Esta serie de cinco entradas sobre Tristeza y Felicidad es reproducción del capitulo quinto de mi libro titulado «MUJER ¡POR QUÉ LLORAS» y
subtitulado «Gozo y tristezas del creyente en la Civilización de la AcedIa» [1999], cuyo capítulo quinto se titula: «Tristeza y Felicidad en la Civilización de la Acedia». Dicho capítulo quinto es reproducción de una Conferencia pronunciada en la Universidad de Cuyo, Sede San Luis, Argentina, en mayo de 1999. En esta conferencia presenté un anterior libro mío titulado: «EN MI SED ME DIERON VINAGRE» subtitulado La Civilización de la Acedia, [1999] publicado en 1997. Ambos libros se encuentran aún a la venta en la editorial Lumen, Buenos Aires.
5.2.10 La felicidad: asunto profético para los no-creyentes
Las profecías de la Modernidad acerca de la felicidad humana, se resumen en el Mito pseudo profético del Progreso, en su doble vertiente: económica y social. El mito del progreso económico promete como bendición el bienestar y profetiza la abundancia. El mito del progreso social promete la bendición de la seguridad, la justicia y la paz social; y profetiza su realización en el advenimiento de la sociedad opulenta o de la sociedad sin clases.
Desde la Revolución Francesa, las avanzadillas de pseudoprofetas prometieron Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y desde entonces hasta los actuales anuncios de la Postmodernidad, los profetas no han dejado de prometer: el paraíso de la libertad o el paraíso de la justicia, la sociedad opulenta o la sociedad justa y sin clases.
No es difícil reconocer en semejantes profecías, versiones secularizadas de las Promesas y Bendiciones Bíblicas. Tampoco es difícil reconocer su analogía con las Pseudo profecías de los profetas del rey que proclaman: ¡Paz, paz! (Jer 6,14; 8,11).
Su carácter profético se pone de manifiesto no sólo por su contenido, sino porque ejercen dos funciones propias del profeta: 1) interpretar la historia y 2) extraer de esta relectura predicciones de futuro.
Los filósofos de la Modernidad: Kant, Hegel, Comte, Spencer, Nietzsche y otros – profetas atendidos siempre en alguna corte todos ellos, ya que es sabido el influjo y conocidos los efectos políticos que tuvieron sus ideas – propusieron relecturas proféticas de la realidad y de la historia y escrutaron el futuro con predicciones augurios o promesas.
2.11 Las profecías modernas son antagónicas de las Profecías creyentes
Quizás el mayor reproche que pueda hacer el creyente a la Modernidad secularista y a sus mitos sobre la felicidad humana, sea precisamente el de su antagonismo constitutivo, radical y principista, respecto de la felicidad que el creyente espera de Dios; así como la pretensión de configurar un universo cultural que lo excluyera (al creyente y al objeto de su esperanza). Los mitos del progreso: ¿exigían, como sacrificio fundacional de sus templos, enterrar al creyente en los cimientos de la civilización feliz? Desde su origen las eudaimonías ilustrada, modernista y secularista, tienen en común un rasgo: su intolerancia profética y la fundamentación de sus promesas y certezas sobre la negación.
2.12 Profecías de Corte
La causa de esa ojeriza constitutiva contra las profecías creyentes, es la voluntad de poder de los soberanos, a los que las profecías seculares están destinadas a servir. Cuando uno advierte los motivos políticos subyacentes a ciertos reclamos de la autonomía de las realidades terrenas, se comprende mejor que el secularismo es una ideología [1] cratolátrica, típica del profetismo cortesano, que funciona como religión laica y que anuncia lo que agrada a los poderosos (bíblicamente: al rey). Estos profetas de la Corte anuncian paz cuando no hay paz o trastocan, pragmáticamente, el juicio sobre el bien y el mal, según convenga a la praxis del poder (Isaías 5,20; Miq 3,2). Sirven a la liberación del gobernante de los vínculos de la conciencia cristiana creyente. Triste liberación, porque cuando Ajab se hace autónomo, por consejo de Jezabel, queda libre de las obligaciones de la piedad, prescritas por Dios, para despojar de su viña a Nabot (1 Reyes 21,1-3).
