SUSANA SEEBER DE MIHURA
DE SU DIARIO PERSONAL [4]

 Me mira con su boca hundida en mi pecho

AUN NO HA EMPEZADO A VIVIR

Agosto — 1934 [2º]

Mi hijo que todavía no ha empezado a vivir. Parece imposible que un hombre sea algo tan nuevo, tan lleno de posibilidades cuando recién nace. Una página tan blanca, donde no hay nada, nada escrito. Tan libre, sin temores, sin conciencia. ¡Cómo me descansa de todo lo que me rodea, y de mí misma, mirar a este hijo mío! ¡Cómo me alegra, de qué alegría pura y tranquila se me llena todo el cuerpo al mirar a mi chiquito! No porque sea mi hijo, sino por esta limpieza que hay en él y que no hay en ninguna, ninguna otra cosa del mundo. Si Dios no existiera, lo hubiera creado una madre para pedirle que cuidara de su hijo, que le conservara esta claridad.

¿Qué hombre, qué chico irá a ser esta criatura que aún no existe? Sin embargo, en esa mirada suya no hay vaguedad, hay una inteligencia que aún no tiene conciencia de sí misma. Yo lo miro, y admiro y sé, la inteligencia que aún no ha empezado a trabajar, que resolverá problemas y creará otros que ignoro. No sé si todas las madres se ilusionan así, pero este chico, que tal cual yo lo soñaba (¿¡pero acaso lo soñaba!?: no recuerdo haberlo soñado, y, sin embargo, desde que lo vi, sé que no pudo haber sido distinto a lo que es), será quizás el hombre que yo esperaba [que fuese].

***

La verdadera unión, la única unión es ésta, la de mi hijo conmigo cuando está prendido de mi pecho. No es en el amor, ni cuando lo tenía adentro mío. Es ahora, cuando lo oigo tragar, haciendo un ruidito ridículo con la garganta y un gruñidito de satisfacción. Tragar esto que se vuelca del cuerpo mío en el suyo. Mi pecho está duro como una piedra y lo va vaciando a grandes tragos, y al mismo tiempo siento que se ablanda y se aliviana, siento algo dentro mío que se va liberando, como si volara: siento todo el amor que había en mí y me hacía doler, porque quería estallar y no podía expresarse ni darse. Siento que va saliendo con mi leche, que se desparrama por el mundo y adentro mío queda una gran claridad vacía.

Todos hablan de criar los chicos, de las incomodidades y las ventajas. «No hay más remedio que sacrificarse»: ésa es la actitud. ¿Ninguna [madre] siente esa divina felicidad de contemplar las manitas juntas del hijo prendido al pecho, tragando, tragando toda nuestra alma y nuestro cuerpo? Y siento que soy como una gran montaña, que mi pecho es una gran montaña blanca y maravillosa, que fluye de ella la vida. Y mi hijo no es este chiquito, es la vida que voy manteniendo, la Vida de toda la naturaleza. Y a eso lo siento como una sensación de grandeza y bienestar. Y solamente cuando trato de definirme a mí misma, cuando pienso: «¿Qué es, a qué me recuerda esta impresión, cuándo he sentido esto?», ahí es cuando veo esa montaña. Y ahora recién me acuerdo del mito de la Madre y de la Tierra, y comprendo en qué verdad están fundados todos esos símbolos que me parecían palabras huecas.

 Pero todo esto ¡¿por qué nadie jamás me lo ha dicho, ni a mí ni a ninguna de nosotras, mujeres modernas?! Ahora veo que sí, que podremos ser modernas con nuestra inteligencia, como los hombres, sólo mientras funciona nuestra cabeza, nuestra razón, nuestra imaginación, mientras no se haya desatado en nosotros [todo] esto. Nuestra independencia, nuestra fuerza, todo eso desaparece entonces. ¿Y cómo no lo comprendimos, si todas walkirias y diosas, todas son vírgenes?

***

(En el campo) [De regreso de Buenos Aires a su casa. Su ser, ahora MATERNO, la capacita para «instalarse» y ser «Doña» = Dómina, enseñoreada]
Poco a poco voy imponiendo mi sello sobre lo que me rodea. Ya se está transformando el jardín que me  incomodaba, y la casa que odiaba, en la casa y el jardín que puedo querer. Poco a poco, sin que me custe ningún esfuerzo, voy derribando obstáculos, se va aplanando mi camino.

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