LA MUJER: DEPENDENCIA Y DOMINIO – Julián Marías

DEPENDENCIA Y DOMINIO

Julián Marías:

«…creo que el dominio de la mujer está hoy en uno de los momentos más bajos de la historia…»

La tradición
milenaria, indiscutida, con pocas y dudosas excepciones de matriarcado, es la
dependencia de la mujer respecto del varón. Lo característico es que, más que
una situación de hecho, ha sido una dependencia expresa, incluso reconocida por las leyes hasta hace pocos años, y
no de un modo pleno.
La situación
correspondiente del varón no ha solido ser especialmente afirmada y subrayada, pero
se la ha dado por supuesta. Muchos factores han llevado a ese reconocimiento:
el papel inmemorial de la violencia, la importancia de la fortaleza física, la
defensa frente a los enemigos, la guerra, la caza. Se ha ido depositando,
durante milenios, la concepción viril del mando. Añádase a esto el que se ha
atribuido tradicionalmente al varón la iniciativa amorosa, con una insistencia
probablemente excesiva e injustificada en la ‘pasividad” de la mujer. Las
metáforas amorosas en circulación inmemorial refuerzan estos esquemas
interpretativos: la ‘conquista’ de la mujer por el hombre, la ‘entrega’, como
una plaza sitiada.
La ‘dependencia’
de la mujer parece un hecho absoluto y bien establecido. Esto explica, de paso,
las resistencias minoritarias, los intentos de rebeldía, las protestas, la
impresión de injusticia, todo ello tan característico de nuestro tiempo, aunque
no falten antecedentes en otras épocas.
¿Y después? No se
puede pasar por alto el otro lado de la cuestión. En el Génesis está dicho: “no es bueno que el hombre esté solo”. El hecho
decisivo es que el hombre necesita a
la mujer. En el mismo relato del Génesis
se cuenta que Eva ofrece la fruta prohibida a Adán y éste se la come. Y cuando
Dios le pide cuentas a Adán por haber comido del fruto vedado, su disculpa o
explicación es significativa: “la mujer que me diste por compañera me dio de él
y comí”. Desde el primer momento se inicia lo que podemos llamar el dominio sin mando.
La palabra
pasividad es la que acude un vez y otra, cuando se trata de interpretar la
actitud o la función de la mujer. Creo que es una interpretación falsa, fundada en muy leves pretextos. El hombre desea a la 
mujer, y esto lo moviliza hacia ella. ¿Y la recíproca? ¿No desea la mujer
al hombre? La cuestión es complicada, y la pregunta supone ya una
simplificación, lo mismo que la afirmación anterior, según la cual el hombre
desea a la mujer. ¿Qué es lo que en ambos casos se desea? No creo que haya
suficiente claridad sobre ello, y es decisivo; más adelante habrá que
enfrentarse con esa pregunta.
Lo que parece
claro es que, en principio, el deseo no parte de la mujer; es decir, la mujer
desea después. Si no se tiene esto
presente, se introduce una peligrosa confusión: o se supone que hay igualdad de
reacción deseante, o se concluye que la mujer desea menos, que es, una vez más,
“pasiva”. La mujer, normalmente, desea cuando es deseada. Reacciona al deseo
del varón, o con más exactitud al varón deseante, porque su respuesta se refiere
a la persona del hombre.
Pero si nos
detenemos en lo que esto significa, encontramos que la interpretación pasiva de
la mujer es un error de graves consecuencias. 

En primer lugar, el que desea
depende de lo deseado, y la iniciación del deseo en el hombre establece un
vínculo de dependencia respecto de la mujer. 

