me acerca o me aleja de mi fin? Con esa regla medir, incluso, hasta las prácticas religiosas. Mi ida a misa todos los días, mi comunión, me acercan: porque son el rato de soledad y silencio que necesito. La “logia de oración”, de V., me aleja: y en esto hay un problema que no es solo de temperamento o de instinto. Leer ¿aún esos libros que probablemente estén en el “Index”[“Índice” de libros de lectura prohibida por la Iglesia, instituido por el papa Pablo IV en 1557, y vigente hasta fecha reciente (1966). Dicha lectura requería permiso especial.] ¿Acaso me alejan? No, la belleza, aún esas, me acercan. (Pero como no estoy segura, consultaré con el padre). ¿Y en la cuestión de la Acción Católica? Allí hay otra cosa, allí no veo claro, porque entra el servir, el decir: Dios mío, haz conmigo lo que Tú quieras.

 

AGOSTO

 

6          ¡Otra vez un té! Voy a suprimir definitivamente la vida social. Mano a mano puedo interesarme; porque, entonces, esa que está enfrente mío es una persona, y dice lo que siente. Pero este hablar de cosas que me son, hoy, tan indiferentes: el convencionalismo de esa mesa rodeada de mujeres. Y comprobar que, realmente, estoy viendo todo –desde los cuadros hasta la política, pasando por las diversiones- desde otro ángulo que el de ellas. ¡Me sonaba a broma oír proponer, y arreglar encontrarse en una casa de té, por el programa de tomar el té y oír unas canciones “louches” [“De doble sentido”, “equívocos”]! Me parecía tal el disparate, que esas mujeres con hijos grandes, consideraran eso un programa, que les divirtiera! ¡Mujeres que no son tontas, mujeres corrientes! No fue desesperación, sino una indiferencia tan total, que hasta lo que comía no tenía gusto a nada.

            He sufrido, estos tres días, una angustia y una intranquilidad que me impedían vivir normalmente. El padre me había puesto otra vez de pie sobre la realidad. Pero me dijo “Ud. está al principio de la vida espiritual”. Y yo me pregunto: ¿cómo se llega a una más profunda vida espiritual? En el instante de escribir esto, como de lo profundo de un pozo, sube una leve, muy leve onda a la superficie. Leve, muy fugaz: la Comunión, la Gracia, ir a esa puerta.

 

***                                                                                              

 

24        “Whirlpools” [“Remolinos”, “turbulencias”, “vorágine”.] del pensamiento, en que todo se confunde y uno no sabe a qué está agarrado. Oigo hablar de “la Gracia” y del amor de Cristo, y de misticismo, y encuentro algo anormal y antihumano, locura, histerismo. Y pienso: me equivoqué, todo es mentira, no es esto. Y la vida, la que mis ojos ven y mi sangre comparte, se me aparece como la única realidad. Pero oigo de nuevo las palabras del padre, y todo vuelve a su lugar. No hay “whirpools” ni fantasías, sino sencillez y claridad.

            Humildad y naturalidad. No, no conoceremos a Dios en esta vida; no hay sino una regla, un camino: obedecer a Cristo, y a la Iglesia que es Él. Amar al prójimo como a sí mismo, y ser perfectos como el Padre es perfecto. Uno quiere, espera, no sé qué misteriosas comunicaciones, qué amores extraños, ¡vivir en regiones por encima de la tierra! Pero no es eso lo que se nos manda, sino contentarnos con un ansia, con una sombra que es un deseo y una esperanza. Y en todo lo demás: obras. ¡Oh Cristo, no pretendo conocerte ni entenderte! Creo, solamente, creo que estás en la Hostia, y Te amo con ese amor imperfecto, que no puede siquiera conocerse a sí mismo, ni saber qué es, ni de dónde proviene ni qué límites tiene. Pero aquí, frente a mí, está lo que tiene forma y volumen: mi realidad y la realidad de esta tierra. Y porque Tú lo mandas y tu Iglesia me lo repite, amaré con ese amor humano mío, que sí se conoce a sí mismo y que puede realizarse. Y algún día comprenderé y se armonizará, y este amor se fundirá con el otro y serán una misma cosa.

