SUSANA SEEBER DE MIHURA 1947/2 [50] ABRIL – MAYO

Año 1947 ABRIL – MAYO

ABRIL

 2          (Miércoles Santo) Todo lo que habló hoy el padre parecía especialmente dicho para mí. Habló de Cristo: encontrarlo, conocerlo, amarlo. Sí, si yo lo encontrara tendría –no podría dejar de tener- ese entusiasmo del que él habla.

            ¡Qué maravillosas imágenes empleó, para hablar de ese entusiasmo y de Cristo! Hacia arriba se eleva, hasta el infinito, los costados son estrechos; y hacia abajo, nada. Porque Él es el Camino, y el camino es estrecho. Eso, Cristo en nosotros, en nuestra vida. Con Cristo, todo lo que eleva: allí el arte y el amor, y todo el ideal. Pero limitado por los costados, contenido en los límites que son los Suyos. Sí: la libertad con que yo amaba, era dispersión. Mi amor a la Verdad, a la Belleza, a la Justicia, sólo así contenida, podría rendir, ser algo.

            Otra imagen: “La línea ondulada de la mediocridad”. Pero la línea de nuestras caídas y subidas debería ser quebrada. Así, el caer nos sorprende y no lo consentimos ni lo preparamos,  como en la línea que empieza a ondular hacia abajo.

            Como si hubiera leído mi pregunta, nos dijo: “Vayan mañana delante del Monumento de cualquier iglesia y pidan: “Cristo, yo quiero conocerte, quiero amarte. Y Él responderá”. Salí tan emocionada de la conferencia, que ya no pienso más que pueda haber una “verdad esotérica”. Pero tengo que hacerme explicar por el padre, porqué dijo que Cristo seguía crucificado y redimiendo. ¡Tan ignorante soy, que me he creído católica e ignoro lo que esto significa!

            Pero, ¿qué son mis dudas? Sí Lo estoy buscando es porque creo que está. Si no sé cómo se Lo ama y quiero saberlo, ¿será acaso porque Lo amo como cuando, dormida, amo a mis hijos?

 

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3          (Jueves Santo) Todo lo que ha hablado el padre era un solo nombre: Cristo. El pecado que Dios no puede perdonar (y que no nos podemos perdonar) es la falta de amor, la indiferencia. El pecado contra el Espíritu Santo. Es cierto, es cierto y lo reconozco: no es nuestro cuerpo, es nuestro espíritu lo esencial. Nuestro espíritu: el único cuyo pecado hiere a Dios. Ser indiferente cuando se Lo ama y de Lo conoce: pero eso es algo que tampoco puedo comprender. No es eso lo que sentía que me falta; lo que me falta, lo que pido, es Fe.

             Y sin embargo, meditando ahora, no sé si soy sincera. Porque no sé si mi falta de fe -y ese no poder amar- no será, en el fondo, haraganería: un como rechazarme el esfuerzo de profundizar, un no querer aceptar. Y, esta vez, no por temor a equivocarme, sino por orgullo. Como si dijera: “No quiero, no quiero hasta que me hayas hecho sentir amor y comprender Tu misterio”.

             ¿Es que acaso, no creo? Eso que escribí anoche, de amar como sé que amo a mis hijos, aun dormida, aun sin tener conciencia, me parece más cierto hoy. Eso es lo que tendré que aceptar: que sé que Lo amo, que sé que está en la Eucaristía. Aunque estoy dormida y no siento nada, y no entiendo nada. Pero ¡cómo me cuesta! ¿Y por qué me cuesta  tanto no dudar más? ¿Por qué me cuesta tanto decir sencillamente: “Acepto todo, hasta mi incredulidad y mi frialdad, porque no es Él lo incierto, sino mi pobre humanidad”? Él está allí; yo soy la ciega y la muerta, ¡en mí, no en Él, está el problema!

            Sé, en este instante en que escribo, que hoy o mañana o un día cualquiera, una palabra, un gesto, harán que me decida. Me parece que estoy muy cerca de ese momento.

