SUSANA SEEBER DE MIHURA 1945/3 [38]
Lucha entre Dios y Satán

AÑO 1945 —  JULIO y AGOSTO

«Espantada con la bomba atómica. […] Los hombres han descubierto la manera de destruir lo que Dios ha creado. La armonía del universo es lo que parece que pueden ahora destruir. […] No, no, esto es demasiado terrible […] que la inteligencia humana haya descubierto un arma todopoderosa […] como si esto fuera equivalente a haber descubierto la manera de suprimir la muerte […] da la impresión de que han llegado hasta donde no hay más allá: hasta el límite en materia de destrucción. […] ya no se trata de comunismo ni de democracia, ni de ningún país en especial. Las cosas han tomado dimensiones gigantescas […] sobrepasan las fronteras y los intereses de clase. Es a la humanidad a la que hay que salvar […]. Es un problema cósmico: una lucha entre Dios — que es espíritu y vida — y el diablo, que es materia y destrucción. Y es la inteligencia del hombre, de la que se apodera el Bien o el Mal».

JULIO
2 De todo lo que sucede aquí y en el mundo: de la demagogia de Perón, de la fuerza de Stalin, de la persecución- por fin concluida – a los nacionalistas, de todo este caos, me queda una amargura muy grande. Amargura, nada más, es lo que tengo ahora. Indignación ya no me queda, para la crueldad y la bajeza con que se trata al enemigo vencido, ni para las palabras cobardes del Papa, ni para la indignidad de nuestro gobierno que obedece a Norteamérica. Ni siquiera me indigna ya el odio que nos tienen, ni la mentira ni la farsa, ni la injusticia, ni la hipocresía. He realizado [= caído en la cuenta], de pronto, que mi indignación era, en realidad, risible.                  Y no me queda nada, nada más que una amargura profunda, y un total desengaño. Amargura porque me veo obligada a despreciar a la gente, porque veo que no hay, ni en las personas que he estimado, razones, sino pasiones. Y pasiones que, a veces, ni siquiera sinceras son. Es la amargura de ver que ni la misma Iglesia- que debería estar por encima de las pasiones y bajezas- se libra de ellas.
               Desprecio a la humanidad por su injusticia; sí, sobre todo por su injusticia. Sufro por la injusticia que se nos hace odiándonos. Pero todo mi desencanto y mi amargura no afecta mi fe en la justicia. Sigo creyendo en ese Dios que es la Suprema Justicia y la Suprema Belleza.

***

11 (En San Gabriel)
Nada me incomoda aquí, ni el frío espantoso, ni la cama dura, ni el campo gris y marrón, seco y quemado por la helada. Porque estoy en mi casa, estoy donde encajo perfectamente en el mundo que me rodea. Como el agua que se vierte en la jarra, y toma su forma y queda serena en perfecto nivel, así algo adentro mío se extiende y descansa. Aquí hay el espacio que el espíritu y mi cuerpo necesitan. Aquí el ruido suave, como ese sordo y lento golpear del hacha sobre los troncos que oigo al despertarme, cuando el peón, en la mañana fría y transparente, parte la leña para mi chimenea. Todos los ruidos vienen envueltos en la atmósfera, ensordecidos; y ese ruido que corre bajo el silencio del campo, hay que escucharlo muy intensamente para oírlo, muy silenciosamente hay que detenerse a escucharlo.
                 Y es como un acompañamiento al latir de mi propia sangre. Es la vida de toda la naturaleza que murmura tan lejos, tan hondo. Es la vida, la vida que siempre he amado, con entusiasmo. La vida que sólo aquí alcanzo a oír. La belleza y la paz, la justicia y la verdad; y el mismo dolor, que no es sino un aspecto más, en armonía con todo.
                ¡Ah, no: no quiero a este campo y esta casa porque sean míos! Ellos son los que me poseen. Los árboles desnudos, y el cielo tan brillantemente azul, que parece un gran cristal quebradizo, como la escarcha de esta mañana.
                 Si, quizás todo lo que soy- todo lo que es ese yo interior que orienta mis pensamientos y mis actos- tenga su origen no en ese “espíritu puro” que no comprendo, sino en la tierra, en la naturaleza, en esta bella materia que reconozco y comprendo, y que es, para mí, el origen de todas las verdades.