En segundo lugar, ser deseado, a pesar de
la voz pasiva de esta expresión verbal no es en modo alguno una forma de
pasividad. Recordemos una vez más a Aristóteles, según el cual Dios, suprema
actividad, acto puro sin mezcla de pasividad, mueve el mundo “como el objeto
del amor y del deseo, que mueve sin ser movido». Es la forma máxima de la
actividad que podemos llamar atracción.
Es lo que corresponde a la mujer que “atrae” al hombre, lo hace desearla, lo
llama. ¿Hay algo más activo?
Admitamos, sin
embargo, la metáfora tradicional; supongamos que la mujer es “conquistada”.
¿Qué sucede entonces? Se instala,
toma posesión de la casa, del hombre dentro de ella, de los hijos que llegan.
Le corresponden la cocina, la organización de la vida doméstica, la agricultura
primitiva – podríamos ver un resto en el cuidado de las macetas –, durante
milenios hilar y tejer, luego por lo menos coser, la educación de los hijos, y
con ello algo absolutamente capital: la transmisión de los principios y
creencias.
La mujer, desde su
dependencia, ejerce un dominio
amplísimo y constante. El hombre necesita a la mujer todo el día, en casi todas
las dimensiones de la vida, mientras ejerce su dominio – casi siempre nominal –
en unos cuantos puntos aislados e inconexos. 
Si se comparan las
vidas de los dos, sobre todo las
vidas cotidianas, que siempre exceden en importancia a lo que es excepcional,
encontramos que están incomparablemente más influidas, conformadas, inspiradas,
dirigidas por la mujer. Sobre todo, cuando el hombre tiene fuerte personalidad,
cuando es verdaderamente viril, lo que se traduce en estar enérgicamente
proyectado hacia la mujer, “pendiente de ella” – dice la expresión popular –,
aunque los dos crean que ella es dependiente de él.
Lo que la mujer ha
sabido confusamente siempre y está olvidado es que su dominio es eficaz desde la dependencia. Cuando se resiste a
ésta, lleva las de perder. Por lo pronto, porque se hace menos deseable – y sobre todo en menos
aspectos, de manera más parcial, en dimensiones relativamente abstractas –. Es
muy difícil medir las cosas humanas, que no son cuantitativas sino
cualitativas, pero que tienen intensidad
en diversos grados, pero tengo la impresión de que la mujer de la segunda mitad
del siglo es menos deseada, o más incompletamente, que en otras muchas épocas
que nos son accesibles mediante la historia o la ficción.
Resulta la mujer
menos necesaria en la medida en que satisface menos necesidades; si simplifica
su relación con el hombre, las necesidades son menores porque deja de
suscitarlas; habría que hacer la historia de la creación por la mujer de
innumerables necesidades que se incorporan a las formas de la vida, que luego
la mujer misma satisface, pero que primero “inventa” , y convierte en desiderata, acaso imprescindibles. 

Una
historia adecuada de la civilización prestaría a este aspecto la atención que  merece. Consta la transformación que sobre la
rudeza de la Edad Media ejercieron las mujeres, sobre todo en los siglos XIV y
XV; sin ellas, ¿sería imaginable el Renacimiento, tal como se refleja en el
prodigioso libro del Conde Baldassari Il
Cortegiano
, que en la admirable traducción de Juan Boscán se convirtió para
nosotros en El Cortesano, del Conde
Baltasar Castellón? 