 

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4          (Viernes Santo) El sermón del padre. ¿Qué me queda de todas esas bellas, bellas palabras? Una imagen: Cristo ensangrentado, el Cristo que yo buscaba. Hay un silencio absoluto en la casa, ahora que duermen los chicos. Estoy sola, sola con mi emoción. La roca que se partió, el velo que se desgarró, eso quiero que se parta y se desgarre en mí. Quiero que en mí estalle y se derrumbe mi incredulidad. Pero, ¿cómo voy a soportar la nada que soy? En la tierra hundir mi cabeza, porque no soy digna de acercarme a Aquél: yo no sabía que era eso la Eucaristía. Yo no sabía que sólo así, por ella, soy digna de agradecerle.

            ¡Por qué nadie me lo dijo antes! Pero ayer, cuando el padre habló en el “sermón de la Cena”, tampoco entonces comprendí. Recién ahora, de pronto, he comprendido: recién ahora he asimilado las palabras, y se han hecho verdad en mí. ¡Dios mío, Dios mío, esto es la respuesta, esto es lo que yo quería!

            Y en la Eucaristía, la Iglesia, “Cuerpo Místico de Cristo”. Cristo es la Iglesia. El Cristo ensangrentado de la cruz es su Iglesia. Como el cuerpo y su sombra, pero no una sombra echada en el suelo a los pies del cuerpo, sino una sombra superpuesta al cuerpo, inseparable de él, imborrable. Real e inmaterial al mismo tiempo, como es la sombra.

 

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9          Leyendo, con un tan gran deseo de saciar este deseo de entender, de encontrar el camino. Dejo el libro cuando ya los ojos me arden y no puedo seguir. Este es el libro que necesitaba, el que responde a todas mis preguntas y me habla de Aquél de quien tan ardientemente deseo oír hablar. Iba a poner: del Amado. Pero no soy digna de llamarlo así, yo que estoy buscando en las tinieblas y todavía no lo reconozco.

            ¡Qué extraordinario me parece, de pronto, todo esto que estoy escribiendo! Extraordinario que sea tan natural, tan real, lo que estoy sintiendo. Mañana llega Enrique. Con mi cuerpo –y toda yo- lo quiero. Y, al mismo tiempo, toda yo también, estoy viviendo en otro plano. Vivo, enteramente, en los dos planos. Y éste era una de los problemas que me intrigaban. Apagaré la luz ahora: quiero una soledad y un silencio total para pensar lo que he leído.

 

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            La superficialidad. La dispersión de la inteligencia y de la voluntad. No puedo seguir así. Hoy, volviendo de las “visitas”, realicé [me di cuenta] hasta qué punto estoy de un lado del abismo, y mis relaciones del otro. Hablamos desde otra orilla. ¡Y me parece que soy yo la que está parada en la tierra! La conversación sobre la Sociedad de Caridad: “Sí, todas querían dejar, tú comprendes. No sabemos por cuánto tiempo más podremos seguir sin que nos intervengan. Se necesita también un poco de estímulo, de pensar que se va a ir agrandando, progresando”. [Empezaba a agudizarse el problema que oponía a la Sociedad de Beneficencia –institución “oligárquica”- con la obra asistencial impulsada por Evita, y que culminaría en la intervención de la primera, con el traspaso de sus bienes a la “Fundación María Eva Duarte de Perón”.] Y todo me parecía un “non –sens”. Tenía ganas de decirles: “Pero si se hace caridad por amor de Cristo, se da un vaso de agua a Cristo”. ¿Qué estímulo necesitan, qué ambición de progresar? Y comprendí que algunas estaban en esta sociedad de “caridad” por tener algo que hacer, y otras por bondad natural. Pero ninguna de las que estaba allí estaba por esa Caridad que es amor a Dios. No puedo condenarlas; porque yo, ni eso hubiera hecho antes. Pero me siento enormemente lejos de ellas. Y todas sus palabras me parecieron vanas, superficiales y vacías. Fuera de esa conversación, todo lo demás ni eso era: era sólo ruido.

