LA FAMILIA CATÓLICA EN EL CONTEXTO DE LA CRIPTORRELIGIÓN IRRELIGIOSA

Religión irreligiosa: la autodivinización del hombre
Luego de mostrar por qué y en qué sentido se llama religiosa, santa o sagrada a la familia creyente en el Antiguo y el Nuevo Testamento y de mostrar cómo, la acción desacralizadora produce la disolución de los vínculos religiosos, es decir divino-humanos, que unen a Dios y a los hombres en un solo Nosotros, llega el momento de insistir en la necesidad de despejar el equívoco que produce usar la palabra desacralización, de la que sin embargo resulta difícil prescindir debido a que se nos ha impuesto por un uso generalizado.
Y, sin embargo, son muchos los que han observado que las palabras desacralizada, secularista, laicista, sirven al encubrimiento de la verdadera naturaleza del fenómeno cultural y social al que se aplican.
En efecto, encubren el hecho de que el fenómeno que se presenta y actúa como irreligión, ¡es de naturaleza religiosa!
Las designaciones corrientes nos encubren que estamos ante un hecho religioso, ante una religión-irreligiosa o antirreligiosa. La irreligión es la religión del hombre que insurge contra Dios y usurpa la condición divina.
Una religión, por otra parte, tan vieja como la religión bíblica.

La divinización del Hombre

Tenemos, en la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento, las enseñanzas que permiten conocer su verdadera índole religiosa. Se trata de una tentación eterna de la humanidad, que ya que tiene su principio en el: “Seréis como dioses”[1] que se le propuso a Eva.
Leemos, por ejemplo, en el libro de Ezequiel acerca del soberbio rey de Tiro: “¡Oh! Tu corazón se ha engreído y has dicho: ‘soy un Dios, estoy sentado en un trono divino, en alta mar’ Tú que eres un hombre y no un Dios, equiparas tu corazón al corazón de Dios […] ¿Podrás decir aún: ‘soy un dios’ ante los que te maten? serás un hombre, no un Dios, entre las manos del que te traspase”[2].
Los restantes oráculos contra Tiro nos demuestran que el Rey personifica a toda una nación cuyo comercio la había hecho próspera y soberbia. La prosperidad de Fenicia era envidiada por los israelitas, rodeados por pueblos impíos pero más prósperos.
Si venimos al Nuevo Testamento, también en él encontramos claras referencias a este tipo humano que hoy vemos expandirse y globalizarse vertiginosamente. Estamos presenciando hoy, creo, algo que anuncian las Escrituras del Nuevo Testamento. San Pablo, por ejemplo, anuncia el advenimiento[3] globalizado y vertiginoso de un tipo de Hombre que siempre existió pero que hoy se hace hegemónico: el Hombre del pecado, el Hijo de la perdición, “el que se opone[4], y se exalta a sí mismo sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o le rinde culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios” [5].

Desacralización: Profanación y Trans-sacralización
Lo que opera esta cultura adveniente es una guerra de religión, aunque no declarada. Una persecución, en gran parte disimulada e hipócrita. Una guerra con armas no convencionales, secretas, camufladas en un lenguaje ocultador.
Lo que se presenta como de-sacralización, como un despojo de la condición sagrada, es, pues, en realidad, una re-sacralización, es decir una divinización de la realidad humana.

Nos asombramos ante este proceso histórico, en gran parte, porque no atinamos a ubicarlo en la continuidad con los mismos hechos de que trataron los profetas y los apóstoles y evangelistas. Pero se trata del mismo drama que sigue sucediendo ante nuestros ojos. Solamente que en nuestros días nos parece que está alcanzando un clímax o acercándose a un desenlace.

Estamos ante un proceso de apostasía que se prolonga y desemboca en un proceso de idolatría. Al divinizar al hombre, en realidad, lo que sucede es que, en primer lugar se lo deshumaniza, porque se le arrebata la imagen y semejanza divina. Se lo sustrae a su constitutiva relación con Dios. Y en segundo lugar se lo demoniza, porque se lo arroja a la condición de imagen y semejanza de aquél Ángel Rebelde que, desde el principio, se sustrae a la sujeción a todo poder superior a sí mismo.

En resumen: lo que intenta operar este proceso no es propiamente una “desacralización”, sino una “trans-sacralización” una “profanización de lo divino y una con-sacralización de lo secular”. Es la instauración de una religión irreligiosa. Una continuación del intento de entronizar a la diosa razón en la catedral de Nôtre-Dame.
Su resultado es la demonización del hombre.

[1] Génesis 3, 5
[2] Ezequiel 28, 2. 9
[3] En realidad se trata de un “desenmascaramiento” mejor que la manifestación o la revelación Apokalyfthê (Conjuntivo aoristo pasivo) sea desenmascarado o revelado, por Dios, que es Quien produce la manifestación del que quiere permanecer oculto, como en la primera carta de Juan 2, 19 Dios es quien provoca la visibilidad de la apostasía anónima: fanerôthôsin: sean mostrados.
[4] ho antikéimenos ¿el que protesta?
[5] “Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre del pecado, el Hijo de la perdición, el que se opone y se exalta sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. 5 ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida. La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, signos, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad” (2ª Tesalonicenses 2, 3-12).

 

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