SUSANA SEEBER DE MIHURA 1938/1 [18]
RICARDO EN MIS FALDAS

1938
ENERO

–  A veces, cuando estoy sentada con Ricardo en mis faldas y siento el peso de su cabeza sobre mi pecho, un placer físico, total, me llena toda. Y pienso en lo que leía en Sainte Therése el otro día.

Es cierto que son limitadas las palabras y las sensaciones; y hay que usar las mismas palabras y tienen que parecerse las formas de sentir. Y comprendo qué pureza pudo haber en ese amor a Cristo que parece, visto de afuera, un amor sensual. 
               Porque mi propio placer físico de sentir a mi hijo sobre las faldas, de envolverlo todo entero en mis brazos, es, a otras sensaciones, como la luz a las sombras. Algo físico y del mismo origen que aquellas, pero que pareciendo que se parecen, no se parecen nada.

A este placer (que me llena de un contentamiento tan total y profundo que todo lo que pueda sufrir queda compensado) lo tengo ahora más con Ricardo que con Jackie, a quien ya no pueda envolver entre mis brazos. Quizás sea esa la razón por la que los animales ya no quieren a sus hijos cuando crecen: y esto que siento es el instinto animal de la maternidad.

Y, sin embargo, nunca he podido comprender ni admitir una separación entre lo animal y lo espiritual en mí: tan inextricablemente unidos los siento, tan inseparables lo uno de lo otro, puisant [absorbiendo] su existencia y su fuerza el uno del otro.
               ¡Y qué pocas palabras existen! ¡Llamar “amor” a esto que me une a mis hijos! Cuando es más que amor, otra cosa de amor. Tengo el día entero ante mis ojos lo más bello que existe en el universo. Y ver la cara sonriente de mis hijos corriendo hacia mí, llamándome, es una sensación como cuando sedienta, en un día pesado de verano, sentimos resbalar el agua helada en la boca reseca. Nada existe en este momento, más que ese “ravissement” [Arrebato, éxtasis embeleso]. ¡Dios mío, haz que mis hijos puedan sonreírse siempre como ahora!

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