            Me sorprende cómo lo sobrenatural ha hecho en mí tan real lo material, mi vida de todos los días. En lugar de quitarle importancia y gravedad a lo natural – de hacerme vivir en lo etéreo-, ha dado volumen, consistencia a todo lo que veo a mi alrededor, y a mi vida.

 

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24        Leyendo. El camino es recto y claro: pero, de pronto, me encuentro delante de una inmensa puerta cerrada, de fierro: Cristo, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Y, sin embargo, ayer y hoy no he podido dejar de entrar a una iglesia para arrodillarme y estar más cerca de Él, y pedir: “Cristo, quiero creer, dame fe. Creo –y no creo”.

            ¿Será posible amar y que, al mismo tiempo, la inteligencia y la razón no admitan? Pero, al escribir esto, empiezo a comprender. ¡Es eso lo que Dios exige, eso lo que cuesta tanto dar? ¿Es ese el orgullo, la soberbia del hombre, que no quiere entregar su inteligencia?

            Y yo que es eso. Dios, sí, pero ¿Dios hecho hombre? Eso que jamás podrá entender mi razón, eso es lo que tengo que admitir, destruyendo mi inteligencia. Y quiero hacerlo, y mi razón se niega. ¿Por qué? ¿Es porque es soberbia y se cree por encima de Dios? ¿Porque cree que nada puede quedar oscuro frente a su propia luz que todo puede penetrar? Y, sin embargo, hay una razón para que mi inteligencia crea, y es esta: que lo que a mí me pasa estaba previsto, que Dios sabía que este sería el escollo. Porque este fue el pecado de Adán, y este el sentido de la rebelión de Lucifer: no aceptar la inteligencia, en su orgullo, los misterios de Dios. Pensando así me es fácil admitir que la Verdad haya sido revelada a los hombres. Porque esa Sabiduría no es propia del hombre. Y si admito la Revelación, admito todo. Aunque todo, comprenda a Cristo -Dios hecho Hombre-, aunque todo implique lo que no es comprehensible por la razón.

            Y este amor que siento, este deseo de acercarme y de glorificarlo, vago y confuso como es, es amor. Es algo real y verdadero, y que no puedo negar. Mi único deseo es llegar pronto a una mayor claridad para poder servirlo, para darme a Él.

 

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25        ¡Oh, Dios mío, mi angustia es tan grande! No encuentro en ningún libro las palabras que busco, en ninguna acción el gesto verdadero.  Todo es vago, pero cargado de una fuerza oculta que me empuja y que no sé adónde me quiere llevar. En mi desesperación, en mi desconcierto, rezo. Yo, que no sabía y que no podía rezar, ya que no puedo llorar, rezo. Me parece que es lo único que puede calmar, en este momento, esta angustia.

            ¡Dios mío, Dios mío, te llamo y sólo eso puedo clamar! ¿Por qué no tomo un rosario y aprieto en mis manos una cruz? Estoy deseando hacerlo, y no lo hago. ¿Es por no doblegarme? ¿Esto pides de mí, esta humillación, este exponerme de nuevo a mi escepticismo; a que esta yo helada que me mira tenga una mueca de desprecio y de burla? Una cruz de metal, una cosa material, la superstición y la “psicología”: no puedes concebir lo espiritual sino a través de lo material, locuras y supersticiones. Pero no importa, porque me duelen las manos de estar vacías, y mi espíritu de su soledad. Voy a dormir con la cruz en las manos.

 

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27        Me dormí tranquila. ¿Por qué escandalizarme de las pequeñeces de mi humanidad? ¿Acaso no he besado la fotografía del hombre que quería? ¿De qué me escandalizo, si es una necesidad de mi naturaleza humana el ir a lo abstracto por un medio sensible? ¡No soy un espíritu puro, sino un cuerpo que contiene un alma! Jamás he negado la realidad de mí misma, jamás me he escandalizado, ¿por qué ha de chocarme ahora?

