EL VELO EN LA ORACIÓN – HAZ LA PRUEBA


EL VELO PARA ORAR
Testimonio de Sonia Vázquez

Hace unas semanas, al salir de una Iglesia en la que me
encontraba haciendo oración, percibí cómo un señor le decía a su esposa, “mira,
así deberíais de ir todas las mujeres”, lo escuché perfectamente… 
¿A qué se
refería? Ni más ni menos que al velo que cubría mi cabeza.

No sé que pensaría ella, ni lo que llegó a contestar, si es
que dijo algo, ya que no me quedé más tiempo allí. Lo qué sÍ sé, es la
respuesta a una pregunta que me han hecho en repetidas ocasiones, ¿Por qué
debemos utilizar el velo, las mujeres del siglo XXI? ¿Tiene sentido hoy en día,
el uso de una prenda que muchas personas consideran desfasada, anticuada y sin
sen sentido?… 

Cuando en nuestras Iglesias vemos a diario a la gente más
desnuda que vestida, ¿Podemos plantearle a una mujer que se cubra la cabeza
para entrar en el Templo? ¿Qué objetivo tiene esto? ¿Molestar al Párroco? A
raíz del Concilio Vaticano II, fueron muchos los Presbíteros que aprovechando
el desconocimiento de los fieles, indujeron a la mujer a quitárselo, aduciendo
un cambio en los nuevos tiempos de la Iglesia y tratando de “beatas” y “ñoñas”
a las que continuaron utilizándolo, que fueron marginadas hasta el final. Todo
falso y perfectamente orquestado, para paulatinamente, seguir con todos los
demás destrozos: el Latín, la música, la liturgia, el traslado del Sagrarios.
Sin duda, una gran obra del maligno para cepillarse, literalmente a nuestra
Santa Madre Iglesia.

Si la respuesta del por qué utilizar el velo en la Iglesia,
fuese una obligación o una imposición a la que las mujeres debemos someternos,
estoy segura que no secundaría absolutamente ninguna dama, esta hermosa
tradición milenaria, que oculta un dulce secreto de Amor con mayúsculas, que
les voy a desvelar. Antes de nada, les diré que este artículo, no es solo para
las mujeres, es para los hombres también, ¿Por qué? En breve lo descubrirán…Mi
recomendación es que sigan leyendo hasta el final.

Me estremece imaginarme a la Virgen María en oración, la
supongo recogida bajo su velo, ocupando ese discreto lugar al que las mujeres
estamos llamadas: brillar en la oscuridad, ahí, donde verdaderamente hace falta
la luz.

El otro día en una Iglesia veía a una señora de unos treinta
años en el altar, disfrazada de monaguilla. Esto mismo, lo hemos visto hace
poco en una Misa con el Santo Padre, pero esto no quiere decir que sea un
referente que debamos imitar, por desgracia, las ceremonias que deberían ser un
ejemplo, a veces, son justo lo contrario, un contra ejemplo, que lo único que
promueve es un deseo absurdo en nosotras, de realizar funciones propiamente
masculinas y que, desgraciadamente, sólo provocan la risa del que nos observa,
ya que estamos esperpénticas.

Después nos hablarán del importante papel de la mujer en la
Iglesia y creeremos que consiste en tocar las campanillas o preparar las
vinajeras, ¡Tremendo cometido! No sé Vds. pero yo, no me imagino caricaturizada
con esa pinta en un Presbiterio, ocupando un lugar al que no he sido llamada.
Pienso que, efectivamente, tal y como se nos dice, estamos designadas para grandes
cometidos dentro de la Iglesia, pero desde luego, el gran reto, no es ponernos
una casulla y oficiar. No seamos ridículas, porque esa es la palabra, hay
prendas que por excelencia son femeninas y otras prendas que son masculinas,
así como las funciones que asumimos, a las que nos convoca la Iglesia y que, al
tiempo, van implícitas en nuestra naturaleza. Precisamente, el Señor nos hizo
hombre y mujer, con nuestras diferencias y nuestras sensibilidades.

“Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un
letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con
carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le habla sacado al hombre, construyó
una mujer, y se la presentó al hombre. El hombre dijo: -«¡Ésta sí que es hueso
de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será varona [ysháh], porque del, varón
[ysh] fue tomada” (Génesis 2)

¿Por qué llevas el velo?, me preguntaba una amiga. ¿Qué
responderían Vds. si alguien les preguntara, por ejemplo, por qué amas, por qué
sientes, por qué respiras? Porque es una necesidad vital, ¿Verdad?

