TODOS LOS SANTOS – TODOS LOS DIFUNTOS – ELOGIO DEL AMOR – por JUAN MANUEL DE PRADA

Estar mañana muertos – JM de Prada – EL País Madrid – 31 de octubre de 2020

A mis años y a mis kilos he dado en el disparate de volver a las aulas universitarias, para doctorarme en literatura, en donde se prueba que estoy loco de remate. Pero la literatura es mi único amor, para esto nací y para esto me puso Dios en el mundo; y un amor tan abnegado bien merece ciertos sacrificios, aunque sean otoñales.
Una de las asignaturas que curso, impartida brillantemente por el profesor Jaime Olmedo, se llama «Poéticas de la modernidad» y me ayuda a penetrar en el misterio de la creación poética, que es penetrar en el misterio más íntimo y privilegiado del alma.

Reflexionando sobre este misterio, escribía Bécquer que «el amor es el manantial perenne de toda poesía, el origen fecundo de todo lo grande, el principio eterno de todo lo bello; y digo el amor porque la religión, nuestra religión sobre todo, es amor también, es el amor más puro, más hermoso, el único infinito que se conoce, y sólo a estos dos astros de la inteligencia puede volverse el hombre, cuando desea luz que alumbre en su camino, inspiración que fecunde su vena estéril y fatigada».

El amor entendido como «ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura racional; que de él parten y a él convergen como a un centro de irresistible atracción todas nuestras ideas y acciones; que está, aunque oculto, en el fondo de toda cosa y, efecto de una primera causa, Dios, es a su vez origen de esos mil pensamientos desconocidos» que se formulan sublimemente a través de la poesía.

Pero, cuando esa primera causa se niega o elude, la poesía (como la vida) pierde su sustancia sublime y se infecta de desesperación, como acierta a expresar Rubén Darío: «Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror… / Y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos, / […] y no saber adónde vamos, / ¡ni de dónde venimos!». Que es el estado natural del hombre moderno, como queda patente en esta plaga coronavírica, en la que no hacemos otra cosa sino ser sin rumbo cierto, mientras tratamos en vano – patéticos gallos descabezados – de sortear el espanto, atendiendo paparruchas cientifistas cambiantes y caprichosas órdenes de politiquillos que no saben nada, porque han cegado la primera causa que rige el universo. Por eso «no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo»; porque extirpados de esa primera causa del amor y de la poesía, nuestra vida es una herida que no cesa de sangrar.

Y esta es la vida que nos quieren imponer, sin saber adónde vamos ni de dónde venimos, olvidados de esa ley misteriosa que todo lo gobierna y rige y tiene su causa primera en Dios. Y una vida que vuelve la espalda a esa causa primera es una vida sin amor ni poesía; una vida estéril y fatigada de zascandiles que disfrazan el dolor de estar vivos tapándose la boca con mascarillas grimosas. Y todo para estar mañana muertos.

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