            Y, en realidad, no soy yo la que se contempla a sí misma con desprecio, no yo la que sonríe con ironía. No yo, sino el mundo.

 

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28        Esto es lo que he entendido: que la oración es el impulso de amor del que –en cualquier momento del día- tenemos conciencia, y al que no desechamos. La otra oración, la de la soledad y el silencio –cuando voluntariamente despertamos ese amor- tiene por objetivo mantener a la otra, que correríamos el peligro de olvidar en medio del apuro y las distracciones de la vida diaria. Pero la verdadera, la perfecta, sería la primera, el día en que consiguiéramos que fuera tan constante y nuestra como respirar: el día en que todos nuestros actos y palabras tuvieran en ella su raíz.

 

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29        La raíz de las bajezas que cometemos (porque el pecado es un conjunto de bajezas) está en el no querer negarnos ningún placer. Es el egoísmo, el amor a sí mismo. El Pecado, en cierto modo, cuando lo vemos escrito así, con mayúscula, ¡tiene una especie de grandeza! Pero en realidad, si lo analizo, no es sino una mezcla de bajezas y mezquindades: no Vanidad, ni Sensualidad, ni Fantasía. Es el no querer negarse un despreciable, pequeño placer de vanidad inferior, de sensualidad a flor de piel, de imaginación desbordada, como se comete el pecado. No es la Sensualidad, ni la Imaginación, ni la Vanidad, la fuerza que nos domina, sino el amor al placer que nos dan. Las pasiones aquellas no son más que los medios de los que se sirve nuestro egoísmo para satisfacerse. Empiezo a comprender la razón de ser de la mortificación y el significado de “no amarse a sí mismo sino en Dios”.

            Donde yo creía que había que combatir la Vanidad o la Sensualidad o la Fantasía, era en realidad al Egoísmo al que había que dominar. Y me parece más fácil, porque hay algo que oponerle, que es el amor de Dios. Las pasiones tomadas así, como puras pasiones, son indominables, porque son nuestra carne y nuestra sangre, mientras que el egoísmo pertenece a nuestra inteligencia y voluntad.

 

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30        Tengo miedo. En el borde mismo me detengo, presa de espanto y de miedo. No quiero ver más claro, no quiero comprender. Ese joven a quien Cristo miró, y que lo amaba; y que huyó de Su mirada porque había que “vender todo y dárselo a los pobres”, si quería seguirlo. ¿Y a mí? Despojarme de todo lo que tengo: vanidad y amor al placer; despojarme de mi odio al dolor, despojarme de mí misma. No de mi inteligencia y mi espíritu, sino de lo que amo en mí. En todo, me he buscado a mí misma, me he gozado de encontrarme conmigo misma. Me he contemplado, estática, en un espejo. Romper el espejo, desgarrar el corazón. No existir más mi placer y mi amor. Y mirar de frente al Dolor, y amar eso que odio, que temo. Yo, yo que soy mi vanidad y mi satisfacción y mi gozar; yo, tener que destruir eso, despojarme de eso. ¡No puedo, no puedo!

            Pero no puedo, tampoco, huir de Su mirada; no puedo huir de la Verdad que veo, aunque cierre los ojos. La libertad: odio la libertad a la que Él me condena; porque en este momento tengo la sensación clarísima de que, para decidirme -quiero o no quiero- me deja en libertad. Se aleja de mí, me deja sola.

            A igual distancia de mí el Bien y el Mal; y yo, perfectamente sola y libre, en el medio. Mudos los dos, inmóviles los dos, esperando que el hombre, sin ayuda y sin tentación, solo, decida. Solo con su alma.

Este proceso por el que estoy pasando desde que llegué, y que por ahora es puramente espiritual, decidirá mi vida; coloreará los actos, las obras de toda mi vida: porque en hechos tendrá después, inevitablemente, que materializarse.

            ¡Oh, quisiera que nada de esto hubiera existido, quisiera volver atrás! Pero no se puede volver atrás nunca más, no puedo volver a mi insoucianse [despreocupación, liviandad, frivolidad], a mi vida. Si digo no, ahora, no es precisamente a eso a lo que volveré.