Seguramente se habrán fijado alguna vez, en las perfumerías,
cuantas colonias hay en los expositores. Las mujeres nos pasamos bastante
tiempo buscando esa fragancia exclusiva y personal, que al cerrar los ojos nos
haga sentir especiales. Cuando encontramos ese perfume, ya no queremos volver a
probar ninguna otro. Con el velo, sucede algo similar, se siente el bonus odor christi [2ª Corintios 2,
15-16: buen olor de Cristo] y una vez que rompes esa primera barrera del miedo
al “qué dirán”, se produce una concesión total al Amado de nuestra alma, ya
solo nos importa agradarle a Él, después de eso, ya no hay retroceso, es una
rendición total al Señor, sin reservas, como la enamorada que se viste de
blanco y se entrega con su pureza, en el día de su boda. Sólo las mujeres podemos
entender estas delicadezas tan propiamente femeninas. No es algo estético, pero
sí es cierto que el Templo, se embellece y se llena de majestuosidad al estar
la mujer recogida en oración, ahí debajo de su velo, sin distracciones,
entregada en cuerpo y alma a nuestro Señor. Hermosa como una novia para nuestro
Dios, “bella por dentro y por fuera” ese debería ser nuestro lema.

El uso del velo, implica, sin necesidad de conocer ninguna
norma de protocolo o de vestimenta, que nuestras prendas exteriores deben ir en
armonía con algo tan puro y virginal. Sólo con su uso, entenderíamos que hay
ropa que no procede ponerse para estar en un lugar Sagrado. El uso del velo,
nos abriría definitivamente los ojos, hoy que los tenemos tan cerrados a la
pureza y a su oposición, al pecado. Sólo utilizándolo, entenderíamos qué es lo
que debe albergar dentro del alma. “Que vuestro adorno no sea el de fuera,
peinados, joyas de oro, vestidos llamativos, sino lo más íntimo vuestro, lo
oculto en el corazón, ataviado con la incorruptibilidad de un alma apacible y
serena. Esto es de inmenso valor a los ojos de Dios” (1 Pe.3, 3-4)

Aunque son muchos los Presbíteros que se manifiestan en
contra de que las mujeres lo utilicemos, mi primer acercamiento al velo, fue
por los Sacerdotes, alguien me puso sobre la pista de una prenda prácticamente
imposible de adquirir en mi ciudad ya que apenas los hay a la venta y
posteriormente, sumergiéndome en la lectura de los artículos del Padre Juan
Manuel Rodríguez de la Rosa, me convencí y acabé no sólo por utilizarlo, sino
por desear transmitir a otras mujeres, los beneficios de utilizar una prenda
tan piadosa

¡Ve, oh mujer, tu grandeza y acepta tu dignidad con
humildad! No te de vergüenza del velo, pues se te llama “sagrada” y “divina”,
pues en esta tierra no se vela (cubre con un velo) más que a Dios. (Padre Juan
Manuel Rodríguez de la Rosa)

 Aunque la sociedad
actual, nos empuja a lo contrario, a llenarnos de podredumbre interior, lo que
sí es cierto, es que si Vds. son capaces de oponerse al mundo y cubrir la
cabeza una sola vez, inexplicablemente su vida espiritual, nuestro interior, se
desborda como un río cuando llega al mar y les aseguro, que no volverán a
prescindir de él, el que lo prueba, repite. Esa corriente que desborda el alma,
no sólo queda dentro de nosotras, sino que se derrama a todos los que están a
nuestro alrededor y aquí es donde entra el hombre… les dije que siguieran
leyendo. ¿No somos las mujeres, por norma general, las que enseñamos a los
niños sus primeras oraciones? Pues esto continúa en todas las etapas de nuestra
vida… somos maestras, ejemplo con nuestros actos y con nuestra vida y recogidas
en oración, tenemos una gran misión que es llevar las almas a Dios. ¡El
prototipo de la mujer del Siglo XXI! Qué ejemplo para los hombres vernos fieles
para el Señor, sin más distracción ante nuestros ojos que el Sagrario! Si
utilizáramos el velo, no desearíamos más, que recibir a Dios, como
verdaderamente debe hacerse, de rodillas y en la boca, seríamos incapaces de
tocarlo con nuestras manos o de quedarnos de pie impasibles ante Él, caeríamos
rendidas ante nuestro Amado.

Supongo que como a todas las mujeres, mi referente es María,
Ella es la mano que nos conduce a Dios. Prácticamente es representada en todas
las imágenes, cubierta, sin destacar, pero, fíjense que curioso, en ese plano
discreto y alejada de toda mirada, fue la mujer que tuvo el papel más relevante
en la historia. Ella no estaba sentada a la mesa con Jesús en la última cena,
pero estaba a los pies de la Cruz, donde prácticamente todos, le habían
abandonado. Y si todo esto se repitiera en el año actual, en el 2015, no me la
imagino con cualquier prenda, desgarbada y en una Iglesia subida al ambón, no,
es seguro que Ella, estaría exactamente igual, oculta a las miradas, pero con ese
papel tan importante y determinante como es dar ejemplo con la propia vida de
uno. La imagino con Jesús, en el Sagrario, con sus manos juntas y su cabeza
bajo el velo que cubre y oculta nuestros sentimientos más íntimos, por eso,
cuando me preguntan por qué, sólo puedo responder… por Amor

 “A mirra, áloe y
acacia huelen tus vestidos,

desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina,

enjoyada con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna;

prendado está el rey de tu belleza:

póstrate ante él, que él es tu señor.” (Salmo 44)

Sonia Vázquez

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