SUSANA SEEBER DE MIHURA
DE SU DIARIO PERSONAL [2]

                                   HOTEL DE ATLÁNTIDA 1934 – POSTAL

DURANTE LA GESTACIÓN

Enero – 1934 En las playas de Atlántida, Uruguay

«Yo creía que iba a sentir todo más hondamente, ahora que voy a tener un chico. Quería que mi amor a todo lo que he amado en mi vida fuera más intenso, para trasmitirle algo de mi alma a ese  hijo mío.  Y, en cambio, mis sentidos están dormidos, mi espíritu inmóvil. Estoy viviendo entre árboles, en el paisaje más querido; con el mar y la ancha playa, y las vistas del cielo entre los troncos de los pinos, respirando su olor, y el de los eucaliptus. Y todo eso es como si lo viera y lo sintiera a través de una pared: ya no me emocionan, ya no me hacen vivir. Aunque ésta sí es mi naturaleza, mi paisaje querido; y no le soy hostil, como al de allá. Pero todo ha enmudecido. Camino por el bosque, mis pies se  hunden en las agujas de los pinos, y yo sé que éste es mi bosque amigo, y sufro de  pensar en mi indiferencia. Hace tanto tiempo que la llama se ha apagado dentro de mí, que tengo miedo de no sentirla nunca más.  Estoy esperando que nazca mi hijo, esperando que él me devuelva mi libertad, mi amor.

***

Nos vamos mañana. He sido feliz acá. Lo quiero a este hombre que es mi marido; quiero su sonrisa que me hace sonreír (sus ojos hoy en la playa, contra los árboles, eran verdes y brillantes como las agujas de los pinos). Y hay en él algo vasto y claro como el cielo y el mar. Y yo puedo respirar hondamente y descansar en eso vasto que hay en él, como descanso y respiro acostada en la arena, sin pensar, sin sufrir, en mi paisaje amigo. Tengo miedo de volver a esa casa que me asfixia. Quiero vivir sola con él, porque con él soy libre. Yo antes creía que la libertad era no casarse, vivir completamente sola. Y me equivocaba: hubiera estado atada a mí misma, y a todo lo que los demás hubieran influido en mí, tironeada de un lado al otro. Con él soy libre; él me libera de mí misma.

***

(En Córdoba) 
Siento algo que se mueve adentro mío: es mi chiquito que va a nacer. No sé si es eso o el estarle tejiendo una batita celeste, pero siento como un fluttering [= aleteo, palpitar, moverse ligeramente] de ternura en mi alma. Pero no me parece que es mío ese chico, ni sé si una madre siente realmente que su hijo es suyo, obra suya, su carne. Me parece que solamente lo estoy cuidando, que es un ser humano distinto a mí, y que yo no tendré derechos sobre él.
Todo alrededor mí, la naturaleza, se ha vuelto a animar débilmente, y yo siento que vuelvo a querer.

***

Marzo – 1934 (En Buenos Aires)
Me he puesto más insensible con la gente, hasta con el chico que voy a tener. La veo sufrir a mamá enferma, y me he acostumbrado. (¿O será, quizás, lo excesivo del horror, que hace que uno ya no realice la profundidad del dolor? No, no es eso: es mi espíritu que está dormido). No siento amor por ese chico que está adentro mío, no pienso sino en lo que me incomodará, en lo que me separará de Enrique. Nada ya de ese deseo de tener un hijo para que él sea lo que yo no pude ser: no sueño, no me imagino nada. Tejo todo el día, y camino, y como para que sea sano y fuerte. Pero en su alma no sé si es que tengo tiempo, o no quiero o no me atrevo a pensar.
          Vivo tan en la materialidad de las cosas que a veces, de lejos, de muy lejos, oigo su melodía. Y sin embargo, cuando en este momento me detengo, yo sé que en el fondo de mi conciencia está trabajando mi espíritu. Son las dos «yo» de siempre: la que se ocupa sólo de lo material y la otra, que quiero mantener dormida (un poco por pudor pero también porque sé que quizás, de todos modos, esté trabajando silenciosamente).
          ¡Pero todo esto no son más que fantasías! Estoy triste. Lo extraño a Enrique. Siento en sus cartas como si me quisiera menos y se estuviera separando de mí. Y yo lo quiero, ahora, hasta llorar, por la necesidad de apoyarme sobre su pecho, por la necesidad de su cariño. Lo quiero más que antes, más que nunca, y tengo miedo de que me encuentre fea. Y de pronto odio a este hijo, lo odio a él y me odio a mí misma. 