 

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MAYO

 

6          La humanidad de Cristo: “Por ese camino se va seguro”, dice Santa Teresa. Las páginas espantosas de la Pasión, y las escenas –que tienen que haber sido así– me han conmovido toda entera. ¡Oh, Dios mío, Oh Cristo! ¿Qué son mi gozar, mi placer? ¿Qué horrible nombre darle, cuando yo, adornada con ellos, estoy frente a Ti, todo entero Sufrimiento? Sufrimiento de hombre, físico y moral, de hombre “abandonado por Dios”. ¡Y Tú eras, al mismo tiempo, Dios! Vergüenza y horror siento de mí misma. Me quedé en la oscuridad, rezando. ¡Oh, Dios mío, aliviad ahora ese dolor Tuyo, borrad las injurias, las burlas, dar a Tu Cuerpo santo la dignidad perdida! Así estabas, Oh Dios, ¡eras una miseria humana, ni siquiera un hombre! Y, de pronto, me pareció que en todos los sufrimientos de los hombres, en todas sus llagas físicas, había como un reflejo de las Tuyas; y en todos los dolores morales – en todos, todos los dolores- un reflejo de los Tuyos. Y hubiera querido ir y consolar, acariciar y curar en los hombres, Tu sufrimiento. Y en mí, en mí que no quería, que huía del Dolor, en mí también sentirlo. ¿No podía aceptar amar el Dolor? ¡Pero era porque no comprendía! No por amor al Dolor, sino por amor a Ti, que estás crucificado y solo.

            Todo esto que he sentido, que me ha revuelto algo adentro del corazón, no sé si seré capaz de hacerlo mío. No sé si la vida no me mareará de nuevo y hará que, con un gesto –como quien barre con la mano una telaraña molesta-, descarte mi emoción de ayer. Pero hoy, a pesar de mi vida normal, a pesar del sol, del ruido de toda la materia, la imagen de ese Cristo persiste adentro mío.

            Tengo que ir a ver al padre, haré lo que él me diga. Mañana llega Enrique, y no quiero que mi angustia se note: porque en este momento me espanta mi felicidad.

 

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16        Páginas en blanco- y días en blanco-.

 

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17        He leído el libro de Chesterton sobre Santo Tomas de Aquino. Y he encontrado al santo que hace pendant  [Faire pendant: “corresponder”, “equipararse”; expresión sin traducción exacta en español] con la única santa que hubiera deseado conocer. Me gustaría tener sus imágenes frente a mí, cuando leo o escribo: las de Santo Tomás y Santa Teresa.

            Me asombro de mi falta de perspicacia. Recién a la edad que tengo venir a darme cuenta de que, ante la razón y la fe de inteligencias tan vastas, es una estupidez pretender erigir mi razón o mi falta de fe en un obstáculo. ¿Cómo es posible que no se me ocurriera antes?: ¡tener confianza en las palabras de un Santo Tomás o una Santa Teresa!

 

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            Estuve hoy con el padre. Extraordinario como su sencillez y su claridad barren con todas las complicaciones intelectuales. Me dijo que entrara en la Acción Católica. Me asusta un poco: pero no la Acción Católica en sí, sino el hecho de traducir en cosas reales lo que hasta ahora es solamente “mentales”. Es el paso definitivo. Es dar solidez a mi ligereza. Todo este pensar y estudiar y sentir, no ha sido en realidad más que dejarme llevar por algo que me gusta. Algo que –no sé bien cómo explicarlo- no me obligaba a nada. En el fondo, estaba muy en consonancia con mi espíritu ligero, inconstante y egoísta. Pero en el momento en que esto se transformara en algo material, se hará una realidad independiente, a la que ningún malabarismo de mi mente podrá hacer desaparecer.