En efecto: es característico de las realizaciones políticas del pseudo profetismo de la modernidad secularista, justificar la práctica de la crueldad con los individuos, alegando razones de felicidad pública, o practicar la crueldad en el presente, en aras de una presunta felicidad futura. En este sentido, en la medida en que los profetas prescriben y aconsejan «sacrificios«, se convierten también en profetas del santuario del culto socioeconómico de la modernidad y asumen un rol que los aproxima al de los sacerdotes que entienden de sacrificios agradables a Mammon.
En nombre del Mito del Progreso se ha operado y se sigue operando la confusión reduccionista que entiende la felicidad humana como bienestar; confusión a la que ha contribuido la sofística de algunos, y que en la práctica – como hemos señalado – se presta para justificar la opresión totalitaria de los individuos por el Estado, o de las minorías – religiosas o étnicas – por las mayorías, o de los débiles por los mejores (Spencer) y a justificar la desaparición de lo que «tiene que morir» en aras de la evolución cósmica (Theillard).
A estos mismos fines ha servido también un último abuso: al usar las ciencias en clave profética anticatólica – la polvareda darwinista es un típico ejemplo – la Modernidad secularista no respetó su verdadero estatuto epistemológico ni su autonomía legítima, sino que la sometió al yugo de la apologética anticatólica, o a sus fines de dominación por medios ideológicos.
Espontáneamente acude aquí el recuerdo de la Prière sur l’Acropole de Ernest Renan, página transida del ímpetu profético moderno y anticatólico que impregna toda su obra: «El mundo se salvará solamente si vuelve a ti (Atenea), repudiando sus bárbaras ataduras (cristianas)». Por más de un aspecto, estos recuerdos parecen un remedo de las Confesiones de San Agustín. Renan presenta su apostasía como una conversión a una nueva fe de la razón: «¡Tarde te he conocido, belleza perfecta….Los dioses pasan como los hombres, y no sería bueno que fueran eternos. La fe que se alentó una vez no ha de convertirse nunca en cadena. Se ha cumplido con ella cuando se la envuelve cuidadosamente en el sudario de púrpura en que duermen los dioses muertos» [2].
¿No es significativo que la primera traducción castellana del Jesús de Renan haya aparecido en Montevideo en la imprenta de vapor de Vaillant, uno de los progresistas empresarios franceses venidos con la Guerra Grande y rápidamente enriquecidos? Ello habla de la precoz receptividad que tuvieron ciertos elementos de nuestro medio frente a las recetas de éxito material y a las profecías de los sacerdotes y profetas de la burguesía industrial europea.
2.13 Tentaciones en el diálogo
Advertíamos la necesidad de tener en cuenta, al entablar el diálogo con el ateo acerca de la felicidad, el género literario que cada uno utiliza y también el plano epistemológico en el que realmente se sitúa (y no puramente aquél en que dice situarse). Si no se presta atención a esto, puede ser que las partes dialogantes se desencuentren. Porque se allegan a dialogar, por un lado un ateo-en-profeta y por el otro un creyente-en-filósofo demasiado a menudo dispuesto a autocensurarse en lo esencial. Por un lado un hombre no religioso, que se dice no-creyente (y quizás cree sinceramente no serlo) pero que suele tender a imponer, bajo velos científicos y meramente racionales, una’ fe’ [3]. Por otro lado, un hombre creyente y religioso, pero que, por gentileza dialogal o por complejo inducido por reflejos culturales condicionados, se comporta como si no lo fuera, e incurre a veces en una ‘apostasía funcional’, más o menos momentánea, con fines de diálogo.
