AMAR NUESTROS LIMITES [2 de 11]
OBEDIENCIA, LÍMITE DE MI VOLUNTAD

Obediencia: límite de
la propia voluntad
Los
mandamientos son un límite.  
Manifiestan
la voluntad de Dios y marcan en ella el límite de la mía.  
Los mandamientos marcan un límite a nuestro
obrar.  
Señalan un molde donde ha de
volcarse nuestro querer, para adquirir la forma del amor divino. 

Así que
precisamente por allí por donde se nos pone un límite, se nos ofrece – por el
camino de la obediencia a Dios – la dilatación de nuestro corazón estrecho 

«Corrí por el camino de tus mandamientos, cuando dilataste mi corazón»
(
Sal 118,32).
  

Los elogios de la Ley en
el Antiguo Testamento, muestran a los mandamientos como límites amables, que no
recortan la libertad, sino que nos hacen libres.
Si
no sabe el hombre a dónde ir ¿de qué le sirve poder tomar cualquier
camino? 
Pero
si lo que quiere es ir a Dios, ¿para qué quiere otro?:
La senda de los
mandamientos, le ensancha el corazón.  
Los mandamientos son límites amables.  
No nos empequeñecen, nos engrandecen.  
La voluntad que obedece por amor, se agiganta en el amor todo lo que se
achica en la obediencia.  Se da a sí
misma todo lo que se niega a sí misma.  
Poniendo un límite a mi voluntad, dilataste mi voluntad.  
Amo Tu voluntad ilimitada, y así, la mía, se
dilata en la Tuya.  
Por eso, Tú, al
crearla limitada y libre para autolimitarse por amor a Ti y ser dilatada en la
abnegación, viste que «Era muy buena» (Génesis 1, 31).

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