 

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21        Oh Cristo, Cristo mío, yo te amo, pero todo lo que he amado en mi vida lo he amado con egoísmo. Y ahora estoy frente a Ti, ardiendo de un amor que no sabe cumplirse. La que buscó en todo amor su propia imagen, está, en este Amor, como en tierra desconocida.   La que nunca se dio hasta el olvido de sí misma, no sabe cómo darse. Y junto a cada impulso hacia arriba, surge una sombra que lo traiciona y lo degrada.

            Yo quiero servirte con mi entendimiento y con mi amor. ¡Ilumina mi inteligencia para que yo comprenda, dame el poder de expresar en palabras lo que mi inteligencia comprende! ¡Oh, yo quisiera poder decir, quisiera poder escribir, un himno de alabanza; proclamar, con palabras firmes y poderosas como el bronce, que me someto a Ti, que reconozco mi nada frente a Dios! ¡Oh Dios mío, hazme comprender, abre mi inteligencia, porque sé que entonces sabré cómo darme a Ti.

 

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23        Caminaba hoy por la calle, y pensaba en lo que escribí anoche, en todo lo que ha sucedido adentro mío. Reducido a prosa, lo de anoche equivale a decir que no sé dónde está el límite entre el amor a mí misma, y este amor a algo exterior a mí y por encima mío. Después entré en una capilla donde estaba expuesto el Santísimo, y le pedí a Dios que me hiciera comprender cómo puedo acordar mi vida de todos los días con algo tan distinto a ella, como es mi amor por Cristo. Porque de pronto, mientras caminaba, me acordé de ese libro de Raissa Maritain que estuve hojeando. [Intelectual católica esposa de Jacques Maritain.] Y ese libro, a pesar de las frases verdaderas y bellas, me rechaza, me rechaza casi físicamente. Y no sé exactamente porqué me rechaza, si por su posición política, o por la cara en ese retrato que me es antipática. O si es un rechazo más fundado: el de que un laico escriba con esas frases sacerdotales, y viva una vida tan por encima de los intereses y preocupaciones normales. Y en eso hay algo que me rechaza.

            En la persona que ha dedicado su vida –cuerpo y espíritu- al servicio de Dios, sí; pero, para mí, el servir a Dios no puede ser así. Tengo que servir a Dios en la vulgaridad de mi vida. No salirme de ella, para amarlo, sino traerlo a Él a ella. Hasta en la cuestión de la Acción Católica, temo encontrar ese conflicto. Si la Acción Católica es servicio social: ocuparse de los pobres, no sólo materialmente sino espiritualmente, sí, acepto: me sobra tiempo para poder hacerlo. Tiempo que perdería en superficialidades y cosas inútiles –y que no puedo seguir perdiendo, después de lo que he comprendido. Pero no sé si podré aceptar por ejemplo, el usar el “distintivo”. Porque eso es proclamarse diferente, formando parte de una especie de clan religioso; lo que sugiere a los demás “misticismo” y el “estar fuera del mundo”. No sé definir mis conceptos en este momento. Vagas, como nubes cambiantes están en este momento mis ideas, y hago esfuerzos por entender.

 

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26        ¡No, no y no! He tirado sobre la mesa ese libro de Raissa Maritain, empalagada de tanta religión. ¡No, la vida no es solamente ese vivir llorando de emoción mientras bautizan al convertido en la capilla de la casa! ¡No es ese permanente hablar de Dios y del espíritu! Odio ese libro. Algo en mí lo rechazaba; tanto, que me costaba tomarlo y empezar a leerlo. Es que este asunto me toca demasiado íntimamente, y desconfío. Desconfío de cada palabra santa. Y el resultado de leerlo ha sido que ha levantado en mí una ola de rebeldía.

            ¡Oh, no, los otros libros que he leído, libros “de piedad”, no me han empalagado ni rechazado así! Porque son los libros de mi intimidad, la religión en mi alma. Y el alma puede ser, debe ser, todo lo religiosa que pueda. Son libros escritos por sacerdotes, o libros que dicen los sentimientos ocultos de la persona religiosa. Pero este otro es el de una vida en el mundo, vida vivida exteriorizando crudamente el amor de Dios: vivida ante los ojos de los demás en actos y gestos que no son los del mundo. Y esto es lo que me subleva.