***

21 (En Buenos Aires)
El cambio en el mundo, que nosotros pronosticábamos, ya está en marcha. ¿Empieza, quizás, la gente a verlo? Cómo vendrá ese cambio, no lo sabemos, no sabemos qué forma tomará: en Europa es la violencia y el horror. (Hablamos de eso todo el tiempo, nosotros los anatematizados; pero estoy segura de que no  “realizamos”, [realizar = caer en la cuenta, darnos cuenta, imaginar], no podemos realizar lo que han de ser el hambre, la destrucción y el caos en Europa: es como si alguien me contara de una pesadilla que ha soñado).
                    Esta campaña izquierdista de Perón no es más que el principio de lo que tenía que suceder: con Perón o con cualquier otro. Y, en el fondo, mientras el cambio me deje suficiente bienestar para vivir decentemente, y no venga con violencias, no me importa. En cuanto al materialismo de esta nueva civilización, pero que anoche discutíamos (no sé si pienso lo que dije, puede ser que sí):
                “Civilización materialista”, “civilización espiritualista”, ¿significan realmente algo o son palabras vacías? El espíritu existirá siempre en los que tienen espíritu, y no son los más. ¿Qué más da que los materialistas de hoy finjan un espíritu que no tienen, o que no lo finjan? (Hablaban del temor a la influencia de esta civilización materialista sobre nuestros hijos). ¿Acaso el ir a misa y comulgar significa algo cuando la persona que lo hace no tiene ni la noción de Dios? Y al contrario, ¿quién ni qué hay en el mundo que pueda quitarle el espíritu a quien lo tiene?
                   Sí, la gente será más desgraciada en una civilización atea, porque la idea de un Dios consuela, aún a los que no pueden concebir a un Dios. Pero también eso será momentáneo, porque si no ha existido un pueblo en la historia que no haya creído en la divinidad, ¿por qué creer que podrá ser así ahora? La ciencia no acabará de descubrir todos los misterios, la muerte y el dolor seguirán eternamente existiendo (serán el misterio último y más terrible, que jamás podrán descubrir).

Y creo que el cristianismo no desaparecerá. Creo en lo que Cristo dijo, que la Iglesia permanecerá; y lo creo por las mismas razones por las que creo que el espíritu no puede ser destruido. Cambiará, quizás, la forma, pero el fondo será el mismo.
                Y el arte y todas las manifestaciones del espíritu, y todas las virtudes, estarán siempre allí: en el alma de los que tienen alma; e irradiarán sobre las masas, que poseerán así (como siempre ha sido) un reflejo del espíritu de los hombres superiores. Los hombres serán siempre los mismos, en resumidas cuentas, cuando pase el período de caos en que hoy está el mundo. Pero temo la violencia; y mi única esperanza en este sentido, hoy, es que este país es muy grande y hay lugar de sobra.
               Estoy – me sonrío al escribirlo- muy contenta esta noche. He vivido estos días angustiada y confundida (y anoche, cuando hablaba, oía mi propia amargura); ahora, al escribir, mis ideas se han aclarado. Quizás esta repentina tranquilidad me venga de haber comprendido que necesito pocas cosas materiales para ser feliz, que mi felicidad está en el amor, en la inteligencia y la belleza: en todo lo que hay adentro mío.

