PENSA-MONIOS [3] EVAGRIO PÓNTICO – Prólogo al libro del Alma sabia y respondona

PRÓLOGO DE EVAGRIO AL ANTIRRETIKOS
LOS OCHO PENSAMIENTOS

1) Nuestro Señor Jesucristo nos ha procurado todo lo necesario para nuestra redención y nos ha concedido «pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo» (Lucas 10,19). Además, aparte de toda su enseñanza, nos ha dado el ejemplo de lo que Él mismo hizo cuando fue tentado por Satanás (ver Mateo 4,1-11; Lucas 4,1-13). De modo que, en tiempo de batalla, cuando los demonios combatan contra nosotros y nos lancen sus «dardos» (Efesios 6,16), les demos una respuesta tomada de las Escrituras. Y así no permanezcan en nosotros los pensamientos impuros, no hagan esclava al alma con un pecado que se realice en obras, no la manchen ni la sumerjan en la muerte del pecado. «El que peque, morirá» (Ez 18,4).

2) Cuando no hay en la mente una convicción firme, capaz de responder al mal con una palabra contundente, el pecado se comete fácil y rápidamente.
Esto nos lo muestra sabiamente el Eclesiastés, cuando dice: «Demorar la corrección de la mala conducta del malvado es causa de que el corazón de los humanos obren libremente el mal» (Eclesiastés 8,11). También Salomón dice en sus Proverbios: «No respondas al insensato de acuerdo a su insensatez, para que no te hagas semejante a él; responde al insensato de acuerdo a su insensatez, no sea que se crea sabio» (Proverbios 26,4-5).

3) El que obra insensatamente y se enoja con su hermano ése es el que responde al insensato siguiendo su insensatez, y se hace semejante a los demonios, cuya ira es «aliento de áspides incurable» (Deuteronomio 32,33).

4) En cambio, el que es paciente y dice: «Desiste de la ira y depon el enojo» (Sal 36, 8), responde al insensato de manera opuesta a su insensatez, refuta al demonio en su insensatez y le demuestra que ha tramado algo en contra de la Escritura.

5) Evagrio nos dice que ha “compilado diligentemente los dichos de las Sagradas Escrituras para que nos armemos de ellas y procedamos con valor contra los «filisteos» (Éxodo 13,17), luchando a pie firme en la batalla como valientes y vigorosos soldados de Jesucristo, nuestro victorioso rey”.
6) Queridos, sabemos que cuanto más resistimos y respondemos a los demonios, tanto más se exasperan contra nosotros. Lo aprendemos de Job, que dice: «Cuando comienzo a hablar, me golpean» (Job 4,4). Y también de David, que dice: «Yo les hablaba de paz, y ellos guerreaban contra mí sin causa» (Salmo 119,7). Pero no dejemos que nos perturben, opongámonos tenazmente a ellos con la fuerza de nuestro Redentor, pues si «creemos en Cristo» (Juan 14,1) y «guardamos sus mandatos» (Juan 15,10), cruzaremos el Jordán y llegaremos a la «ciudad de las palmas» (Deuteronom .3,4).

7) En esta batalla necesitamos la «armadura» (Ef 6,11.13) espiritual de la recta fe y la doctrina, esto es, ayuno perfecto, obras virtuosas, humildad, una quietud difícilmente o en modo alguno turbada, y «oración incesante» (1Tesalonicenses 5,17). Me asombraría que hubiese alguien capaz de sostener el combate espiritual y ser coronado con la «corona de la justicia» (2Timoteo 4,7.8) saciándose de pan y de bebidas, avivando fácilmente su ira, despreciando y descuidando la oración, o teniendo trato familiar con los herejes. Dice San Pablo: «El que lucha se abstiene de todo» (1ª Corintios 9,25), «muestra una constante mansedumbre con todos los hombres» (Tito 3,2), y «en todo lugar eleva piadosas sus manos, sin ira ni disputa» (1Timoteo 2,8).

8) Por ello es necesario que emprendamos este combate revestidos de la armadura espiritual y mostremos a los filisteos que «lucharemos hasta la sangre contra el pecado» (Hebreos 12,4), «derribando los pensamientos malignos y todo baluarte que se alza contra el conocimiento de Dios» (2ª Corintios 10,5) y esforzándonos por poner delante del trono del juicio de Cristo no [solamente] al hombre – monje, sino también al intelecto – monje. Hombre – monje es el que se aleja del pecado en las obras. Intelecto – monje es, en cambio, aquél cuya mente se aleja del pecado suscitado por los pensamientos que hay en nuestro interior, y que en el tiempo de la oración ve la luz de la Santa Trinidad.

9) Pero éste tiempo es tiempo de combatir, «con la virtud de nuestro Señor Jesús» (1ª Corintios 5,4), primeramente contra el pensamiento del demonio de la gula y, luego, contra los pensamientos de los otros siete demonios que he enumerado al comienzo de este libro monástico, luchando por «abrir mi boca» (Sal 118[119],131; ver Efesios 6,19) y por hablarle a Dios, a sus santos ángeles y a mi alma puesta a prueba.

10) Mostraré abiertamente toda la lucha de la vida monástica, que el Espíritu Santo enseñó a David en los Salmos, y que nos ha sido transmitida por nuestros bienaventurados Padres.

11) Toda la lucha a la que me refiero a lo largo de este libro será contra los pensamientos que nos oponga cada uno de los ocho demonios. Junto a cada pensamiento he colocado una contestación [réplica o refutación tomada] de la Sagrada Escritura capaz de aniquilarlo.

Fin del Prólogo del Antirretikós, de Evagrio Póntico

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