            Lejos. Lejos de mi espíritu, todo misticismo que perturbe mi realidad humana y me oculte lo que tengo que hacer hoy, en este momento: este pequeño acto material y aparentemente sin importancia. ¡Oh, cómo amo a Tu Iglesia, a la Iglesia que es Tu imagen! Que es la Verdad única, eterna y viviente. La Palabra, humanización de lo que es Espíritu Puro, Dios.

Sé, ahora, lo que tengo que hacer. Sé que tengo que conformar mi vida, totalmente, a lo que la Iglesia me dice. Y la Iglesia me esclarece sobre cada uno de mis actos. Los más importantes y los más pueriles. No se trata de buscar un caminito mío individual, particular, que vaya y venga a Dios, fabricado por mí ¿Qué me manda la Iglesia? Ir a “puiser” [Intraducible, estrictamente: “extraer”, “absorber”, pero también “nutrirse”, “abrevar”.], en los Sacramentos, la Gracia; y un rato de oración. Eso es lo único misterioso entre lo que me pide. Lo demás, es, todo, cuestión de inteligencia y de voluntad: cosas reales y prácticas, al alcance de mi entendimiento humano.

 

***                                                                                                 

 

26        “Sea siempre muy equilibrada”. Esas fueron las palabras del padre. Las tomo como marco en el cual colocarme: ésa mi regla de conducta. “Entre cuando quiera; Ud. ya está en la Acción Católica”. Eso, después de que le expliqué: “Una cosa sé, que amo a la Iglesia, y quisiera que todos comprendieran y vinieran a ella”. Todo lo demás: dudas, gustarme o no gustarme, parecerme pueril esa Acción Católica, en la sala de la parroquia, todo eso no existe, no importa. La Iglesia me lo manda, y obedezco sin preguntar más; sabiendo: eso es lo que debo hacer, obedecer.

            Arrodillada después, frente a la cruz de la Iglesia ¡qué extraña sensación! Me parecía tan grande; yo no la miraba, pero sentía algo inmenso que se abría sobre mí. La bóveda infinita del cielo era una gran cruz oscura, y yo estaba arrodillada a los pies de esa inmensidad. Nada podía decir, nada escuchaba. No había sino ese estar arrodillada, y una gran paz. Como si viniera mamá y estuviera en sus brazos: una paz semejante a ésa.

 

***                                                                                               

 

29        De pronto, he comprendido lo que me era tan oscuro. “No amar más que a Dios, desasirse de las criaturas”. No entendía. ¿Cómo podía dejar de amar a los que amo, y a la belleza de las cosas? Imposible un querer tan anti-humano. ¡No era eso! Era: querer bien. Querer en Dios, eso significaba.

            Transformar ese amar mío, que era para un gozo egoísta –un amarme a mí misma en lo que amo-, transformarlo en un amar por el Bien mismo. Como si a la flor que cuido y se abre, tan limpia y tan bella, no la amara por el placer que me da, sino por la felicidad de que exista una cosa bella. Esa es la felicidad que debe darme: por ella, por la cosa en sí, por la Belleza misma. No porque sea mía y yo la goce a ella, a esa flor que cuidé.

            Y eso ya no es anti-humano. Es elevar lo humano, porque mi pasión subsiste, tan fuerte y tan vital como antes, pero purificada. No “desasirse de las criaturas”, no era eso: era desasirse de uno mismo.

2 comentarios en «SUSANA SEEBER DE MIHURA 1947/3 [51] JUNIO a AGOSTO»

  1. Siempre que leo algo de Susana encuentro un eco profundo en mí; es como si compartiera sus experiencias, es como si viviéramos lo mismo. Desasirse de uno mismo, que no significa querer mal a los demás sino querer siempre primero a Dios, y es Él el que lo permite, mejor es Él quien lo hace, va cortando los lazos emocionales humanos para instaurar, poco a poco, lazos auténticos de amor con Él.
    Aunque se sea tan lento, torpe etc como yo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.