Es obvio que para entenderse con un no creyente, hay que prescindir de los principios revelados, como hace Santo Tomás en el Adversus Gentiles. Pero no hay que ser ciego para todo lo que hay de irracional detrás de las pseudo-religiones se- dicentes científicas y racionales, de que consta el neo-paganismo ilustrado, moderno y postmoderno.
La tentación de Elías, arquetipo de los profetas creyentes, fue oponer la violencia contra la violencia de los pseudo-profetas de Baal. Esa tentación acecha perennemente al hombre de fe en su fervor apologético. Pero no es la única tentación que lo amenaza. También está la inversa: el opuesto irenismo, en el que nos preguntamos si no incurren alguna vez algunos católicos, y no de desdeñable categoría intelectual.
Afortunadamente, el diálogo de la Iglesia con la Modernidad y con su herencia postmoderna acerca de la felicidad humana, no se inicia hoy. No sólo somos herederos de un caudal de respuestas sino que hemos conquistado un estilo para responder. Están entre nosotros los modelos a imitar.
2.14 Algunas respuestas católicas
Cuando la Constitución Gaudium et Spes o el Papa Juan Pablo II en la Sollicitudo Rei Socialis, la Centessimus Annus y otros documentos de su magisterio, critican, corrigen o puntualizan en lo referente a los caminos por los que los gobernantes del mundo actual van buscando la felicidad pública; cuando hacen la crítica de ciertas concepciones del desarrollo humano; cuando echan una mirada de conjunto sobre la situación de la Humanidad y diagnostican sus luces y sombras; están asumiendo un rol profético. El Magisterio tanto el Pontificio como el Conciliar, tanto por sus contenidos como por su estilo, es una forma autorizada del profetismo católico. Por eso, no es de extrañar que sea resistido por los pseudoprofetas del poder, como lo fueron los profetas bíblicos por los profetas de Baal y los profetas del rey impío. El lugar orgánico de la acedia contra el Magisterio, particularmente el del Papa, dentro del misterio de la acedia, se hace así lógico y trasparente.
El caudal del río del magisterio, recoge innumerables hilos de agua: la vida santa de los fieles sencillos, guiados por la sabiduría del Espíritu Santo que les enseña todas las cosas; la doctrina y la benignidad de los pensadores católicos. Pensamos en la enseñanza y la mansedumbre impertérrita de un Romano Guardini; en la erudición histórica de un Christopher Dawson; en el humor penetrante y paradójico de un Chesterton; en las visiones de la Europa cristiana de un Hillaire Belloc. Si bien, por un enrarecimiento editorial, sus obras van siendo difíciles de encontrar reeditadas, sin embargo, aún está vigente el valor de su magisterio intelectual para las nuevas generaciones católicas que deseen aprender a distinguir entre los cantos de sirena y el canto de los ángeles.
He nombrado una serie de autores. Siempre que se dan nombres se incurre en omisiones injustas o se confiesa simplemente la ignorancia o la falta de memoria. El cuestionario del Secretariado para No Creyentes, del cual partimos para esta reflexión, nos ha servido para refrescar la memoria de algunos maestros del pensamiento católico que han pensado sobre la felicidad humana. Uruguay cuenta con uno de esos hombres proféticos que desearíamos fuese más conocido fuera de nuestras fronteras uruguayas e incluso americanas.
[1] Usamos aquí la expresión en el sentido y con todas las resonancias y connotaciones en que la define el Documento de Puebla (Nº 535-538). En el documento se observa que las ideologías, además de estar al servicio de grupos de interés, «se transforman en verdaderas ‘religiones’ laicas. Se presentan como una ‘explicación última y suficiente de todo y se construye así un nuevo ídolo, del cual se acepta a veces, sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio'» (Puebla Nº 536, citando la Octogesima Adveniens de Pablo VI)
[2] Ernest Renan, Souvenirs d’Enfance, Prière sur l’Acropole, Ed. Araújo, Bs.As. 1945, primera cita en pp.144-145; siguientes citas en pp. 149.153
[3]En el ‘progreso’ de la Historia, por ejemplo.