            Dios oculto en mis actos. Dios, allí, con la misma naturalidad con que está mi amor humano: que no me hace hacer ningún acto que no sea normal y corriente.

 

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            Tengo que pensar serenamente, y lo más profundamente que pueda, sobre todo este asunto de la Acción Católica y de mi fe, y de lo que soy. Razonar.

            He estado leyendo el folleto del padre sobre la Acción Católica; y así, de primera impresión, sin pensar, digo: esto no es para mí. Yo no soy lo suficientemente profunda, ni tengo fe suficiente para vivir “en esa conciencia profunda, terriblemente austera, de lo que es su vida, vivir que se reduce a vivir en la Iglesia, en orden al apostolado”. No, el padre se ha equivocado. Yo no puedo ser una monja laica: porque, en cierto sentido, de eso se trata. Yo no puedo vivir enteramente para Cristo, así. Y, además, no entiendo. Estoy pensando en la “mirada de Rabbí”: “Vende todo y dáselo a los pobres”; y el muchacho, que lo amaba, no pudo hacerlo. Pero no, ¡no puede ser que ese sea mi caso, no ¡Dios mío!

 

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27        Gracias a Dios por la luz del día. Gracias a Dios, porque ha pasado la noche con sus sombras y su silencio. Todo revive; y el miedo, y eso que abulta en la oscuridad, que se hace enorme y misterioso, y que asfixia ahora se ve. Y es un bulto, pero algo real, y que puede mirarse de frente y reconocerse.

            Anoche no podía dormirme, y hoy me desperté antes del amanecer, y por todos lados eran sombras. Anoche, un momento, cuando apagué la luz, yo no era nada más que odio y rebeldía. Pensé: todo esto es mentira, tiraré todos los libros que he leído, no quiero saber más nada de este Dios que no existe, quiero volver a ser lo que yo era, lo que soy. Pero, enseguida, mi razón me decía: este es un momento de desesperación: lo que fuiste descubriendo serenamente con tu razón, en estos dos años, no por ello deja de ser cierto. Tu arranque emocional no lo invalida.

            ¡Pero yo estaba dispuesta a compartir con Dios! ¡No a esto, no a dar todo! ¡Yo no quiero, no quería “la perfección”! ¿Por qué ha tenido que venir este padre a decirme al pasar, como si no tuviera importancia: “la Acción Católica”? Ya sé que en cualquier otra forma pudo habérseme hecho patente esta diferencia entre compartir y dar, entre lo mediocre y lo perfecto. Pero, en mi caso, ha sido por medio de esa palabra que he comprendido; que me he visto, de pronto, frente a la realidad de lo que se me exige. La monja en su convento, yo o la que se quedó soltera, en el fondo todas iguales en eso. El mismo espíritu de total entrega, aunque la forma sea distinta. Desasirse de todo, como la monja.

            ¿Pero qué veo, cuando digo “desasirse” de las criaturas? Veo la sonrisa inocente de todas esas caras marchitas, esa sonrisa estúpida siempre igual a sí misma, así esté frente a un muerto o a un bebito recién nacido. Veo esas páginas de Raissa Maritain. Y sé que nunca podré tener esa sonrisa estúpida, ni escribir esas frases abrumadoras. Pero en el fondo, lo de adentro deberá ser el mismo espíritu: y de ese espíritu desconfío.

            Desasirse de las criaturas, ¿qué quiere decir? Yo quiero a mis hijos, quiero su cuerpo y su risa y su espíritu, y no los quiero para mi gozo sino para el de ellos. Quiero desarrollar todas sus posibilidades –su personalidad-: no para que sean “buenos burgueses”, sino hombres con espíritu. Y ahora se me pide amarlos, ¿cómo? ¿Amarlos, no para un “fin natural” sino “sobrenatural”? En realidad es sólo un paso más, un paso pequeño e inmenso. Amarlos y educarlos para que sean hombres, no de una Ciudad terrena, sino de una Ciudad del Absoluto. No el fin y el ideal en la tierra – por noble y espiritual que sea- sino fuera de la tierra. Y eso es la piedra, ese el obstáculo. Porque amo esta tierra y esta vida por lo que son y cómo son.

