Respeto y justicia

RESPETO, CONSIDERACIÓN, ATENCIÓN

PRINCIPIO Y FUNDAMENTO DE LA CARIDAD
PRESUPUESTOS DE LAS VIRTUDES CARDINALES
TEMPLANZA, FORTALEZA, JUSTICIA Y TEMPLANZA
Respeto procede del latín re-spectus, y tiene sus derivados re-spective
(respectivamente). De la raiz «spicere» derivan in-spicere, adspicere = mirar con atención, y no simplemente videre = ver
(impersonal).
Aspicere se usa especialmente para mirar
personas. El «ad-spectus», el aspecto de alguien es lo que alguien
percibe de esa persona mirándolo atentamente estando en su “acatamiento” en su
presencia.(Acatamiento, del verbo catar= mirar atentamente)
El prefijo «re» de la palabra re-spectus expresa
reforzamiento de la acción por reiteración o por intensidad o atención de la
mirada: «re-spicere» es mirar atentísimamente y percibir quién es el
otro y sobre todo quién es en su relación conmigo y quién soy yo en mi relación
con él. 

Es una percepción del otro simultáneamente conmigo mismo y la
simultánea percepción del vínculo que nos une. Porque la relación entre ambos
es algo real que forma parte del ser (accidental pero real) de cada uno de los
términos de la relación.
Sin embargo, la inmediatez de la percepción
supone un aprendizaje previo del quién es quién y de cuál el vínculo que los
une. 
Consideración.
En castellano se asocian el
«respeto» con la «consideración» y la falta de respeto con
la «desconsideración» que es, naturalmente, tan ofensiva como la
falta de respeto o de atención. Considerar
viene del latin cum-siderare. Siderare significa contemplar, observar (como se observa el cielo) cum-siderare es observar atentamente, examinar; agrega a la idea de examen del objeto el la idea del examen racional, reflexivo, reflejo, del
objeto. 

Tratar a alguien con respeto es tratarlo con consideración,
atentamente, es decir atendiendo a quién es y en qué relación está con uno. Es
decir que la percepción espontánea del otro va doblada de una intelección reflexionadade quién es, de quién soy y de cuál es nuestro vínculo.
De ahí que toda mirada pre-juiciada impide verlo tal cual es y es in-respetuosa.
Amor y respeto
En el rito matrimonial los esposos se
prometen «amor y respeto». El respeto es como un cerco protector del
amor de amistad matrimonial, contra el desorden egocéntrico o egoísta que
olvida el bien  del otro y sobre todo el bien
común, porque el bien propio buscado sin atender al bien del otro, tampoco es
un bien propio, pues ya no es aquél bien propio que se encuentra en el contexto
del bien común, del bien compartido, sino que es un bien del yo desvinculado y
autónomo, autárquico, «des-considerado y por lo tanto in-respetuoso,
carente de respecto, falto de atención al otro cónyuge.
Y aquí nos encontramos con la
«atención», con el ser atento con el otro. Atender viene de
ad-tendere o tendere ad, tender hacia el otro, estar referido al otro, por la
consideración y el respeto al otro y al vínculo que los une: esponsal,
fraterno, filial-paterno o viceversa. Desde el vínculo con uno pero, de alguna manera, saliendo del sí mismo hacia el otro.
Todo esto no cae bajo mandamiento. El respeto es algo cultural y en consecuencia moral. Es del orden moral porque
«mores» son las costumbres y lo moral es lo que se ajusta al uso y la
costumbre. Pero el uso mismo, la costumbre, es algo anterior,  es una realidad del
orden de la cultura, de los usos humanos que han de ser aprendidos dentro de la cultura que los generó y de aquéllos que son sus portadores.
Por lo tanto, es posible que alguien no
haya aprendido las conductas del respeto, la consideración, la atención al otro
y que deba aprenderlo todavía. 