***

Mayo — 1934 (En el campo yéndose a Buenos Aires para dar a luz) 
He desmantelado mi cuarto. Me voy. Cuando vuelva ya no estaremos los dos solos, él y yo, en nuestro departamento claro. Otro ser humano estará con nosotros. Alguien al que querremos tanto, dicen. ¿Qué amor nuevo es ése que habrá en mi vida? ¿Qué amor tan grande y tan extraño, que sea mayor mi amor a mí misma y a este  hombre? Estoy triste. Todavía no lo quiero, todavía no existe, en el mundo en que hay árboles y flores. ¡Oh, Dios mío, que sea sano y bueno, y que comprenda la música y los colores, y  sienta el misterio de este mundo! Y ya que me atará y me pesará, ¡que llene mi vida y mi alma!
                Cuando vuelva habré conocido el dolor y este amor.

3 comentarios en «SUSANA SEEBER DE MIHURA
DE SU DIARIO PERSONAL [2]
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  1. Cuánto ataque del mal espíritu a esta mujer en su embarazo ya avanzado, y a punto de dar a luz: va de un extremo al otro en sentimientos, en expresiones, en palabras, no la veo preguntándose por el origen y sentido de esos cambios. Cuánto la rescata Dios: sintiendo positivamente su maternidad y los sueños altruistas sobre su hijo. Pero luego expresa odiarlo. Me impresiona, me sobrecoge.
    El reconocimiento de lo que significa su esposo y el dolor de la separación:¿ Por trabajo? Temores…
    Algo ha manifestado el P. Bojorge en cuanto a lo que decimos esquizofrenia y el discernimiento de espíritus en los padres del desierto. No he leído, solamente recuerdo algún título en el Blog.
    Cosas que me vienen.

  2. Hermana en Cristo. Un título- creo que de este blog- se refiere al Tridente de Satanás: miedos, tristezas e iras, que atacan toda alma, con más énfasis en afección a la mujer. Y lo que señala en rojo es la voz más profunda de la mujer. Justamente cuando dice que su esposo la salva de si misma es lo que dice el génesis sobre que Adán no protegió a la mujer de la serpiente, y es deber del hombre proteger a la mujer, sobretodo protegerla de ella misma.

    1. Estimado Luis: Agradezco su comentario. Sobre los pensa-monios con que la Serpiente ataca el alma de la mujer («Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya» leemos en Génesis 3, 15). No es exacto decir que el esposo salva o debe salvar a la mujer «de sí misma» sino que debe defenderla de los demonios que la atormentan, sin que ella advierta la naturaleza de esos pensamientos intrusos. Pero si el varón no los reconoce en sí mismo, menos podrá distinguirlo de su mujer en ella, ni de los demonios que la gobiernan. El varón que ignora la doctrina evangélica y de los santos padres acerca de los pensamientos intrusos se enfrentará con su mujer, por ser incapaz de distinguir entre ella y sus demonios. Le recomiendo que lea en el blog del buen amor, las entradas del 2,3 y 4 de enero que inauguran el año 2021 y lo ponen bajo la clave de distinguir entre pensamientos propios y pensamientos intrusos ya sea, fantasías, imaginaciones, mini-delirios o posesión de las potencias espirituales, mediante lo que los exorcistas conocen como influencia o merodeo (circumdatio). El drama de la derrota del varón, es que cuando el pensa-monio logra inducirlo a la lujuria, pierde toda capacidad de discernimiento espiritual de los pensamonios de la esposa. Más, pierde autoridad ante la esposa, y sin autoridad ante ella, ni capacidad en sí mismo, no puede rescatarla de los engaños de los pensamientos intrusos. No es pues que tenga que salvarla ni protegerla «de sí misma» sino de los pensamientos intrusos que la hostigan y ella no sabe discernir como invasivos y ajenos. De esa manera comienza una «posesión» mental de la mujer, desde muy niña, que puede llegar a generar estados de posesión física hasta con pérdida de la conciencia.
      Lo que más incapacita a varón para defender a la mujer de los pensa-monios es su propia lujuria y falta de virtud de la castidad. Castidad que consiste en que la sexualidad sea sólo un accesorio del amor a la esposa. Sólo el varón que adquiere el dominio de sí mismo frente a los ataques de Asmodeo y Baal-Fegor y los demás demonios de la Lujuria masculina, es capaz de exorcizar los demonios que agreden el alma de su mujer. Varón que no se domina a sí mismo es dominado ¿por su mujer? ¡No! Más bien por los demonios que la teledirigen a ella.

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