            Pero habiendo visto la perfección, ¿cómo detenerme a mitad de camino? Yo no puedo ser sincera, ser verdadera y deliberadamente detenerme.

            Pero si algo resulta de todo esto, no es porque yo lo quiera. Es contra mi voluntad, es arrastrada en contra de mi voluntad. No es el padre, no es ninguna voluntad humana lo que influye sobre mí; sus palabras solamente señalaron una dirección a mi pensamiento. En ese acto de decisión no son sus palabras ni su voluntad lo que influye, sino otra cosa, otra cosa que me arrastra a donde yo no quiero ir.

            No, Dios no es un Dios “bueno y suave”. Es un Dios terrible y duro, que pide la misma vida que Él dio.

 

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28        ¿Por qué ayer me parecía “tan pequeño y tan inmenso” ese paso de lo natural a lo sobrenatural? Hoy me parece sencillísimo –y está dado. ¿En qué consistía? En considerar todo lo humano como relativo; reconocer que hay un Absoluto, y que su nombre es Dios. Y así plantada definitivamente en la inteligencia, esta norma: vivir como cualquier ser humano. Y entonces todos los actos, aunque se realicen sin conciencia de ello, tendrán invisiblemente el acento religioso y sobrenatural.

            Releyendo, me doy cuenta que empleo frases que no significarían nada para quien no hubiera pasado por las mismas regiones que yo he cruzado. Es el mismo defecto que he encontrado en todos los libros que tratan estos temas, y hubiera querido que en mi diario no fuera así.

 

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“La religión es una cosa tan íntima”: esa frase como argumento de las críticas a la actuación pública de la Iglesia, en estos momentos. Y en esa frase está contenido todo el problema de la conciliación – del “marchar juntos”- de la vida natural y sobrenatural. Sí, la religión es “tan íntima”; pero es otra cosa también, e igualmente importante. Porque somos individuos pero también somos “seres sociales”. Como individuos frente a Dios, nada hay más íntimo en el mundo: yo, frente a Dios, como estaré en mi lecho de muerte, sola y separada del mundo. Pero cuando desciendo a la calle – a la realidad de todos los días- es de otra manera que tengo que ser una mujer religiosa. Allí mi religión ya no me pertenece, ni es un contacto silencioso y espiritual con Dios; porque no es solo mi espíritu el que actúa, sino mi cuerpo y mi espíritu. Hay entonces, allí, en el lazo que me une al resto de la humanidad, algo que es también religioso. Allí, mi religión y la de los demás forman una sola cosa, una sola armonía, como el concierto musical no es el sonido de un instrumento ni el de todos ellos tomados individualmente, sino el sonido distinto de la totalidad.

            ¿Para qué sirve esa intimidad con Dios, del hombre como individuo? ¿Cuál puede ser su único objeto? Extraer de allí, el hombre. La fuerza que lo haga actuar como ser social. Nada más: porque la negación de toda religión es el egoísmo, y para ejercer nuestra caridad no hay sino el mundo material en que vivimos, no hay sino esta vida humana y social que Dios nos ha dado. ES como el agua con la que empapo la tierra de mis plantas, y que las raíces absorben: las hojas marchitas por el sol, se abren y se levantan; pero de ese proceso subterráneo reabsorción del agua clara, nadie sabe y a nadie le interesa. No el gozo de las raíces, sino la gloria de la planta fresca y brillando al sol, eso es lo que importa. Porque la planta es entonces lo que debe ser: aquello para lo cual ha sido plantada en el jardín. Porque yo no la planté para que absorbiera agua, sino para que embelleciera y diera perfume y me llenara de felicidad al mirarla. Y sin embargo, es cierto: aunque no fuera agua ni raíz lo que yo buscaba sino hoja y flor, toda la planta depende de esa agua y esa raíz.

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