Y siempre que veo
una buena película del Oeste, uno de esos westerns que son la épica de nuestro
tiempo, me asombra el refinamiento, la humanización, el sutil dominio
civilizador que introducen en los ranchos, en las mínimas ciudades perdidas en
la lejanía, llenas de rudeza y violencia, entre los broncos vaqueros,
labradores, cazadores y buscadores de oro, esas mujeres que después del trabajo
agotador se visten de damas, resucitan la cortesía, sacan la vajilla decorosa,
bailan con mesura y tensión, restableciendo el campo magnético, con sus
hombres, que se rinden a ese mundo irreal, entrevisto y deseado.
Cuando la mujer es
menos deseable llega a ser menos necesaria; cuando lo es sólo
fragmentariamente, o de manera discontinua, resulta menos permanente y
perdurable; y por tanto, más fácilmente sustituible que cuando significa una
necesidad total, global, procedente del último centro de la persona. Una cosa
es necesitar algo de una persona, de la mujer en este caso, otro es necesitarla
a ella.
Y no se piense
solamente en el hombre como tal, por ejemplo en el marido, aunque esto es
decisivo, mucho más de lo que hoy se piensa. El dominio de la mujer se extiende
a otros aspectos, a otras zonas de la realidad. A los hijos sobre todo,
“hechos” por la madre en muy distintos grados, según su calidad personal y su
dedicación. Y esto quiere decir, no a los “niños”, aunque por ahí se empieza,
sino a los hijos cuando crecen, cuando llegan a ser hombres y mujeres; es
decir, al futuro. Ese dominio llega a
la sociedad entera, a la de hoy y a la de mañana, porque la mujer es la
verdadera transmisora del sistema de creencias y vigencias que la constituye
(de esto me ocupé en detalle, para nuestra época, en La mujer en el siglo xx).
Este dominio
disminuye sensiblemente cuando la mujer no acepta la “dependencia” para
ejercerlo desde ella. Y la tendencia actual a que el hombre tome más parte en
la vida doméstica, en el cuidado de los hijos, que es sumamente acertada, se
anula cuando decrece la participación de la mujer, y se desemboca en la
situación, tan frecuente hoy, de que los hijos tienen una peligrosa carencia de padres, con una presencia
reducida al mínimo, sustituida tal vez por una libertad hecha de indiferencia y
una abundancia económica con la que se quiere compensar la desatención.
Por otra parte, a
veces se llama “dependencia”, con un matiz peyorativo, a la disponibilidad, al servicio “permanente”
que se suele exigir a la mujer con familia, con hijos, sobre todo muy jóvenes.
Así es, es un requisito de esa función, y ciertamente penoso, hasta el punto de
que hay pocos trabajos más duros y absorbentes – más interesantes y valiosos también
–. Es la estructura de la realidad, con la cual hay que contar, que se puede
modificar hasta cierto punto, siempre sin violentarla, sin perderle el respeto.
Imagínese lo que
la técnica ha hecho por humanizar y aliviar el trabajo de la mujer, en el corto
espacio de las vidas de los que todavía no son viejos. Cuesta un esfuerzo
recordar cómo se hacían, hace pocos decenios, las operaciones cotidianas, desde
encender la lumbre, disponer el agua caliente, ir a la compra, guisar, lavarlos
platos, cacerolas y sartenes, lavar la ropa, zurcir calcetines y medias. Unos
cuantos aparatos universalmente difundidos, unas nuevas fibras benéficas, han
transformado la vida cotidiana de la mitad de la humanidad en enorme porción
del mundo. Esa sí ha sido una verdadera revolución sin sangre ni locura. Si se
la hubiera aprovechado, si no se la quisiera mezclar con otras, si se pusiera
en juego la inmensa cantidad de holgura
vital que esas técnicas han dado a la mujer, esa potencia liberadora, para
nuevos proyectos, para la dilatación de su vida, estaríamos en una época de
maravillosa plenitud.


Pero se ha ido
perdiendo, por lo menos se ha ido gestando un desvío creciente hacia lo que he
llamado disponibilidad o servicio permanente. La tendencia de la mujer actual,
la tentación a la que más fácilmente sucumbe, es ser momentánea. Parece cosa de poca monta, casi nada: pero precisamente
eso invierte lo que ha sido su condición, y su mayor fuerza. La momentaneidad,
la fugacidad, la falta de coherencia y permanencia, excluye el dominio. A pesar
de lo que se dice, y de las apariencias, creo que el dominio de la mujer está
en uno de los momentos más bajos de la historia.
[Tomado de: Julián Marías, “La
Mujer y su sombra” (Ed. Alianza Editorial, Madrid 1998) págs. 73-80]

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