AGOSTO
7 Espantada con la bomba atómica. No sólo por esta guerra, sino por lo que significa para después incluso para la paz. Los hombres han descubierto la manera de destruir lo que Dios ha creado. La armonía del universo es lo que parece que pueden ahora destruir. No, no, esto es demasiado terrible. No puedo aceptar que la inteligencia humana haya descubierto un arma todopoderosa. Me hace el efecto de que esto fuera equivalente a haber descubierto la manera de suprimir la muerte. (Quizás porque da la impresión de que han llegado hasta donde no hay más allá: hasta el límite en materia de destrucción.)
               ¿Existe realmente un Dios? ¿Por qué no salva su obra, por qué no humilla, por qué no castiga esta soberbia y este desafío?
               ¡Qué disparates estoy escribiendo! No es mi inteligencia, es mi sentimiento lo que grita así y clama, y quiere hacer, a Dios, a la medida de los hombres. Pero de todos modos, ¡cómo me asusta todo esto! ¡Estamos frente a un desconocido tan grande! Lo único que me impide perder totalmente la estabilidad, es saber que una cosa conocida subsistirá: la naturaleza humana.
               Aquí sentada, extrañándolo a Enrique, sola, con este florero con junquillos y hojas enfrente mío (lo único armonioso y bello, sereno, que me acompaña), pienso si seré la única en darme cuenta de que estamos viviendo, en realidad, con un pie en tierra conocida y otro sobre el abismo.
               Lo único que podría salvar a la humanidad sería Dios. Pero Dios en nosotros, (porque quizás sea ésa la única manera que tiene Él de manifestarse).     ¿Por qué no aparece un santo que grite, que sólo la bondad y la buena voluntad, y el tensar el espíritu al máximo, es lo único que puede librarnos de las fuerzas del mal, que están barriendo con todo?

Hoy ya no se trata de comunismo ni de democracia, ni de ningún país en especial. Las cosas han tomado dimensiones gigantescas, que sobrepasan las fronteras y los intereses de clase. Es a la humanidad a la que hay que salvar. Es, realmente, un problema cósmico: una lucha entre Dios, que es espíritu y vida, y el diablo, que es materia y destrucción. Y es la inteligencia del hombre, de la que se apodera el Bien o el Mal.

***

11    La paz. Pero ¡qué extraña paz! No, no es paz, es otra cosa lo que ha caído sobre el mundo. Paz, Serenidad, Caridad, tres palabras semejantes, tres facetas de un mismo cristal. Y al escribir “cristal” me sonrío: ¡no es precisamente la transparencia del cristal lo que estamos viendo!
                 Las otras noches, en la comida de familia, la discusión subió a las alturas. O. y H. en pleno optimismo: la bomba atómica, este descubrimiento terrible, traerá la fraternidad al planeta no habrá más soberanía; y la Humanidad aceptará, con buena voluntad, el advenimiento del Estado Universal. Todo se arreglará, ¡no habrá más guerras ni más luchas civiles!

Todo puede ser, hasta esto, porque lo que ha aparecido es totalmente nuevo y encierra cualquier posibilidad: la posibilidad incluso, de que las leyes de la razón y de la historia dejen de ser.

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1 comentario en «SUSANA SEEBER DE MIHURA 1945/3 [38]
Lucha entre Dios y Satán
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  1. Han pasado 77 años desde que Susana escribió estas reflexiones y pienso que a lo largo de toda la historia, siempre se ha dado de manera dramática este duelo, entre DIos y el diablo. Me parece incluso un milagro que tras este acontecimiento tan brutal que supuso la bomba nuclear, desde entonces la humanidad haya permanecido en un delicado equilibrio, consciente quizá de la fragilidad de su existencia y de la facilidad con la que se puede hacerla desaparecer.
    Me hace pensar como Dios marca el tiempo y el momento de todo, y lo que parecía el fin fue el paso a otra etapa mas. De cualquier modo, como supo plasmar Susana, para cada ser humano se abre en su vida parecidos o iguales interrogantes, sean o no creyentes, buscando la verdad, la verdad que ilumina y justifica toda su existencia.
    El ser humano es trascendente, y por eso mismo, no tiene sentido que existe una criatura así en el universo si después solo existe la nada.
    Somos trascendentes para entender, para esperar y para dar plenitud a nuestra esperanza encontrándonos con Aquel que nos ha dado todo.

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