No es culpable en el caso de que no se la haya
enseñado. Sí sería culpable si habiéndosele enseñado el ejercicio de esa virtud
cultural, él luego, voluntaria y libremente, se apartase de ella.
Si no hay educación cultural previa arespetar un determinado vínculo, — por ejemplo al vínculo filial paterno, o al vínculo
inter-fraterno –, es dable presumir que esto sea indicio de una carencia más
global en la persona, una deficiencia global en la educación de la virtud
del respeto a los demás por sí mismos, y no en cuanto son objeto, de mi parte,
de un amor de concupiscencia y no de benevolencia mutua.
Para saber si la convivencia con una
persona habitualmente irrespetuosa y desconsiderada es posible, hay que
preguntarse si esos defectos son corregibles o incorregibles. De si es algo
humanamente posible y dable esperar de ella, y de la capacidad educativa de su
situación en un sistema de relaciones interpersonales.
Corregible o incorregible?
La corrección del
vicio de la desconsideración hacia los demás puede intentarse a través de
prácticas exteriores disciplinares. Pero aún si se lograra el sometimiento
exterior a las pautas domésticas, si faltara el respeto de fondo a los demás
miembros del sistema de relaciones familiares o sociales, al padre, a su
esposa, al hogar, a la casa y sus bienes, si faltara esa virtud,
inevitablemente no habrá paz ni gozo posible en la convivencia doméstica.
Tanto Platón como Aristóteles coinciden en
que una democracia es impracticable si los ciudadanos no son virtuosos.
En esos casos, como por ejemplo en el caso
del conflicto de intereses entre Abraham y Lot, lo aconsejable es la separación
para la preservación precisamente de la salud del sistema de vínculos, es
decir, tomando en consideración, respetando y atendiendo no solamente al bien
de un miembro y del vínculo entre dos de los miembros de un sistema de
relaciones y de vínculos afectivos y de respeto, sino tomando en consideración
el bien del conjunto y «respetando» la verdad de los hechos,
considerados atentamente.
Por último hay que decir que el respeto y
la consideración es condición previa necesaria del ejercicio de la justicia,
como acto y como virtud. Si la justicia es dar a cada uno lo suyo, es necesario
para ejercitarla que la consideración atenta y refleja del bien de los demás y
del bien de los vínculos recíprocos con cada uno y con el conjunto e
interrelaciones entre ellos, sea objeto de un examen reflexivo de orden
intelectual, meditado, orado, moderador de los impulsos que han de ser regidos
por la templanza y la fortaleza.
Platón y Aristóteles coinciden en que el
individuo que no es capaz de gobernar con su razón sus impulsos hacia el bien o
frente al mal, es malo. Y que sólo puede llamarse bueno [o bien educado] al que
gobierna con su razón reflexiva sus impulsos y pasiones frente a los bienes y
los males.
Donde no hay re-spectus, cum-sideratio,
ad-tentio no puede haber justicia, porque el sujeto víctima de sus impulsos
primarios, de sus apetitos instintivos o sus deseos anímicos no moderados por
la razón con la consideración del bien ajeno o del bien común, no puede dar a los demás lo que les debe
en justicia.
Y se comprende inmediatamente que sin
justicia no puede haber prudencia.
Una consideración atenta y reflexiva del
estado de ese individuo [independientemente de un juicio moral acerca de si esa
carencia es culpable o no] prescribiría tener en cuenta que no se puede esperar
de ella sino un comportamiento autocrático y desconsiderado para el bien de los
demás. 

De
modo que la prudencia aconseja, como aconsejó a Abraham, separar sus caminos de
los de su sobrino Lot y los suyos, en bien de los miembros de su casa, familia
y servidores, tanto como de los bienes necesarios a su subsistencia. Y separarse
no sólo mediante un contrato relativo a los bienes económicos y de intereses,
sino mediante una efectiva distancia local, geográfica, de campamentos y
pasturas

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